45
La ciudad comienza a ponerse en movimiento. Es un día normal de finales de mes. Normal para todos los que no han perdido un hijo o no están señalados como imputados por la muerte de un niño.
Frente a la puerta del juzgado de menores número uno de Ávila hay una fila de sillas de plástico de color gris divididas en dos grupos de tres.
Alicia está sentada en el medio con los brazos cruzados sobre el pecho.
Tiene el pelo mojado. Su padre no le ha permitido perder tiempo en secárselo.
Ahora está dentro, con su abogado, negociando su futuro sin que ella pueda opinar, y todo por culpa de Patricia.
No le explican nada, no le preguntan nada, solo le han dicho que tiene que esperar ahí sentada hasta que el juez la llame. Y ya lleva más de media hora.
Lena y Blázquez aparecieron en la casa de Patricia pasadas las diez de la noche del lunes.
Pajés tardó más de lo que a ambos les hubiera gustado en autorizar su entrada.
Necesitaban requisar su teléfono, el portátil y cualquier aparato electrónico.
No es agradable invadir la intimidad de una familia y mucho menos cuando tocas a su puerta señalando con el dedo a una menor.
Lena y Blázquez eran los indicados para algo así; ella porque deseaba conocer la verdad a toda costa y él porque no tenía conciencia.
Patricia llega acompañada de sus padres y del ruido de los tacones de una abogada con cara de rottweiler.
Las dos chicas se dirigen una mirada fugaz.
A las dos les encantaría no conocerse, no ser amigas, no haber ido esa tarde al parque.
Pero ya lo han hecho y no pueden evitarlo.
Lo único que pueden hacer ahora es sentarse y esperar a que el juez las llame. Y ya llevan una hora esperando.
Pajés se toma un café mientras relee un informe pericial que a priori le parece redactado por un grupo de principiantes.
Si pudiera lo echaría para atrás y pediría a Moreno algo más profesional, pero no tienen tiempo.
La situación se ha precipitado en las últimas horas y ahora los de arriba están pendientes de que diga algo para poner en marcha la maquinaria publicitaria en televisión.
El juez sabe que las chicas están esperando fuera. Y ya llevan una hora y cuarenta minutos.
Carlos y Carmen también están sentados en unas sillas, idénticas a las del Instituto Anatómico del día anterior, solo que ubicadas en otro lugar; en la sala de urgencias del hospital. Diego está junto a ellos y Víctor en la fila posterior. Le han avisado porque es el contacto de urgencia de Carol.
Por primera vez el exmarido y el novio sienten lo mismo, están asustados.
Carol está en una cama en medio de un pasillo de urgencias, consciente, incómoda, avergonzada.
La vergüenza que da el no haber sido capaz de llevar a cabo su plan.
Carol es incapaz de concebir una vida en la que no vea crecer a su hijo.
La mente de una madre es unidireccional, solo está preparada para irse de este mundo en primer lugar; cualquier otro detalle es ir contra natura.
Una auxiliar joven con marcadas ojeras sale y pregunta por los familiares de Carol Morales.
Los cuatro se ponen de pie y se acercan a ella.
Está bien, fuera de peligro. El doctor hablará con ellos en breve.
Carmen pregunta si pueden verla y la respuesta es negativa.
No es que no puedan pasar a verla, es que solo puede entrar una persona.
Los pasillos del hospital no soportan a más gente por allí pululando.
La madre se dispone a dar el paso adelante para entrar; ella tiene más derecho que nadie.
El padre ni lo intenta, sabe que su hija no espera ver su cara acercándose.
Víctor cree que debería ser él quien entrara, aunque preferiría no hacerlo.
¿Qué se dice en una situación así? «Cariño, ¿por qué te has tomado todas esas pastillas?
¿De dónde las has sacado? ¿Te las ha dado alguien?
¿Nuestra relación no es lo suficientemente significativa como para querer quedarte a mi lado?
Joder, Carol, que semanita me estás dando... ».
Diego cree que ni siquiera estaría ahí de no ser porque ella olvidó cambiar el contacto en su teléfono. Está seguro de que Carlos y Carmen no le habrían avisado. Da un paso hacia atrás. Y luego otro. Y otro más. Y se marcha.
—La paciente ha pedido ver a Diego Robles —escucha decir a lo lejos.
¿Carol ha pedido verle a él? ¿A él? No entiende. Tampoco quiere perder tiempo pensándolo, quiere verla, necesita comprobar que está bien.
Alicia sujeta con fuerza el borde de la silla al verla.
Le cuesta horrores controlarse para no abalanzarse sobre la policía y darle una buena paliza.
Puede con ella, está segura de que sí. En el parque no lo consiguió porque la pilló por sorpresa, pero puede con ella.
Sonríe y busca la mirada de Patricia, que seguro que está pensando algo más heavy .
Algo tipo arrastrarle la cara por el suelo.
No, Patricia no piensa en dar palizas. No quiere saber nada que incluya violencia. Y no entiende cómo su amiga es capaz de sonreír en un momento como ese.
Siguen esperando a que el juez las llame. Y ya llevan dos horas.
Las chicas, productos de la inmediatez, no saben esperar; en cambio, Carol hace solo quince minutos que dijo a la auxiliar que dejara entrar a su exmarido y le parece que solo ha pasado un parpadeo. No es que se arrepienta, es solo que no sabe poner en orden el nudo que tiene en su cabeza.
Diego va perdiendo fuelle mientras avanza.
Una sala de urgencias de un hospital ya es bastante deprimente de por sí, pero cuando tienes que buscar a tu exmujer entre una serie de camillas dispuestas sin orden aparente; cuando el dolor se respira, se palpa, se oye, se mete por la nariz y se pega en el cielo de la boca hasta atragantarte, solo queda tirar de lo único más fuerte que todo eso: el amor.
Carol le sonríe sin ganas al verlo llegar. Estira la mano en la que no tiene puesta la vía y él no tarda en cogérsela. Ninguno de los dos se atreve a hablar.
Martín se mira en el espejo del baño. Una manida excusa que ha usado para salir de la sala en la que se ha reunido con el abogado de su hija.
Cuando la defensa no tiene acceso a la información del juez se abren infinidad de posibilidades que tener bajo control, y algunas de esas posibilidades no son fáciles de digerir.
En realidad, ninguna lo es. El hombre viejo y cansado le mantiene la mirada.
Está juzgándolo con esos ojos entrecerrados y la línea fina que es su boca.
Le está llamando mal padre. Le grita lo mal que lo ha hecho y le escupe la responsabilidad de que su hija esté fuera esperando a ver al juez.
Y ya han pasado tres horas y diez minutos.
Carlos no hace nada; no habla, no se mueve, no piensa, solo respira.
Es lo único que puede hacer. Carmen reza en voz baja.
Gritaría si eso aumentara las posibilidades de ser escuchada, pero sabe que Dios ya no tiene ganas de seguir escuchándola.
Le ha dado de lado a ella y a toda su familia.
Recuerda las cientos de veces que tuvo la oportunidad de detener el viaje al infierno que su hija se empeñaba en realizar.
Debió hablar con ella, dejar a un lado su apoyo incondicional y hacerle entender que el matrimonio es sagrado, y que, por encima de eso, existe algo más sagrado aún: la familia.
Y a la familia se le cuida, se le protege, se le guardan los secretos.
Aunque ese secreto sea que un niño pequeño se ha encerrado en el cuarto de baño con un cúter que ha robado del colegio.
Aunque el secreto sea que ese niño tiene partes de su cuerpecito lleno de cortes.
Aunque el secreto sea que el niño no quiere hacer gimnasia porque tendrá que ducharse y sus compañeros le verán las cicatrices.
Aunque las pastillas que se ha tomado su hija sean suyas.
Aunque guardar ese secreto te mate por dentro.
Carmen calló entonces. Y calla ahora.
Antes lo hizo para ser el lugar seguro al que su nieto pudiera correr para protegerse. Ahora lo hace para proteger a su hija.