No apartes la mirada 43
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Carmen va de riguroso negro. Camina con la cabeza gacha dos pasos por detrás de su marido. Carlos lleva las manos en los bolsillos, así nadie puede percatarse de la fuerza con la que cierra los puños. Carol avanza sujeta por la cintura. Daniela la sostiene.

El coche está a unos metros. A todos les parece que son kilómetros.

Varios vecinos los observan sin decirles nada. Incapaces de apartar la mirada del dolor ajeno.

Daniela ayuda a su amiga a entrar en el coche. Prefiere ir en la parte trasera, junto a su madre. Carlos quiere ir delante.

La circulación por la N-403 es más fluida de lo esperado.

Carmen piensa que el mundo se ha puesto de acuerdo para allanarles el camino.

Carol lleva la ventanilla bajada. Le parece que no hay aire suficiente ni dentro ni fuera del habitáculo.

Apoya la cabeza sobre un brazo y ve pasar el paisaje.

Familiar, gris, diferente. El coche conducido por Daniela pasa frente a una gasolinera cerrada.

En su ruta hacia el centro el tráfico se vuelve más denso.

Cuando llegan al centro, el peso de la piedra del paisaje los aplasta a todos. Carmen solloza. Carol agarra con fuerza la mano de su madre. Carlos permanece inmóvil.

Al parar el motor, Daniela necesita unos segundos para reunir fuerzas y salir.

El Instituto de Medicina Legal no parece el sitio donde se investigan muertes. No es un gran centro forense, es más un edificio administrativo, excepto por ese sutil olor metálico mezclado con lejía. Daniela siente una arcada.

Stefan sale a recibirlos antes de que lleguen a la mitad del acceso. Con la mirada acribilla a preguntas a Duarte. Ella levanta los hombros en un gesto que se asemeja a una disculpa.

La familia de Lucas es dirigida por un frío pasillo hasta una puerta con el número dos en un lateral. Ahí dentro está el cuerpo del pequeño. Nadie se lo ha dicho, pero los tres lo sienten.

Daniela coge de las manos a Carol, que, incapaz de mirarla, entiende que deben esperar en la fila de sillas de plástico que está junto a la puerta. Abraza con fuerza a su amiga y, sin darle la espalda, entra a la sala.

Los tres se sientan, sin hacer ruido. Sin hacer preguntas. Carmen con un rosario en la mano. Carlos retorciendo la esquina de su jersey. Carol se tapa la cara con las manos. No quiere que sus padres la vean llorar otra vez. No puede evitarlo.

No tan lejos, en otra silla más cómoda. En una sala más cálida, Lena también se cubre los ojos, necesita descansar la vista. Al mismo tiempo las cervicales de Blázquez crujen cuando mueve el cuello de un lado a otro.

—Nada —farfulla.

—Continúa con esta carpeta. —Lena le señala la pantalla—. Así iremos más rápido.

Blázquez suelta un bufido.

—Tardaremos días en visualizarlo todo. Es una pérdida de tiempo. —sentencia dejando caer el cuerpo en el respaldo de la silla—. Puedo hacer que ese chaval nos diga dónde está lo que buscamos si lo entrevisto.

—Supongo que ese es el plan B.

Moreno no tiene un plan B. Se lo está jugando todo a una carta.

Tiene a Daniela en el instituto anatómico presionando a un equipo que mira con suspicacia todo esto.

A Pajés respirándole en la nuca para que le presente algo ese mismo día y a Lena y Blázquez analizando veinte terabytes de vídeos de un joven al que medio pueblo quiere linchar.

Y no tiene nada.

Siente el teléfono vibrando en el bolsillo casi de forma continua. Solo hay una persona que puede llamarle con tanta insistencia, por eso prefiere no mirar.

Daniela tampoco quiere mirar. El olor dentro de la sala es más fuerte. Más pegajoso. Intenta respirar por la boca, aunque eso lo empeora.

No levanta la vista de inmediato. Se enfoca en la esquina de la mesa metálica. Cuando se siente preparada, contempla la forma. Y el cuerpo le falla.

Da un paso atrás. Luego otro. Con la mano busca la pared. No la encuentra.

—Duarte —dice Stefan.

Ella solo niega. No puede hablar. Si abre la boca, vomitará.

Se apoya en la pared. Cierra los ojos y cuenta.

Uno. Dos. Tres. No sirve. El mareo le sube desde el estómago.

Aprieta los dientes todo lo fuerte que puede.

Ya no es solo el niño tumbado sobre una fría mesa.

No es solo el cansancio de los últimos días. Ni siquiera es esa sala.

Es todo.

Stefan pone una mano en su hombro y la obliga a mirarlo. Él mismo le abre la puerta para que salga de ahí. Ella se obliga a caminar.

Carol levanta la cabeza al verla. Tiene los ojos hinchados y la mirada perdida. Carmen deja de rezar por un instante. No le preguntan nada. Daniela se sienta y Carol apoya la cabeza en su hombro. No puede permanecer erguida.

—No quería que estuviera solo —dice Carol al cabo de muchos minutos, con la voz rota—. Su madre está aquí. Esta vez está aquí. Aunque ya no pueda saberlo.

Carmen se lleva el rosario al pecho.

Carlos mira con severidad a su hija.

Daniela apoya su cabeza en la de su amiga.

Trata de no pensar en que ahora está dejando de lado su función, porque sabe que debería estar dentro, con Stefan, ejerciendo de inspectora supervisora del procedimiento.

Pero no se levanta. Ahora prefiere ser el apoyo de su amiga, porque ha querido que fuera ella y no Diego quien estuviera a su lado en este momento.

A Blázquez le viene bien levantarse.

Hace un par de horas que le duele la espalda. Si no hace una pausa teme que lo que está buscando aparezca en la pantalla y no sea capaz de verlo.

—Voy a la calle. ¿Te apetece comer algo? —pregunta a su compañera.

—¿Puedes traerme unas cuantas bebidas energéticas?

Blázquez se fija en las marcadas ojeras de Lena, que está encorvada frente a la pantalla. Podría afirmar que la chica ha menguado en las últimas horas.

Lena se frota los ojos con el dorso de la mano. Las imágenes vuelven a enfocarse.

—Para —le dice.

Lena ni siquiera aparta la vista. Está concentrada en un vídeo corto.

Es el parque. Hay mucha gente pasando por detrás del chico de la gasolinera, que se graba saludando a sus seguidores.

Va pausando el vídeo y analizando todo lo que está en segundo plano.

Sí, está segura de que en este encontrará algo.

—¡Lena, para!

Con el grito sí lo mira.

—No tenemos tiempo.

Blázquez gira de malas formas su silla y quedan uno frente al otro.

—No tienes que seguir demostrando nada.

—¿Qué dices? —pregunta intentando girarse para volver a analizar el vídeo. Blázquez se lo impide.

—Ni Duarte. Ni Moreno. Ni yo mismo. Ni siquiera el niño muerto merece lo que te estás haciendo. Para.

—Claro que sí. —No hay reproche en su voz. Solo cansancio.

—Estás reventada.

—Estamos todos reventados.

Blázquez niega despacio.

—No al mismo nivel.

—Puedo seguir.

—¡Claro que puedes! Pero no deberías.

Lena se queda en silencio. Hace un gran esfuerzo para mantenerle la mirada a Blázquez.

—Estoy segura de que estamos cerca. Puedo sentirlo. Está ahí, de verdad, confía en mí.

—No, confía tú en mí. Sé lo que me digo.

Yo antes era como tú. En todo me dejaba la vida.

Encontrar la verdad era mi única razón de ser, pero Lena, la verdad no puede estar por encima de nosotros mismos.

No trato de adoctrinarte. Soy el peor ejemplo para alguien, pero cuando ya no te quede aliento, ni voluntad, ni vida, pasará lo de siempre.

—¿Qué es lo de siempre?

—Duarte hará su vida. Moreno hará su vida. A Lucas solo lo recordará su familia. La unidad desaparecerá y será como si nunca hubiéramos existido. Eso es lo de siempre. —En la voz de Blázquez no suena duro. Suena asumido.

Lena traga saliva.

La silla vuelve a estar liberada. Se gira muy despacio. La pantalla sigue reproduciendo imágenes que no ve.

—No quiero más bebidas energéticas.

—Me parece una buena decisión. ¿Quieres que traiga algo de comer? Hay un restaurante chino cerca.

—No. No tengo hambre.

—¿Entonces? —pregunta Blázquez intrigado.

—¿Puedes conseguirme algo de coca? —Empuja la silla para quedar más centrada en la mesa. Coloca la mano en el ratón y retrocede el vídeo hasta el principio—. Está aquí. Estoy segura.

Blázquez sale lo más rápido que puede de allí.

No está dispuesto a que se le contagie la locura.