No apartes la mirada 42
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Un joven con una sudadera roja y la capucha calada hasta las cejas camina con paso rápido. Lleva los auriculares puestos. La música a un volumen exagerado. Es la única forma de no enterarse de nada. El trayecto en autobús ha sido un infierno.

Y para colmo el maldito semáforo no cambia a verde.

Un Skoda negro pasa a su lado apurando al máximo la distancia con su cuerpo. Está a punto de golpearle con el retrovisor. Le ha visto la intención en la mirada. Quería asustarle. Y lo ha conseguido. Maldito cabrón de mierda.

Cruza con rapidez y llega al otro lado.

Escucha ruido a su espalda. Está seguro de que le gritan a él. No piensa girarse a comprobarlo.

Le quedan doscientos metros para llegar. Dentro estará a salvo. Pondrá el cartel de autoservicio y no saldrá a atender a nadie. Ya le dará explicaciones a su jefe al día siguiente.

No necesita hacer nada. Ese mismo jefe se le ha adelantado.

Lo espera junto a una caja de cartón y unos papeles. Está despedido. Así sin más. Sin opción a explicarse.

Despido disciplinario le alega. Dice que aquella es una empresa familiar y no pueden permitir que tenerlo allí ensucie su nombre.

Al joven esas palabras le sientan como un puñetazo en el estómago.

El calor le sube desde el estómago a la cara.

Siente que arde de pura rabia. ¡Él no ha hecho nada!

La policía vino la noche anterior con una orden a pedirle su portátil y su teléfono.

Lo segundo lo tenía encima, lo primero en su casa.

Se mostró colaborador, tal y como había visto decenas de veces en los programas de true crime , ¿y ahora le vienen con esta mierda?

El jefe no quiere escuchar sus explicaciones.

Quiere librarse de ese chico cuanto antes.

Lleva todo el día recibiendo llamadas de gente de la ciudad que no sabe cómo demonios tienen su número de teléfono.

Todos quieren saber qué está pasando. Él no lo sabe a ciencia cierta, pero por las cámaras ha visto cómo dos mujeres y un hombre entraron con un papel en la mano y el chaval por poco se cae redondo al suelo.

No tiene pruebas, tampoco dudas, de que es culpable.

No hay más que verlo. Quien no se ha salido del camino no tiembla de esa manera. Algo malo ha hecho, seguro.

¡Joder, el crío muerto!

Le grita al chaval que se marche, que no quiere volver a verlo en su gasolinera.

Y no deja de dar voces hasta que sale. Hasta que cruza la calle.

Hasta que deja de verlo. Luego cuelga el cartel de cerrado y se va a casa.

Lo primero que hace es abrazar a sus hijos, que ya están metidos en la cama.

No quiere ni pensar la cantidad de veces que los ha dejado a solas con ese asesino.

Rosa tiene un dolor de cabeza que la está volviendo loca.

Lo que ha comenzado como un tranquilo domingo ha terminado con una cruda discusión.

Se ha encontrado a un grupo de madres y padres en la cafetería de debajo de su casa.

Le han dicho que van a cerrar el colegio.

Después de la intervención de la Consejería de Educación, los responsables del colegio han destituido a la directora y despedido a la tutora del curso de Lucas, por lo que el lunes no habrá clase.

Por lo visto esa madre tiene un familiar que le ha soplado la noticia y está advirtiendo a todos.

Rosa trata de poner calma dejando claro que nadie va a cerrar nada.

No la creen.

El grupo aumenta su enfado.

Unos dicen que se veía venir. Otros que debieron cerrar antes. Pero los que más ruido hacen en el grupo son los que protestan por no tener dónde dejar a sus hijos a partir de ese día.

Rosa no da crédito a lo que escucha.

De nada sirve que jure y perjure que eso son habladurías, que no tienen de qué preocuparse, que sus hijos tendrán un lugar seguro donde estar todas esas horas que ellos están a sus cosas.

La insultan.

La señalan sin clemencia.

Ella no estaba atenta a Lucas. Una madre pregunta por qué sigue trabajando en el colegio si no sabe cuidar a los hijos de otras.

Otra madre se suma contra ella. Y otra. Y luego muchas más.

La lapidan en público.

Durante varios minutos mira a su alrededor esperando que alguien diga o haga, lo que sea, una palabra de gratitud a los años que ha pasado siendo la que se encarga de que sus hijos vuelvan a casa con el estómago lleno, eliminando esa preocupación de sus ocupadas vidas.

Nadie lo hace. Es más, siguen criticándola sin piedad.

A Rosa solo se le ocurre salir corriendo de allí y llamar a la directora en cuanto cierra la puerta de su casa.

La directora está en su casa. Ha abierto la botella de vino que reservaba para el día que se marchara de Ávila y pudiera, al fin, empezar una vida lejos del mundo escolar. Quería montar una floristería. Porque son bonitas, frágiles y no hablan. Ese día ha llegado antes de lo que esperaba.

El lunes se incorporará una directora provisional, que asumirá sus funciones hasta que termine el curso escolar, bajo la supervisión de la Inspección Educativa. Desde fuera la directora parece celebrarlo; en su interior la pena la consume.

La tutora de Lucas recibe la llamada de la directora cuando estaba a punto de salir de casa.

Un alivio inmenso la invade. Volverá con sus padres.

Todo lo que podía salir mal en Ávila ha salido peor.

Su trabajo, su novio, sus sueños, sus planes de vida para los siguientes años han terminado en el fondo del río Adaja.

Quien no se desmorona es Alicia, que pasa la noche viendo el tercer capítulo de la serie que le gusta. Ignorando las neuras de su padre y convencida de que al día siguiente, en clase, Patricia y ella se pasarán el día hablando de lo guapísimo que es el protagonista.

Martín, en cambio, lo único que quiere es que al otro lado de la puerta no estén Moreno y Blázquez con una orden firmada pidiendo ver a su hija.