No apartes la mirada 39
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A Moreno le viene a la cabeza el día que opositó para la policía.

Fueron horas de estudio robadas al sueño, a la familia, a aquella novia de la que olvidó el nombre.

Recuerda la sensación de vértigo cuando comenzó el examen; se lo jugaba todo a una carta.

De nada le valía tener los conocimientos si no era capaz de plasmarlos en el papel antes de que alguien dijera aquello de: «Dejad lo que estáis haciendo. El tiempo ha terminado».

Ahora, en la sala de reuniones, junto a sus compañeros de unidad, se enfrenta al mismo enemigo.

—Voy a ser transparente con vosotros. Estamos jodidos. La información que el abogado de Martín ha dado a Pajés nos coloca en el punto de mira.

Nadie responde. Nadie hace un gesto. Ni siquiera Blázquez, que suele llenar los silencios incómodos con cualquier salida fuera de tono.

—Tenemos todas las papeletas para que nos abran un expediente —continúa Moreno—. A todos. Por cómo se ha llevado la investigación. Por lo que ha salido... y por lo que va a salir.

Lena no aparta la mirada de Duarte, que tiene la mano apoyada sobre su vientre. Blázquez se pasa la lengua por los labios.

—Nosotros solos nos hemos inmolado y, cuando lleguemos al final de esto, ellos tendrán los argumentos que buscaban desde hace tiempo para dar por concluido este experimento.

Sin embargo, esto no va de hacer las cosas bien o mal, esto va de un niño de ocho años que ha aparecido muerto en el parque de nuestra ciudad.

—Moreno recorre la sala con la mirada. Cuando llega a la altura de la silla vacía que ocuparía Martín, se apoya en el respaldo—. Tenéis una salida. Digna. Entendible.

Ahora sí, todos lo miran.

—Puedo mover hilos para recolocaros. Tendríais un nuevo destino y un expediente limpio.

Sin que el ruido que todo esto genere os alcance.

—Moreno hace una pausa premeditada para dar tiempo a que digieran sus palabras—: O podéis quedaros conmigo.

Hasta el final. Con todo lo que eso implica.

—Chasquea la lengua—. No voy a suavizarlo. La mierda nos va a estallar en la cara.

—Me quedo —dice Lena.

Moreno asiente. No le sorprende.

Blázquez no responde. Mira a la pared. Luego a la mesa. A cada una de sus compañeras. Y por último a Moreno.

—Y si nos quedamos, ¿qué? —pregunta al final—. ¿Nos comemos el marrón y ya está?

—Nos comemos el marrón —responde Moreno—. Y cerramos el caso.

Blázquez suelta una risa seca, sin humor.

—No me gustan los todo o nada, Moreno.

El sonido de la anilla de la bebida energética al abrirse rompe el silencio. Todas las miradas van a Lena.

—Respeto tus dudas, Blázquez —dice Daniela al mismo tiempo que se pone de pie—, pero si no sumas, no restes.

Blázquez aprieta los dientes. Los labios de Lena se elevan unos centímetros.

—Imagino que esta vez piensas quedarte, Duarte —dice Blázquez midiéndola de arriba abajo.

—Nunca me fui.

Daniela le sostiene la mirada mientras apoya la palma de las manos en la mesa y sonríe. Con la sonrisa más fría que Lena había visto en su vida. Contiene a duras penas las ganas de aplaudirle.

—Interpreto tu inactividad como que decides quedarte, por lo tanto —añade Daniela en un tono firme—, vamos a poner en claro los avances en la investigación.

El nombre de Sirope14 se materializa en mitad de la sala. Lena explica con detalle todo lo que ha descubierto en el juego:

—Si accedemos a su ordenador y a su móvil, podemos sacar algo en claro.

Daniela y Moreno se miran evaluando la posibilidad.

—¿Se dio cuenta de algo? —quiere saber la inspectora.

—No lo creo. Estaba pendiente de Blázquez y fui bastante discreta cuando me di cuenta.

Blázquez asiente, dándole la razón sin intervenir.

—Puedo pedir la orden —dice Moreno—. Pajés no va a poner pegas.

Daniela niega.

—No podemos esperar.

—Siempre podemos apretarle —añade Blázquez—. Si los entrega voluntariamente no tendríamos problemas.

—Si tiene algo, lo borrará.

El silencio vuelve a instalarse en la sala.

—Entonces, ¿qué propones, Duarte? —pregunta Blázquez cruzando los brazos en el pecho.

Daniela mira a Lena.

—¿Puedes falsificar una orden de Pajés?

Lena sostiene la mirada a su superiora.

—Puedo.

—Hazlo. Ganaremos tiempo hasta que llegue la oficial.

Moreno asiente. Todos entienden que están en un punto crucial de la investigación y lo que supone ese paso. Daniela no quiere quedarse ahí y decide dar un paso más.

—¿Qué hay de la esquirla que encontraron en el reloj? De ahí también podemos tirar.

—La hija de Martín tenía las uñas pintadas de rojo. Estoy segura —le responde Lena con convicción.

—No te pases de frenada, Duarte. Esa chavala es la hija de Martín. Él sí que conoce a la perfección los procedimientos. Ahí estamos vendidos.

—No si le vamos a Pajés con datos sólidos —responde Moreno—. Déjamelo a mí.

—Bien, pues llevémoselo todo bien masticado —dice Daniela—. Lena, haz una lista con todos los centros de manicura de la ciudad. Blázquez, busca la aguja en el pajar.

No se molesta en ocultar su malestar. ¿Qué demonios sabe él de tratamientos estéticos? Lena tarda un minuto en tener una lista impresa. Y una foto que ha sacado del Instagram público de Alicia.

—Así es más fácil que la identifiquen.

Daniela se acerca a ella y le da un leve toque en el hombro. Lena siente ese pequeño gesto como si le hubiera metido los dedos en un enchufe y la energía le recorriera todo el cuerpo.

—Salgo ya —informa Blázquez empujando su silla de forma ruidosa—. No se me vaya a hacer tarde para que me hagan la manicura.

El resto de la unidad lo ve salir. Ninguno se inmuta con el portazo.