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El olor a las tortitas quemadas llega hasta el salón. Carmen corre hasta la cocina y se queda parada mirando aquella masa negra humeante que ha perdido su razón de ser.
Con un gesto rápido desenchufa la plancha y la tira a la basura junto a su contenido. Se quema las manos. Las mete bajo el agua del grifo y ve cómo se enrojecen por momentos. No le importa. Ese tipo de dolor ya no le afecta.
Carol está encogida en el sofá. Alguien le ha puesto una manta sobre los hombros. Diego está de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, con la mirada fija en su exmujer.
Carlos recorre una y otra vez la distancia de la puerta a la terraza. Teme que si deja de moverse, caerá.
Daniela no sabe cómo empezar. Todas las palabras se le mezclan unas con otras formando un discurso sin sentido. Toma aire para intentar centrarse. Está a punto de hablar cuando suena el móvil de Carol.
Es Víctor.
Ha estado llamando de forma insistente durante la última semana.
Carol no ha prestado atención. Ya no quiere hablar con él.
Es más, no quiere ni verle. Un escalofrío le recorre el cuerpo.
Su voz, su olor, su cuerpo, todo lo que antes le atraía, ahora le causa repulsión.
Porque sí, porque es el culpable. De no haberla invitado a aquel estúpido spa, su hijo estaría ahora con ella.
Ella no hubiera llegado tarde a buscarlo a clase. Ella... ella...
Ella no vio los cortes en el pequeño cuerpo de su hijo porque cuando Lucas le dijo que ya podía bañarse solo, le pareció una buena idea.
Cuando su hijo pasaba horas encerrado en su cuarto, ella aprovechaba para hablar con Víctor.
Cuando su hijo le pedía ir al cine, ella prefería que lo llevara su padre y poder estar sola en su casa.
Le dan ganas de vomitar.
El móvil vuelve a sonar.
Daniela se inclina, rechaza la llamada y lo pone bocabajo.
—Será mejor así —dice.
—Mejor, ¿para qué? —Diego arrastra las palabras aún con la mirada fija en su mujer.
Carmen, que escucha desde la cocina, llega al salón con las manos en carne viva, intentando llevar una bandeja con varias tazas de infusiones relajantes. Carlos acude en su ayuda en cuanto se percata, pero ella rechaza esa ayuda. Ahora no es importante.
—Para decirnos que van a volver a abrir a nuestro niño —suelta con rabia.
Todas las miradas se dirigen a Daniela. No quieren creer lo que acaba de decirles Carmen. Daniela siente que la sangre se le evapora del cuerpo. Traga saliva. Se frota las manos y antes de dar la razón a la abuela de Lucas, todos entienden que es cierto.
El sollozo de Carol es lo único que se escucha durante los primeros segundos. Unos sollozos tan profundos que traspasan el cuerpo de todos.
—Es cierto. Creedme que es necesario.
—¿Necesario? ¡Una mierda! ¿Qué demonios estás diciendo, Daniela? ¿Es que mi nieto no ha padecido suficiente ya?
Daniela levanta las manos pidiendo calma.
—Estoy aquí porque la unidad, y yo misma, os debemos una explicación. La segunda autopsia es necesaria porque los resultados de la primera están comprometidos.
—Daniela, ¿qué dices? —Diego la mira con un odio incapaz de disimular.
—El forense de la unidad ya no forma parte del equipo. —Se aclara la garganta—. Al igual que yo. Se ha puesto en conocimiento del juez encargado del caso las implicaciones personales de ambos.
Carlos se acerca a Daniela y se inclina hasta que su cara queda a escasos centímetros de la suya.
—Explícate. —El aliento le huele fuerte. Una mezcla de estómago vacío y café.
Daniela le dirige una mirada rápida a Diego. Él levanta los hombros en un signo de resignación.
Cuando todos los ojos están fijos en ella, comienza a hablar.
Confiesa esos correos personales que intercambió durante meses.
Correos íntimos donde se dijeron cosas que jamás se dirían en persona.
Correos donde Daniela juzga y envidia la maternidad de su amiga.
Donde le dice a quién comprar una cocaína que no está cortada con más veneno.
Donde se salta todas las normas. No se atreve a mencionar lo del semen.
No puede. Eso sería demasiado para esa familia. Y para ella misma.
Carol ha escuchado cada una de las palabras y su respuesta fue vomitar.
Nadie se movió a limpiarlo.
Daniela continúa hablando de Martín. De la hija de Martín. De la alargada sombra de la sospecha sobre un padre que protege la inocencia de una hija.
Y la unidad.
El caso de Lucas será el último.
Se hace el silencio.
—Eso no nos importa. ¡Lucas! ¡Lucas es lo único que nos preocupa! —grita Carlos fuera de sí.
—Y a nosotros. No estoy aquí para buscar validación. Solo quiero que sepáis que ya no soy la inspectora del CEIMD, soy la amiga. El apoyo. La que os ha puesto por delante de todo.
Carol empieza a aplaudir.
—Un discurso conmovedor, pero ¿qué pasa con mi hijo? —pregunta con un tono cargado de resentimiento.
—Encontraremos la verdad. Pero para eso necesito que firméis el consentimiento de la nueva autopsia.
Se miran horrorizados. La idea de que Lucas vuelva a pasar por ese sufrimiento es algo que no cabe en su cabeza.
El teléfono de Carol vuelve a sonar.
Y en ese segundo en el que el desagradable sonido los saca de la niebla en la que están sumidos, Diego se acerca a los papeles que Daniela ha dejado sobre la mesa y firma.
Él necesita saber la verdad. Saber si pudo evitarlo. Saber si es tan culpable como se siente.