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Carlos da un beso en la frente a Carmen y sale de la vivienda.
Cuando su hija dijo que quería volver a su casa, ambos se negaron en rotundo.
Dejarla sola no es una opción para ellos.
Insistió. Quería ir a por sus pertenencias.
Le hacía falta ropa limpia, su cepillo de dientes, tener cerca las cosas de su hijo.
No hubo forma de hacerla cambiar de opinión. Tampoco aceptó la idea de que su padre le trajera todo lo necesario. Ella quería ir. Tras una hora de discusión y voces más altas de lo necesario, aceptaron que fuera. No sola. Carlos la acompañaría.
Carmen agradece la soledad. Una escena de llanto desesperado es lo menos que necesitaba su hija en ese momento.
La noche anterior, el psicólogo que los ha visitado por protocolo en casos como el suyo les había dedicado diez minutos para informarles de que lo que su hija precisaba ahora era normalidad.
Carmen no tiene ni la más mínima idea de cómo hacer normal un horror tan grande, pero lo intenta.
Tortitas. Eso era lo normal las mañanas de los domingos cuando Carol era pequeña.
Hace la masa sin mirar la receta y cuando busca la plancha de creps no la encuentra.
Pone la cocina patas arriba. Busca en los lugares más inverosímiles, pero ni rastro.
Se deja caer en el sofá y con la cara entre las manos solloza. Ya no llora. Sus ojos ya han cubierto la cantidad de lágrimas para lo que le queda de vida. Espera que sea poco.
Han pasado dos horas. La masa de las tortitas ha perdido consistencia.
Carmen busca el número de su marido en el móvil y antes de pulsar la tecla de llamar se lo piensa. Tal vez sea contraproducente. Su marido es de los que habla a voces y las paredes de la casa de su hija son muy finas. No quiere que su familia esté en boca de todos.
Seguro que sus vecinos la vieron salir con la maleta la mañana que Lucas murió. Seguro que están pensando que su hija estaba más pendiente de los amoríos que de su hijo.
Sacude la cabeza con fuerza. No puede ni siquiera pensarlo. Se persigna. Pide a ese Dios al que le reza clemencia por ella.
Carlos sigue en la cocina. Ha elegido ese lugar mientras su hija da vueltas por la casa porque es la única estancia en la que no hay fotos de su nieto. Aunque sí hay una silueta de la mano del niño. En color azul, su favorito. Y con su letra grande y desordenada: Lucas, 6 años.
Está seguro de que su mujer le llamará de un momento a otro. Le gustaría que lo hiciera. Hablar con ella le aflojaría esa presión que siente en la garganta.
Su mujer no llama; quien lo hace es Diego. Le responde con sequedad. Quiere saber cómo está Carol, ya que ella no responde a sus mensajes. No sabe que están en la que era su casa. Carlos se arrepiente de contárselo.
Carlos es muy tajante en sus respuestas. No, no necesita ayuda. No es buena idea que vaya. Su hija no ha pedido verle. No tiene derecho a pasarse por la tarde por su casa solo para comprobar que todo va bien.
Carlos no se conmueve por la voz quebrada de su exyerno. Si no supo cuidar a su familia como marido ni como padre, ¿a qué viene ahora a querer figurar en una vida de la que ya no forma parte? Le cuelga.
Carmen se ha recompuesto. Se lava la cara.
Pasa el cepillo por su pelo blanco y adecenta su ropa.
Va al trastero. Es el único lugar donde le queda por buscar la plancha.
Ya no es hora de creps; en realidad, debería estar preparando la comida, pero en su cabeza solo está preparar a su hija un buen desayuno.
El trastero huele a humedad y la iluminación es pobre.
Le ha dicho a su marido que le ponga otra bombilla, y siempre pospone el hacerlo: para las veces que hacen uso de ese espacio no es necesario, dice siempre.
Y hoy, que es necesario, no está hecho, y se golpea en la rodilla, y se da en el hombro. Y tropieza con la bicicleta de Lucas.
La bicicleta que le dejaron los Reyes y que nunca usó.
Durante meses estuvo junto a la puerta de la casa de su hija.
Luego pasó a su casa y al año y medio ella misma la bajó al trastero, y ahí se quedó olvidada.
Como todo lo que dejas de ver. Como a Lucas.
¿Olvidará en algún momento el color exacto de sus ojos?
¿El timbre de su voz al llamarla? ¿La forma en la que arrugaba la nariz cuando se sentaba a la mesa y descubría un plato de verduras?
¿O cómo temblaba de miedo la tarde que lo descubrió mientras se cortaba en los muslos con un cúter?
Ella no fue capaz de enfadarse. Lo curó con cuidado y lo acunó en sus brazos hasta que se calmó.
El niño le dijo que no sabía por qué lo hacía.
Ella creyó entender por qué. No llegó a decírselo.
El niño prometió no volver a hacerlo y ella lo creyó.
Carlos les esperaba para cenar y los apremiaba.
La abuela le dijo al nieto que continuarían hablando al día siguiente.
No lo hicieron. Carmen no sabía cómo tratar ese tema. Pero vigiló las piernas de su nieto. Y al comprobar que ese incidente no se había repetido, lo dejó pasar.
A la abuela nunca se le ocurrió comprobar la planta de los pies de Lucas.
Carlos necesita coger aire. Fumarse un pitillo, en realidad. Le dice a su hija que debe volver al coche a por algo que ha olvidado. Su hija ni siquiera se entera de que sale del piso. Está sentada en su cama con una camiseta de Lucas entre las manos.
Carlos ve cómo el humo asciende y se pierde en el paisaje.
Está dando las últimas caladas cuando un coche negro aparca frente a la entrada.
El conductor, un hombre de unos cuarenta años, detiene el motor y deja su puerta abierta.
De la parte trasera baja en volandas a un niño que parece tener la misma edad que Lucas.
El hombre y el niño parecen jugar a algo divertido.
Cuando pasan a su lado, se saludan con un gesto más educado que efusivo.
A Carlos se le escapan una docena de palabrotas mentales.
Aquel niño y su padre son desconocidos, pero bien podrían ser Lucas y su yerno si este hubiera hecho bien las cosas. Decide volver a subir al piso de su hija; al menos allí no se enfrenta a las vidas felices de otros.
Carmen también sube en el ascensor. Ha encontrado la plancha y se la aferra pegada a su pecho como si no fuera un instrumento inerte.
El ascensor para en la planta 0, la de la calle.
Al abrirse las puertas, la vecina del tercero derecha la saluda con un cantarín «Buenas tardes».
Carmen corresponde en tono más seco. A la vecina no le pasa desapercibido el aspecto de doña Carmen.
Parece que en la última semana le han caído diez años de golpe.
Qué lástima le da esa familia. Es como si la mala suerte se hubiera cebado con ellos.
Primero la hija le sale fresca, el nieto se le muere, y ahora esto.
—Doña Carmen, no he tenido oportunidad de decírselo. Siento mucho lo que le ha pasado a su nietito —dice mientras pulsa el número tres que corresponde a su planta.
Carmen sujeta con más fuerza aún la plancha contra su pecho y mira el dos de color rojo iluminado en la pantalla del ascensor. No da las gracias. No es educada. Solo asiente.
—Esta mañana, en el chat del colegio, ha saltado la noticia. Si puedo ayudarles en algo, solo tienen que decírmelo.
Las nietas de la vecina ni siquiera estudian en el mismo colegio al que iba Lucas. No sabe de qué noticia le está hablando. No quiere preguntar. Sea lo que sea, es mejor no saberlo. Coge aire con fuerza.
—¿De qué noticia me habla?
Las puertas se abren en la planta 3. La vecina hace un intento de salir, pero Carmen se adelanta y le corta el paso.
—¿De qué noticia me habla? —repite con voz temblorosa.
—Ah... Pues... eso, que dicen que van a volver a abrir al niño porque la primera vez lo hicieron mal.
La plancha se cae al suelo provocando un eco metálico que ocupa todo el espacio del ascensor.
Carmen tiembla.
La vecina intenta agarrarla, pero ella reacciona evitando el contacto de un manotazo.
—Lo siento, doña Carmen. Creí que lo sabía —balbucea la vecina desde fuera, justo antes de que las puertas se cierren para ir a la cuarta planta.
Una hora más tarde, en otro ascensor, Carol baja acompañada de su padre. Sin hablar. Sin mirarse. Detrás de ellos, Daniela. No la han creído cuando llamó e insistió en verlos. Su presencia no es solo preocupación por su amiga. Padre e hija saben que algo está pasando.
Diego también.
Y mientras conduce hasta la casa de sus exsuegros, se pregunta si es posible que Daniela quiera reunirlos para decirles algo más duro de lo que ya les dijo.