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Lena sabe que la ha cagado muy fuerte y lo único que puede hacer ahora es compensar su error con resultados.
Ha hecho de la unidad su cuartel general.
En día y medio no ha comido ni se ha duchado.
Tres latas de bebida energética son los testigos de las horas que lleva frente a la pantalla del ordenador.
El informe de criminalística dice claro que hay una escama de polímero en el reloj de Lucas.
No le hace falta adentrarse en la composición química de esa mínima prueba: es esmalte de uñas.
No cualquier esmalte, se trata de esos semipermanentes que se hacen en los locales de manicura que crecen como hongos por toda la ciudad.
Alicia llevaba las uñas pintadas la noche anterior.
Blázquez se ha tumbado en la cama y, tras horas intentando conciliar el sueño, se ha vestido y ha vuelto a salir a la calle. Algo que lleva mal de vivir en Ávila es que aquí no se encuentra de todo a cualquier hora como en Madrid. Necesita relajarse con algo más fuerte que el alcohol.
No tenía dirección definida. El azar quiso que a la salida de casa cogiera la calle de la izquierda y no la de la derecha. Y que en su coche marcara que circulaba en reserva.
Lena le da al play por cuarta vez al vídeo con la toma de declaración de la madre. Busca algún mínimo indicio de contradicción en algo. A la séptima vez se da por vencida. La madre no omite nada, pero hay un detalle que llama su atención. Ella también lleva hecha la manicura.
A Blázquez lo que le llama la atención es el dependiente.
No puede creer que sea el mismo niñato al que zurró de lo lindo hace más de una semana.
Lleva una férula en la mano derecha que le coge desde el pulgar hasta el antebrazo.
Le quedan unas marcas violáceas bajo el ojo y otras a la altura del mentón.
Nada grave. Le da las buenas noches y deja sobre el mostrador un billete de cincuenta euros.
El chaval se queda de piedra cuando lo identifica.
Se mea encima. Con movimientos torpes busca algo bajo el mostrador mientras mira directamente a la cámara de seguridad.
A Blázquez le sube la adrenalina.
A Lena se le baja.
El joven encuentra el botón del pánico que le han instalado bajo el mostrador unos días antes y lo pulsa más de veinte veces.
Lena ha repasado la declaración del padre, que sigue sin gustarle ni un poco, pero no hay rendijas por las que colarse. Con las lecturas del GPS de su coche queda demostrado que cumplió con la ruta comercial que les detalló.
La pantalla del juego lleva horas sin marcar la llegada de un mensaje del chat.
Está claro que Sirope14 no va a aparecer.
Lena no termina de creer la palabra de Alicia, a pesar de que, de forma voluntaria, le mostró su perfil en el juego y vio que ella es Cinderella21.
Se rinde. Es mejor volver a casa y darse una ducha, que ya huele a leona encerrada.
Tal vez marcando distancia pueda ver con mayor claridad.
Blázquez ve con claridad el miedo que siente el joven. Puede jugar al gato y al ratón, pero por esta vez decide dejarlo pasar. Le pide tabaco de liar y papel del largo. Son los que más le gustan cuando se hace un canuto.
El chico mira hacia la entrada. ¿Dónde cojones está la policía? ¿Por qué no vienen?
Blázquez repite lo del tabaco y el papel en un tono más alto del necesario.
El joven sabe que si le cobra la gasolina y le da lo que le pide se irá, o al menos eso quiere creer. El problema es que para llegar al tabaco debe girarse y darle la espalda a ese tío. Y eso es darle carta blanca para que le golpee. Puta policía que nunca aparece cuando se le necesita.
El timbre de la puerta suena.
Uno de los dos mira con curiosidad, el otro aliviado.
Lena no se asombra de encontrar a su compañero allí. Es lo único abierto a esas horas de la madrugada.
Se saludan como si fueran conocidos de vista. Ella solo quiere hacer acopio de bebidas energéticas para pasar estos días y Blázquez quiere su jodido tabaco e ir a por algo que quemar con ese tabaco.
El dependiente quiere volver a su casa. O llorar como una nenaza.
Lena deja las latas sobre el mostrador. Se percata de que el dependiente se ha orinado encima.
Mira a su compañero, quien a todas luces parece responsable de ello.
No le extraña. Sonríe sin ganas al joven, que aprovecha su presencia para coger lo que le ha pedido el matón y lo pasa por el lector de código de barras.
Dos pitidos largos suenan y en el ordenador sale el importe: sesenta y dos euros con cincuenta. Blázquez saca otro billete de su cartera. Paga. La pantalla refleja el cambio a entregar. Al dependiente le tiemblan las manos cuando le entrega las monedas.
Blázquez murmura entre dientes algo parecido a un «Gracias».
Se despide de Lena con un seco adiós. Ella no responde.
Está absorta en algo que hay por encima del hombro del chico.
Blázquez se dirige a la puerta pensando dónde pillar algo de hachís para pasar el resto de la noche.
En el tercer paso una mano le tira del brazo con fuerza.
Se gira con brusquedad dispuesto a golpear al niñato que le está sujetando.
Su sorpresa es mayúscula cuando se encuentra a su compañera con los ojos tan abiertos que parecen el doble de grandes.
Le señala un cartel. Blázquez lo lee y no entiende.
Ella repite el gesto y tira de él para que se acerque más.
Allí, en un cartel no demasiado grande, con una tipografía antigua, justo al lado del chico, se lee con claridad: «¿Estás dispuesto a probar un nuevo sabor? Aquí servimos Sirope14».
Blázquez no entiende nada. Lena estalla en una carcajada ruidosa. Molesta para los dos que no entienden qué está pasando.
Cuando se calma, mira a su compañero y le da un suave golpe en el brazo.
—Lo tenemos, Blázquez.