35
En el lado oeste del parque una mujer lanza una pelota con fuerza y un perro marrón corre tras ella.
Un hombre vestido con un uniforme de mantenimiento arrastra un carrito metálico y se detiene junto a una papelera.
Daniela se cruza con ellos, aunque no levanta la mirada; quiere llegar al lugar exacto.
La humedad de la hierba traspasa el pantalón de Daniela al sentarse.
Hace frío, a pesar de que el cielo es de un azul intenso y el sol ha querido darles una tregua.
Vuelve a ponerse música y cierra los ojos.
Los recuerdos le llegan sin pedir permiso.
Allí está Carol, con Lucas, dando sus primeros pasos.
Torpe. Se cayó. Fue una caída tonta, el niño ni siquiera lloró, tan solo se quedó tumbado muy quieto.
Esperando a que alguien viniera a ayudarle.
Carol gritaba mientras corría hacia él. Lo cogió entre sus brazos y le examinó cada parte de su cuerpo hasta comprobar que no sangraba ni presentaba golpes en la cabeza.
Traga saliva.
Abre los ojos.
Qué idéntico y qué diferente es el parque de entonces al de ahora. Qué idéntica y qué diferente la caída y la muerte del mismo niño.
Daniela sigue con la mirada fija en el punto en el que encontraron a Lucas cuando una mano se interpone en su visión. Ella la acepta y se pone de pie.
—¿Cómo sabías que estaría aquí? —pregunta mientras pasa la mano por la parte trasera de sus pantalones.
—No lo sabía, pero esperaba que así fuera —le responde Moreno en un tono pausado.
—Jugaste bien tu única carta. Leerme el informe de criminalística ha sido rastrero.
—Pero eficaz. —Moreno le hace un gesto con la cabeza, invitándola a caminar a su lado—. Te necesito, Duarte.
—Me invitaste a irme.
Avanzan unos cuantos metros en silencio.
—Por el bien de la investigación. —Moreno aprieta la mandíbula—. Y por el tuyo propio. Siento no haberlo visto antes, Duarte. Mi no paternidad me otorga un punto de vista diferente.
—Eso podrías haberlo dicho por teléfono.
Han llegado a una de las esquinas del parque. La mujer sigue lanzando la pelota a su perro. Los mira de soslayo. Moreno levanta la mano a modo de saludo tranquilizador. Desde fuera la actitud de ambos puede interpretarse como una situación tensa. Lo es.
—Perdóname por ser un capullo.
Detienen el paso y se miran fijamente.
—¿Qué pretendes, Moreno?
—Quiero que te quedes. Quiero cerrar este caso. Te necesito en la unidad. —Hace una pausa—. Lucas te necesita.
Daniela parpadea varias veces. Y luego deja salir el aire de sus pulmones con brusquedad.
—Meter a Lucas en el discurso es jugar sucio, Moreno.
—Uso todos los argumentos que tengo.
Daniela mueve la cabeza de lado a lado con rapidez y comienza a andar hacia la esquina opuesta del parque.
—Mi presencia en la investigación más que ayudar, perjudica. Martín sabía lo que se hacía, y Pajés no es de los que miran a otro lado.
—Lo sé —responde—. Y me da igual.
Los pasos de Daniela se detienen en seco. Se gira y encuentra la cara de Moreno casi pegada a la suya y da un respingo.
—¿Has perdido el juicio?
—No creo que haya estado más cuerdo en toda mi vida.
El perro ladra reclamando más juego a su dueña y la pelota llega botando a los pies de Moreno, que acaricia la cabeza del animal y se la lanza lejos de una patada.
—Explícate.
—Tú y yo tenemos vidas paralelas. Tú tratas de decidir qué faceta de tu vida debes priorizar en este momento: maternidad o trabajo. Mientras que a mí, los últimos acontecimientos me obligan a decidir si priorizo la continuidad de la unidad o esclarecer el caso de Lucas.
Siguen andando mientras Moreno le explica todo lo sucedido en el último día.
Lena y su extralimitación, la presión de Pajés, cómo ha tratado de silenciar los excesos de Blázquez, cómo le pesa un trabajo más burocrático que funcional, el vacío que deja su ausencia en tan solo un día. Completan una vuelta entera al parque.
—¿Adónde quieres llegar, Moreno? —pregunta Daniela sin disimular su confusión.
—A Lucas. Quiero llegar al final de esto y te quiero a ti en el equipo.
—No creo que esa sea la opción más acertada, ni para el equipo ni para Lucas.
—Antes de esto la unidad ya estaba herida de muerte.
Esto solo será la estocada final. Quiero poner ante las narices de Pajés un caso cerrado y que luego decida qué hacer con cada uno de nosotros.
—Moreno levanta la mano para evitar que Daniela lo interrumpa—.
No se lo pondré fácil, no creas. Quiero lo mejor para cada uno de vosotros y pelearé por ello.
Conmigo puede hacer lo que quiera. Me da igual pasar mis últimos años poniendo multas de aparcamiento.
A Daniela las palabras de su superior la rompen por dentro.
Ella cree en el trabajo de la unidad, en la necesidad de que todos los Lucas tengan a alguien que los priorice y que no acaben transformados en un número frío de la estadística negra del país.
Aprieta los puños. Fija la mirada en un punto lejano.
Más allá del parque. Más allá de todo lo que cree seguro.
Más allá de sus decisiones y de lo que está bien o mal.
—El barco no se abandona —afirma con rotundidad.
Moreno sonríe. No como lo hace siempre. Lo hace con rotundidad. Desde la paz de quien sabe que se está saltando todas las normas y no le importa.
—Gracias, Duarte.
—Sabías que lo haría.
—No las tenía todas conmigo. —La mujer y el perro salen del parque bajo la mirada de ambos—. Serás una gran madre, Duarte. No sé si ahora o dentro de un tiempo, pero tu hijo tendrá la suerte de mirarse en un gran espejo.
Sin pensarlo, el cuerpo de Daniela se acerca al de su superior y apoya su cabeza en su brazo. Es un gesto breve, casi inconsciente. Cargado de agradecimiento.
—¿Por dónde quieres que continúe?
—Por la familia. Hay que prepararlos para lo que se les viene. —Daniela asiente.
No necesita que Moreno le explique nada. Con lo que ha sucedido, toda la investigación de la unidad está en tela de juicio. Eso incluye el trabajo de Martín. Pajés no tardará en pedir una segunda autopsia del cuerpo del niño.