No apartes la mirada 34
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—¡¿Qué medidas se están llevando a cabo?!

El grupo le grita antes de bajarse del coche. La directora llegó una hora antes al centro y aparcó en la parte trasera para evitar las cámaras que llevan apostadas tres días, a la espera de cualquier declaración con la que rellenar minutos televisivos.

—Durante esta semana no se ha hecho ningún cambio. Todo sigue igual. ¡Exactamente igual! —grita otra madre.

La directora del centro agita las manos en señal de calma. Quiere hablar, aunque no se lo permiten.

—Ha muerto un niño y al colegio no le importa.

El rostro de la directora se contrae en un gesto de dolor ante la acusación de otra madre.

Apenas la separan veinte pasos de la puerta. Intenta avanzar, pero el grupo de madres y padres le corta el paso.

—Por favor... —suplica la Martina.

—¡Estamos preocupados por nuestros hijos! —arremete otra.

Los labios de la directora se transforman en una fina línea.

«No entres al trapo», se dice a sí misma.

Pero es imposible cuando las acusaciones suben de tono.

Están poniendo en tela de juicio su buen hacer en el centro.

La juzgan a ella, ¡a ella!, que se ha quedado en la puerta más de una hora esperando a que alguna de esas madres llegara a recoger a su hija.

A ella, que ha ido dejando a los suyos atrás para educar a los hijos de esas ingratas.

—Mi hija no va a volver hasta que se tomen cartas en el asunto —dice una de ellas.

—Que sepas que de aquí me voy a la Consejería de la diputación. Se les acabó el chollo de cobrarnos por un concertado que está peor que un público.

La directora levanta la barbilla.

—Me parece una gran idea —responde alzando la voz—. ¡Hazlo! ¡Hacedlo todos! Decidles que ese sistema educativo está podrido desde la raíz, que los profesores no podemos más, que se nos exprime y se nos exige sacar resultados de una piedra.

—¿Estás comparando a nuestros hijos con una piedra?

La directora quiere explicar sus palabras, pero no llega a hacerlo. Una mano le golpea la cabeza. Alguien la empuja.

A trompicones logra llegar a la puerta, que abre y cierra de un portazo.

Dentro, con el corazón latiéndole en los oídos, se apoya en la pared.

Las voces que la increpan quedan fuera. El aire de dentro no le llega a los pulmones.

Se refugia en su despacho, entre expedientes, carpetas, nombres de alumnos en un papel, en la parte aséptica de su trabajo.

Ahí la encuentra Rosa. No necesita verle la cara desencajada para saber que todo va mal. El chat de madres y padres lleva una hora echando humo.

—Es que les importan una mierda nuestros hijos.

—Solo se preocupan por la transferencia a primeros de mes.

—Mi hijo dice que el otro día los dejaron solos en la clase diez minutos, pudo haber pasado de todo.

—No controlan a los niños en el recreo, mi hija dice que los mayores vapean en los baños y que nadie les dice nada.

—Los de tercero ya han tenido tres profesoras de Conocimiento este año.

Rosa se sienta frente a la directora y, sin añadir palabra, saca de su bolso el blíster de Orfidal y le entrega dos pastillas. Ha ido preparada. Ella formaba parte del chat de padres y madres.

Para cuando terminó de desayunar con Daniela, el chat ya se había descontrolado.

Exigían que rodaran cabezas. A ella no la nombraban, pero supo que era cuestión de tiempo, y aunque Daniela le aconsejó distanciarse de ese hervidero, ella hizo lo que sintió que debía hacer.

Les envió un audio largo donde les dejaba claro que está cansada de que a ellos se la trajeran al pairo los trabajadores del colegio.

Ellos solo querían un lugar donde dejar a sus hijos de nueve a tres.

Les llamó hipócritas porque ni uno solo estaba preocupado por Lucas.

Solo querían limpiar sus conciencias porque sabían que fue Lucas, pero podría haber sido cualquiera de sus hijos, ¿y por qué?

Pues porque si para los padres era difícil cubrir las necesidades y las atenciones de uno o dos de sus hijos, ¡lo era mucho más para los profesores!

Envió. Bloqueó uno a uno a los números que tenía en sus contactos y se salió del grupo.

De camino al colegio dudó en si su impulsividad le acarrearía problemas, pero viendo cómo está la directora por no hablar clarito, se siente liberada de culpa.

Mientras Daniela se dirige a la estación de autobuses, piensa en el valor de su amiga y en la reacción de esos padres. Tampoco le sorprende; ella conoce la parte miserable que flota en cuanto las aguas se vuelven turbias.

A flote es como se encuentra Lena en este momento.

Ella y Blázquez se han pasado la noche en la central.

Moreno ha hecho una docena de llamadas, Pajés quiere una reunión con urgencia y ella sabe que ahora mismo tiene medio cuerpo fuera de la unidad.

Con suerte pasará el resto de su vida haciendo DNI en una comisaría perdida de Extremadura.

Blázquez está reclinado en una de las sillas de la sala de toma de declaración.

Es la sala menos fría y la más oscura. Necesita pensar.

¿Quiere ser leal a su compañera o mejor hacer un sálvese quien pueda?

Él no tiene opción B. Un papelón como el de la noche pasada es su expulsión del cuerpo sin retorno.

Moreno cuelga la cuarta llamada con la Fiscalía de Menores. Martín no ha tardado nada en presentar denuncia. Está seguro de que se abrirá una causa paralela al caso de Lucas.

Lucas.

La foto de su expediente le está mirando y parece preguntarle: «¿Qué pasa conmigo? ¿A nadie le importa lo que me ha pasado?». Moreno no puede zafarse de esos ojos redondos verdosos que le gritan: «¡Mírame!».

Se lleva las manos a la cabeza y suelta un gruñido gutural que le sale del centro del pecho. No hay que ser muy inteligente para adivinar el rumbo que está tomando el caso. Golpea la mesa con fuerza. Tiene que hacer algo.

Cuarenta minutos más tarde Lena ve pasar a su jefe por delante de la sala.

No se atreve a decirle nada. En cuanto oye el motor del viejo Megane alejarse, va en busca de Blázquez.

Por un segundo piensa que se ha quedado dormido en la silla; sin embargo, en cuanto su compañero se percata de su presencia, levanta la mano en una clara invitación de que se largue de allí.

Daniela entra a la estación de autobuses. En diez minutos saldrá el autobús hacia el norte de la ciudad. Oficialmente está deseando volver a casa; extraoficialmente se siente como una traidora. Le falla a Carol, a Diego, a sus compañeros. A Lucas. Se falla a sí misma.

Se coloca los auriculares y se deja llevar por los primeros acordes del Bohemian Rhapsody de Queen. Cinco minutos más y dejará atrás Ávila.

Apoya la cabeza en el cristal. Cierra los ojos y se evade en la canción.

Canción que no llega a su parte favorita porque le entra una llamada. Moreno. Duda si responder o solo pasarle la ubicación. Descuelga.

No hay saludo. No hay preámbulo.

—Cincuenta huellas de pisadas de pronadores, supinadores, de tallas desde la treinta y siete hasta el cuarenta y cinco.

Muchas sobrepuestas, la mayoría invalidadas para un cotejo válido a consecuencia de la lluvia.

Una cantidad de... cero elementos con ADN que no correspondan a la víctima.

—Moreno hace una pausa. El autobús se ha puesto en marcha y enfila hacia la avenida—.

¿Pero qué mierda es esto? —Daniela se da cuenta de que Moreno acaba de recibir el informe de criminalística—.

¡Joder! ¿Y para esto hemos estado esperando cuatro días?

Un crío con un microscopio hubiese hecho lo mismo en menos tiempo.

Escama de tres micras de grosor y dos milímetros de largo de un compuesto de polímero y monómero, clasificada como evidencia 1, y localizada en la inspección in situ entre los pliegues de la correa metálica del reloj que la víctima portaba en la muñeca izquierda. Véase fotografía número 10.

Daniela escucha el sonido de los papeles entre las manos de Moreno.

El autobús está a punto de pasar frente al parque donde encontraron el cuerpo de Lucas.

Daniela se pone en pie.

—¡Pare! —le grita al conductor.

El autobús sigue su recorrido. Ya está en el lado sur del parque. En unos pocos metros estarán justo en el lugar donde vio el cuerpo de Lucas por última vez.

—¡Le he dicho que pare! —Vuelve a gritar Daniela acercándose al conductor.

—Lo siento, este es un viaje directo. No hay paradas —le responde.

Diez metros más adelante la puerta del autobús se abre y Daniela baja los escalones con el teléfono pegado a la oreja.

No hay nada como enseñar una placa para que te hagan caso.