No apartes la mirada 32
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Lena tiene el labio superior perlado de sudor. Son casi las cuatro de la tarde y su cuerpo está gestionando regulinchi el exceso de bebidas energéticas. Le arde la cara y siente calor en las orejas, pero no puede parar ahora. No cuando está tan cerca.

Ha conseguido hacerse notar en el juego. Le ha llevado horas y paciencia, pero el clon de Lucas empieza a generar movimiento. Varios jugadores han abierto el chat para hablar con él.

Las primeras cinco horas han sido ruido.

Conversaciones sobre estrategias, alianzas, ataques coordinados.

Le piden consejo como si estuvieran hablando con un dios.

Lena levanta los dedos del teclado y mira la pantalla con los ojos entrecerrados.

Entre el manido «bro», el adjetivo «obvio», el adverbio «básicamente» y el sustantivo «pereza», que copan las conversaciones, lee entre líneas y descubre algo que le provoca un nudo en la garganta.

¿Cuántas horas tenía que invertir un menor para alcanzar ese estatus?

¿Quién lo supervisaba en su día a día? ¿Por qué nadie detectó su escalada?

Lena pierde la esperanza en el ser humano y desea la extinción.

Está a punto de apagar el portátil cuando el icono del chat vuelve a iluminarse.

Sirope14.

El corazón le da un vuelco.

—¿Quién eres? Lucas está muerto.

Lo tiene.

En el juego no había forma de vincular avatar y nombre real. Lena lo había comprobado.

—Una amiga de Lucas. —Teclea con rapidez.

—¿Por qué te haces pasar por él?

—Te estaba esperando.

El cursor parpadea y Lena siente que no les llega suficiente aire a los pulmones. Jodidas bebidas energéticas. Se promete que no beberá más.

Sirope14 se desconecta.

Lena se queda mirando la pantalla varios minutos. Cuando entiende que no volverá, se bebe de un trago lo que queda en la lata.

—Mierda —susurra Lena.

En una sala distinta, otra pantalla se apaga.

—¡Mierda! —grita Carlos.

El abuelo de Lucas termina una llamada con un tal Blázquez. Ese policía, con un marcado acento madrileño, le pregunta si tiene algún inconveniente en que pase en una hora por su casa a hacerles unas preguntas.

—El mundo está podrido si ya ni siquiera se respeta el luto de una familia —masculla el abuelo de Lucas mientras anda en busca de su mujer.

Carmen escucha la conversación de espaldas a su marido.

Tiene las manos unidas a la altura del pecho en señal de súplica a ese dios que no les está dando tregua.

No se imagina que su nieto le ha copiado el gesto antes de morir.

Vuelve a tener ganas de llorar y como le cuesta tanto contenerse, se rinde y suelta las lágrimas en silencio.

Y en secreto.

Su marido detesta el llanto y no quiere añadirle a su hija una preocupación. Tiene que mantenerse fuerte para ellos.

Carol, que llegó a casa de sus padres de madrugada y no ha dormido, también ha escuchado la llamada, pero ella no llora.

Se ha secado. Sus ojos, sus labios, sus pechos, el estómago, su útero, todas las esquinas de su cuerpo que una vez estuvieron unidas a su hijo, ahora son espacios yermos que han olvidado su función.

Carol ha olvidado ser madre, pero no ser hija.

Se acerca a su madre y con delicadeza le seca las lágrimas. Luego la abraza. La madre cree que sostiene a la hija. La hija cree que mantiene a la madre. Ninguna se suelta.

Quien sigue sin recibir un mensaje es Alicia, que está a punto de arrancarse las desmesuradas uñas acrílicas que lleva.

Esperaba que su amiga apareciera en su casa esa tarde al saber que está otra vez incomunicada.

No soporta el silencio. No soporta el encierro.

No soporta el placaje de su padre. Es más, no soporta a su padre.

—¡Responde, joder! —le grita al teléfono.

Puta puta puta.

Se supone que ellas son besties , el nivel top de las amigas, hermanas a muerte. Y si tu hermana te necesita, tienes que dejarlo todo y estar a su lado.

Se deja caer sin cuidado sobre la cama, se tapa la cara con las manos y vuelve a pronunciar el nombre de su amiga. Nunca le había hecho tanta falta.

La necesita porque más que cabreada lo que está es asustada. ¡Lucas le ha escrito! Y ella sola no sabe llevarlo.

Se pone la sudadera y se calza sus deportivas. Le va a explotar la cabeza, tiene que salir de casa.

Martín es ajeno al hervidero que tiene su hija en la mente.

Hace mucho que no le cuenta nada. Lo poco que sabe es porque pone la oreja cuando habla con su amiga.

Ahora se arrepiente de no haber traspasado todas las normas morales cuando pudo instalar una aplicación espía en el móvil de su hija.

Su madre decía que en la libertad de acción se forja el carácter, una gilipollez como el sombrero de un picador.

Demasiados libros de crianza liberal le habían frito el cerebro.

Su experimento se torció a partir de los nueve años de Alicia, cuando dejó de ser una niña adorable para convertirse en la criatura déspota que es hoy en día; la madre salió por patas.

Que se había enamorado de otro le dijo, que no lo había buscado, pero que le llegó y que tenía que vivirlo.

Buscar y encontrar no tienen el mismo significado para ellos.

Su mujer había estado tirando la caña por las redes durante meses, hasta que pescó.

Martín lo supo mucho tiempo después, cuando el ordenador familiar decidió no encender un día en el que había decidido redactar los informes desde casa.

Lena acudió a rescatarle, o a hundirle, según se mire.

Las cookies, las malditas cookies estaban ahí.

Su mujer había eliminado el historial, porque es lista, pero no las cookies, porque no es tan lista.

Así fue como se enteró de que mientras él trabajaba, ella chateaba.

Mientras él hacía la cena, ella ligaba. Mientras él llevaba a su hija a los partidos de baloncesto, ella se encamaba con otros.

Martín nunca le dijo nada a su mujer, quiso hacerlo muchas veces, hasta que se dio cuenta de que si fingía que no sabía nada permanecerían en ese territorio neutral en el que no era necesario combatir.

Pero la muy idiota se enamoró de un pánfilo diez años menor que ella y abandonó la familia dejando todo el destrozo atrás.

Ella quería empezar de nuevo, vivir el amor y la pasión como si los veinte años juntos hubieran sido un mero ensayo hasta llegar a la representación final.

Ahí es cuando Martín entendió eso de que del amor al odio solo hay un paso.

Carlos no sabe si es odio lo que le está revolviendo las tripas o es asco. Lo más seguro es que sean ambas. El tal Blázquez está sentado en el sofá de su casa, con una estúpida libreta en la mano poniendo en duda sus palabras.

—La directora afirma que le puso en antecedentes sobre la negativa de Lucas a participar en las actividades físicas del colegio.

—Sí. A mi nieto no le gustan los deportes.

—¿Saben que informó al centro de que padecía asma?

—Sí, ¿y qué?

—Entonces usted lo sabía.

—Sí. La idea del asma fue mía y yo mismo lo llevé al médico para que le hiciera el informe. Si eso es un delito, arrésteme de una vez.

—Nadie va a arrestarle. Tan solo estoy haciéndole preguntas para esclarecer detalles que se nos escapan.

Blázquez está siendo suave. El abuelo le toca la fibra. Se nota que es un hombre de carácter que intenta permanecer entero. Anota en la libreta lo del informe falso.

—Mire, Lucas no quería ser el nuevo Ronaldo, ni Nadal, ni Márquez. Él será ingeniero, químico o médico; no necesita perder una hora de su vida jugando a la pelota si podía aprovechar esa hora en cosas más prolíficas.

Carmen suspira y se gana una mirada furiosa por parte de su marido. Blázquez vuelve a escribir en su libreta.

—¿Puedo saber qué está anotando?

—Nada importante.

—¿Entonces para qué lo apunta? Cree que estoy loco, ¿verdad? Que no me doy cuenta de que sigo hablando de mi nieto como si en cualquier momento fuese a entrar por esa puerta. Es eso, ¿verdad?

—No, señor. Solo tomo notas.

—Yo hice la mili en el Sáhara. He trabajado desde los trece años.

He sido aprendiz de mecánico, albañil y pintor.

Me casé a los veinticuatro años y terminé los estudios a los veintiocho.

He sido funcionario del Estado desde los treinta hasta que me jubilé.

Soy padre y abuelo y jamás ha faltado de nada a mi familia.

Me he ganado por justicia poder hablar de mi nieto en pasado, presente y futuro si me da la real gana de hacerlo.

—Está en todo su derecho, sin duda —responde Blázquez suavizando su expresión facial.

—Pues porque está usted en mi casa, sentado en mi sofá y porque mi mujer le ha preparado una taza de mi café, tengo derecho a saber qué ha escrito en su libreta.

Blázquez sabe que no se puede hacer ese tipo de cosas, pero hay algo en la rudeza de ese hombre que le gusta. Abre la última página y se lo muestra. El nombre de Carmen subrayado dos veces, y a su lado un signo de interrogación.

El policía no había hecho la mili, se libró por excedente de cupo, pero también es un hombre curtido hecho a sí mismo, que dejó de creer en la magia cuando entendió que el truco estaba en focalizar la atención en la mano contraria. Cuanto más se altera Carlos, más camuflada está Carmen.