No apartes la mirada 31
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Son las nueve de la mañana de un jueves y la directora mira con preocupación los corrillos de padres y madres que se forman a la entrada. Parece que nadie tiene la prisa habitual para ir a trabajar. Maldice en voz alta.

Las cámaras de televisión, en vez de ser un repelente, actúan como punto de interés.

Para evitar males mayores ha pedido de forma taxativa a todos los empleados del centro, desde el jardinero a los profesores, pasando por los encargados del catering , que no den información alguna sobre la vida escolar.

Desea con toda su alma que esto se acabe de una vez.

Teme que este jaleo derive en una llamada de la consejería pidiendo explicaciones y entonces estará bien jodida.

Moreno no ha ido a casa a dormir. Ha optado por dar una cabezada en el coche y no perder tiempo en desplazamientos innecesarios. Sabe que de un momento a otro aparecerá la policía judicial a pedir resultados y eso lo tiene tenso.

Daniela ha despertado en una cama extraña, pequeña e incómoda. Lo primero que hace es palpar su ropa interior para comprobar si ha tenido alguna pérdida. Suspira aliviada al comprobar que todo está seco.

Blázquez ha salido a correr venciendo las bajas temperaturas de las mañanas abulenses.

El frío le despeja las ideas, le ayuda a pensar cuando el sonido de su respiración es lo único que le acompaña.

Mentalmente repite las conversaciones, vuelve una y otra vez a visualizar gestos, movimientos, muecas, a escuchar variaciones en el timbre de las voces, a diseccionar cada una de las partes hasta reducirlo a lo esencial.

La diferencia con sus compañeros es que él no se lleva nada al lado personal.

Para él todo es mucho más simple: una víctima y un ejecutor.

Si hay que tocar los cojones a un abuelo, se le tocan.

Si hay que citar a los padres inmersos en su duelo, se les cita.

Si hay que abrir el cajón de mierda del colegio, se abre.

Sabe que la verdad es algo que no soporta equilibrios.

Lena sale de la ducha y mientras se peina ve su imagen reflejada en el pequeño espejo del baño.

Parece un oso panda. Sonríe. Le gusta tener carga de trabajo, eso la hace sentirse útil dentro del equipo.

Desayuna media tostada porque las tripas le suenan y enciende el portátil.

A pesar de que Moreno les ha pedido descansar, ella no puede ponerse en stand by , y menos ahora que está haciendo avances en el universo del juego.

Trenit pertenece a un gigante asiático acostumbrado a tratar con los cuerpos de seguridad.

Por lo visto era más frecuente de lo que se imaginaba que le solicitaran acceso a su base de perfiles de usuarios.

Lena contaba con que le responderían como pronto la próxima semana, pero lo han hecho mientras ella estaba en la ducha.

En un perfecto inglés le dicen que no pueden facilitar información sensible de sus usuarios, pero que en su haber tienen una declaración firmada por un adulto que consintió a un menor la creación del perfil. Bufa de impotencia.

Con las manos en la cabeza da varias vueltas en círculo por su pequeña cocina.

Es su plan B cogido con pinzas. Es algo que bordea la legalidad y no quiere problemas con Moreno, para eso ya tiene a Blázquez, pero a veces una chica tiene que hacer cositas que no son correctas para conseguir su objetivo.

Abre una lata de bebida energética y se ajusta los auriculares.

La pantalla verde del inicio del juego le da la bienvenida.

No tarda en copiar el avatar que usaba Lucas y entrar en el mundo digital que el crío solía recorrer.

El juego en sí es simple: dominar el mundo.

Cada jugador posee unas tierras en las que deberá construir una ciudad, también tendrá que defenderlas ante otros jugadores que quieran apoderarse de ellas y, si tiene un buen ejército montado, salir a conquistar y anexar espacios a su cargo.

Una gilipollez de juego que tenía enganchado del todo a Lucas, por las huellas que ha ido dejando tras de sí.

Gráficos simples, colores básicos y personajes bidimensionales típicos de los años ochenta.

Los nipones no se comieron mucho el coco.

Por supuesto que no se comieron el coco, porque lo importante no es el juego, lo es todo lo que está detrás.

A kilómetros de distancia, el móvil vibra en las manos de Alicia. No puede creer lo que está viendo. Saca una captura de pantalla y sale del juego con rapidez.

Mierda. Mierda, mierda, mierda.

Abre el wasap y envía la foto acompañada de varios emojis de sorpresa. Se queda mirando hasta que el doble check se pone azul. En la parte superior de la pantalla pone «Escribiendo...».

Un temblor le baja por la espalda. Desaparece lo de «Escribiendo» y no le llega el mensaje. ¿La ha dejado en visto? La ha dejado en visto. Puta puta puta. De la rabia lanza contra la pared lo primero que tiene a mano.

Martín escucha el estruendo y corre a la habitación de su hija. Al abrir la puerta encuentra un portarretrato hecho trizas en el suelo. Aunque eso es lo de menos. Su hija está de pie, descalza, temblando, con la cara roja y agarrando un móvil como si quisiera pulverizarlo.

—¿Qué es eso?

—Nada, papá.

—Alicia... ¿Qué es eso?

—Es... Mamá me lo dio hace meses. Por si tengo que ponerme en contacto con ella y tú no me dejas.

—¿Tu madre te ha dado un móvil?

—Tengo que estar comunicada.

Martín se lleva las manos a la cabeza y con la mirada acerada se dirige hacia su hija.

—Tu madre está loca. No tiene ni idea de lo que hace, y tú, dame eso. ¿No te das cuenta de que si mis compañeros descubren que tienes otro teléfono van a pensar que les has mentido?

—Papá, tú no lo entiendes, no puedo estar sin móvil. Las tareas de clase me llegan por el grupo, sin él no me entero. Lo estoy usando solo para las cosas de clase. Te lo juro.

Martín no cree nada que salga de la boca de su hija. En setenta y dos horas ha descubierto que su hija miente con naturalidad. Y que además resulta convincente.

—El menor de tus problemas es que no lleves los deberes hechos. Así que hazme el favor y dámelo.

Alicia lo reta con la mirada, el padre acepta el órdago. Gana el forense, por muy poco.

Cuando sale de la habitación su hija le dedica una muda peineta. Qué cansada está de su padre. Qué harta la tiene esta supervisión. Qué pereza tener que esperar a que se meta en la ducha para sacar su móvil de la gaveta de su mesilla de noche, donde lo esconde siempre.