30
Mientras Daniela habla con Moreno, Rosa le prepara una infusión relajante.
Ella se sirve una copa de vino tinto, se la bebe de un trago y vuelve a llenarla.
No le entusiasma la idea de compartir espacios, está acostumbrada al silencio, pero su conciencia no le permite dejar sola a Daniela en su estado.
Necesita que alguien cuide de ella, o al menos que se preocupe por ella.
El trabajo es importante, claro, pero hay cosas más importantes en la vida.
—¿Qué piensas hacer? —pregunta acercándole una taza grande.
—Mañana vuelvo a mi casa —dice, como si volver fuera avanzar y no retroceder.
—Si en tu casa vas a estar sola, tal vez sea mejor que te quedes conmigo hasta que todo se calme.
Daniela toma la taza entre las manos y sopla con poca gana.
—Te lo agradezco, pero estaré bien sola. El ginecólogo ha dicho que no tengo de qué preocuparme.
Ambas permanecen en silencio con la mirada fija en sus bebidas.
—¿Qué te ha dicho tu jefe?
—Cree que es una buena decisión.
—¿Y tus compañeros? Supongo que es una faena que los dejes tirados en medio de todo esto.
—Se las apañarán bien sin mí —dice sin saber si ella sabrá apañárselas sin el ruido constante de la investigación para no pensar.
—Tampoco es que tengan otra opción —responde.
Para engañar a una amiga de la infancia hay que hilar fino. O hablar un poco más bajo. Rosa no tenía intención de poner la oreja, pero su piso es pequeño y, aunque quiso darle intimidad, se enteró de buena parte de la conversación.
Daniela bosteza sin poder remediarlo y Rosa interpreta el gesto como el punto final a la conversación. La inspectora repite su agradecimiento a su amiga por la hospitalidad y Rosa le quita importancia alegando que ella hubiese hecho lo mismo en caso contrario. Las dos saben que no es cierto.
Así, mientras una se hace un ovillo en la cama y el sueño la encuentra con rapidez, la otra lo espera perdiendo el tiempo con el móvil.
Carol se levanta y sale de la casa de sus padres.
Le han suplicado que se quede en casa, luego se han ofrecido a acompañarla.
Su padre se ha puesto delante de la puerta para evitar que saliera y no le ha quedado más remedio que ser brusca con él.
Su madre la ha seguido escaleras abajo llorando presa de un ataque de nervios; por suerte no le ha costado sacarle ventaja.
No espera que lo entiendan, aunque sí que lo respeten, porque ella es la madre de Lucas.
Diego está acostado en el suelo del cuarto de baño.
La resaca de todo lo que se metió la noche anterior lo está matando.
El sonido del timbre le llega lejano, como con eco.
No tiene pensado moverse para abrir, tampoco es que pueda.
Pero ante la insistencia decide esforzarse, tan solo para descargar la rabia contra quien esté al otro lado de la puerta.
Diego se equivoca, una vez más, ya que al abrir encuentra a Carol y todo el dolor que creía sentir se multiplica porque se enfrenta a su propio reflejo.
Mirar a su exmujer es mirarse en un espejo.
—¿Qué haces aquí?
—El dinosaurio verde de Lucas está aquí.
Antes de que su matrimonio se fuera a la mierda hicieron un viaje a Nueva York para celebrar que empezaron a salir un cuarto de siglo antes.
Diego por ese entonces ya tenía sospechas de lo que estaba pasando, pero como era habitual en él, optó por postergar esa conversación y esperar a que la situación se solucione por sí sola.
Por culpa de ese viaje, Carol y Víctor tuvieron su primera discusión.
El que por entonces era su amante no entendía la finalidad de un viaje de celebración en familia cuando ya no había nada que celebrar.
Carol le había prometido que hablaría con Diego cuando regresaran, así que, sabiendo que aquella sería la última vez que estarían los tres juntos como familia, quiso consentir a Lucas en todo.
Como si el hecho de que al pequeño se le antojara un peluche y su madre corriese a pagarlo le suavizara el golpe que le daría después.
—¿Has venido para eso?
—Me gustaría tenerlo.
—No, no voy a darte su peluche favorito.
—Por favor... Diego, por favor...
Carol cae al suelo de rodillas porque ya ni puede ni quiere mantenerse en pie.
Diego no quiere dejarse caer a su lado y abrazarla para llorar juntos.
No quiere sentir pena más que por él mismo; Carol debería buscar consuelo en los brazos del malnacido de su novio.
Diego no quiere sentir que los pedazos rotos de su alma vuelven a romperse en pedazos aún más pequeños.
Entran abrazados a la habitación de Lucas.
A los pies de la cama están las zapatillas blancas que le dejaron los Reyes y que la misma Carol compró un número más grande para que no le quedaran pequeñas muy pronto.
Las recoge y las mira con dulzura. A su hijo le encantaron.
Sobre la mesilla de noche están los cómics que leía.
Sobre la cama está el peluche.
Carol lo abraza con fuerza y respira el olor de su hijo en él.
Deja que su aroma la invada, que le llegue al cerebro y le desate un carrusel de recuerdos.
Lucas riendo en el parque, hablando por los codos mientras cenaba, jugando al Yenka en la mesa de la cocina, dormido a su lado en el sofá.
Lucas cogido de su mano mientras andaban por la calle, comiendo galletas en la cocina, haciendo los deberes... Lucas siendo niño. Lucas vivo.
Aspira otra vez.
Otra vez.
Una vez más.
Y se traga la certeza de que en algún momento su olor desaparecerá y el peluche solo será un dinosaurio verde corriente.
Diego puede ver pasar cada uno de los recuerdos de Lucas por los ojos de Carol.
Los comparte. Los siente. Los sufre y los llora con ella.
No tarda en abrazarla por la espalda. Puede parecer que su abrazo es un intento de darle apoyo; sin embargo, lo hace por necesidad.
Necesita un punto de sujeción en la tierra.
El llanto los agota.
Carol se ha quedado dormida con el cuerpo de Diego a su espalda y sus brazos rodeándola. Cuando todo iba bien dormían así. A veces Lucas se despertaba temprano y se metía en la cama con ellos y bromeaban con la idea de que eran un sándwich.
Diego permanece muy quieto, finge dormir, aunque su cuerpo no ha querido darle esa tregua. Sabe que Carol se ha despertado por el ritmo de su respiración y también sabe que no tardará en salir despavorida de su casa y que él volverá a sentir ese frío paralizante que conlleva su soledad.
—¿Crees que hicimos mal en no bautizar a Lucas?
—¿Por qué me preguntas eso, Carol?
—En las clases de catequesis nos hablaban del purgatorio, ese lugar horrible al que van los niños que no han sido bautizados. Fuimos unos egoístas.
—Para nada. Hemos sido muchas cosas, pero no unos egoístas. —Diego no puede verla, por lo que no se entera de que Carol cierra los ojos con fuerza al escucharle esas palabras en concreto—. Ni tú ni yo somos practicantes.
—Mis padres querían.
—Pero nosotros no.
—¿Crees que Dios se ha vengado de nosotros por ser los peores padres del mundo?
—No... no hemos sido malos padres. —Le cuesta hacer esa afirmación porque sabe que tampoco han sido los mejores.
—¿Entonces por qué le ha pasado eso a nuestro pequeño, Diego?
—No creo que haya una respuesta a eso. Tampoco creo que exista un Dios que para castigar le arranque la vida a un niño. Los hijos no pagan los pecados de los padres.
—Debió llevarnos a uno de nosotros. O a los dos. Proponernos un intercambio, su vida por la nuestra —susurra Carol.
Diego no sabe qué hacer con esa necesidad de fe. Carol siempre ha sido una persona alejada de los convencionalismos católicos, un poco por rebeldía frente a la tradición familiar y mucho por racionalidad, pero ahora necesita agarrarse a la esperanza, confiar en que su hijo no ha dejado de existir.
—Los niños son buenos por naturaleza, no tienen maldad, no son como nosotros. Todos van al cielo. Da igual que se hayan bautizado o no, van al cielo y punto.
Carol sonríe porque al fin tiene la confirmación que necesitaba. Diego no encuentra la forma de decirle a su mujer que no cree ni en cielos ni en infiernos, cree solo en la triste, oscura y asquerosa realidad que están viviendo y en la certeza de que su hijo se ha ido.
—Sí, supongo que sí —murmura Carol.
Y esa afirmación le da a Carol la voluntad necesaria para creer que volverá a ver a su hijo.