No apartes la mirada 29
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Moreno los espera sentado en la sala de reuniones. Ha adelantado media hora el encuentro de la noche. Cuando Lena y Blázquez llegan, les dirige una mirada rápida y espera que se sienten. Se levanta despacio y va hasta la puerta. La cierra de un golpe seco.

Lena hace memoria y no recuerda haber visto jamás esa puerta cerrada.

Moreno apoya las manos sobre el respaldo de la silla y deja la vista en la mesa. Carraspea. Cuando levanta la mirada, alterna los ojos de Lena y Blázquez.

—¿No esperamos al resto? —pregunta la joven.

—Desde ahora el equipo somos los presentes.

—¿Qué? ¿Y Duarte? —la voz de Lena no disimula el desconcierto.

—Está de baja.

—¿Por qué? ¿Ha empeorado? ¿Hasta cuándo?

—Porque es la única forma de salvar esta investigación. Martín, mejor dicho, el abogado de Martín, ha presentado a Pajés un escrito de posibles irregularidades alegando el vínculo emocional previo entre Duarte y la familia de Lucas.

—¡Eso es una estupidez! —Lena se lleva las manos a la cabeza, incapaz de entender lo que ha escuchado—. Duarte no ha formado parte de ninguna toma de declaración. Martín se ha vuelto loco.

—Estuvo junto al cuerpo del chaval antes de que se lo llevaran —puntualiza Blázquez.

—¿Pero qué gilipollez es esa?

Moreno da un golpe en la mesa.

—No tenemos tiempo para estas tonterías. Tenemos a Pajés pidiendo información y para darle no tengo más que humo. Quiero contundencia, señores. Quiero algo sólido y lo quiero ya. Lena, ¿qué has sacado del móvil? Blázquez, ¿por qué no tengo el informe de la entrevista con la directora?

En momentos así Moreno se siente como el entrenador del equipo que está perdiendo la Champions en el descanso.

Necesitan una voz fuerte que los obligue a dar más, a pensar más, a involucrarse más, un líder que sepa los puntos fuertes de cada uno de los componentes del equipo y sepa aprovecharlos para un fin común.

No se siente cómodo haciéndolo.

—¿La científica ha enviado algo?

—No —responde Blázquez—. A esa gente hay que besarles el culo para que hagan su trabajo.

—Lena, ¿qué has sacado del juego?

—Me temo que tengo pocas novedades. Los desarrolladores han blindado el sistema de mensajería con un cifrado de punto a punto.

Ya sé que casi todas las aplicaciones de mensajería cuentan con ese cifrado, pero en Trenit han usado una versión pro que me trae de cabeza.

Necesito algo de tiempo para forzar una rendija.

—Justo lo que no nos sobra. ¿Qué hay del teléfono de Alicia?

—Con eso voy mejor. Por suerte, la chica ha acudido a Google para encontrar la forma de borrar los datos del teléfono y ha usado el remedio clásico de ponerlo de serie.

—¿Son recuperables? —pregunta Blázquez con curiosidad—. Tenía entendido que no se podía.

—Y no se puede, pero el noventa y ocho por ciento de la gente olvida una cosa muy importante.

—¿La nube?

—La nube es limitada. Me refiero a un dispositivo de almacenamiento mucho mayor en el que no reparamos y que todos tenemos instalado en nuestros teléfonos.

—Al grano, Lena. —Blázquez, siempre con la paciencia en reserva.

—Estoy hablando de los asistentes de voz. Siri, Alexa, Ok Google, o cualquier otro. Al aceptar los términos de uso cedemos datos que no se borran con un reseteo. Audio, búsquedas, hábitos, todo. Si tiro del hilo correcto, obtendré mucha información.

Blázquez mira su teléfono con desconfianza.

—¿Nos escuchan ahora?

—Claro.

—Lena, Blázquez, las conversaciones banales fuera de la unidad, por favor. Lena, ¿cuánto tiempo necesitas?

—Si nadie me pisa el cuello, setenta y dos horas.

—Tienes menos de veinticuatro. Blázquez, ¿qué has averiguado en el colegio?

—El colegio tiene solera y los padres están felices de que sus hijos estudien ahí, pero lo que no saben es que no tienen un protocolo de acoso, ni que los profesores tienen una carga lectiva similar a la nuestra.

No pueden controlarlo todo, es imposible y ya sabemos que Lucas era de los que pasan inadvertidos.

La directora confirma lo que declaró la tutora, aunque insiste en que solicitó la visita de los padres hasta en dos ocasiones más, una de ellas para hablar del tema de las clases de Educación Física.

—¿El asma? —quiere saber Moreno.

—Asma que ya sabemos que no existía y que curiosamente apareció cuando en el centro se puso la norma de que los alumnos debían ducharse después de gimnasia.

Al profesor que daba la clase le pareció curioso la cantidad de excusas de las que tiró el chaval para no hacer ejercicio, y luego alegó esa enfermedad.

Lo que se le pasó por la cabeza fue el bullying , porque el crío estaba rarito desde hacía semanas.

Como no sabía el procedimiento a seguir, se lo comunicó a la directora, quien ese mismo día informó al abuelo.

—¡Joder! Es que montamos un circo y nos crecen los putos enanos. ¿Hay declaración de los abuelos?

—No, Moreno. A los abuelos no se les ha tenido en cuenta —aclara Lena.

—¿Y se puede saber por qué?

—Son personas mayores.

—¿Y desde cuándo eso exonera de algo? Blázquez, hazles una visita mañana. ¿Qué pasa con el padre? ¿Hemos cotejado su declaración? Quiero saberlo todo de todos. ¿Entendido?

—¿Investigamos también al otro padre de esta ecuación? —Los hombres la miran como si hubiera perdido el juicio, pero Lena sabe bien lo que dice—. En la autopsia no se ha confirmado una muerte dolosa.

—¿Y? —Blázquez no es capaz de disimular su malestar.

—Pues que tal vez podríamos darle una pensada a esa posibilidad.

—No jodas, Lena. ¿Es que ahora nos vamos a dedicar a tirarnos mierda? Yo me dejo cortar la mano por Martín. Y por Duarte. Esto no tiene sentido alguno. Nos estamos alejando de lo importante: Lucas.

A Moreno le ha molestado el comentario de la joven, se le nota en la forma en la que sus cejas se empeñan en unirse. Blázquez se muerde la lengua para no decirle a su compañera que las hormonas le están friendo las neuronas.

Ahora que lo ha soltado, Lena duda de si ha complicado la situación.

Tal vez debió allanarse primero el camino.

Se pregunta si está perdiendo la objetividad, si no es que cree en la inocencia de su inspectora, sino que quiere creer en ella.

Sabe que si no fuera ella, no estaría barajando la inocencia; estaría buscando el menor indicio de culpabilidad para tirar de él y lo haría sin misericordia, porque a quienes le hacen daño a un niño no se les puede regalar algo tan humano.

El ambiente en la sala de reuniones se ha enrarecido.

Como si de pronto la sombra de la sospecha sobre la profesionalidad y la inocencia de Martín consumiera el oxígeno del aire y fuera pesado y difícil respirar.

No es la primera vez que pasa; el grupo siempre ha tenido las fisuras típicas que se producen cuando se tocan temas tan sensibles y se trabaja bajo tanta presión.

Sin embargo, esta vez se siente diferente.

Moreno se pone de pie. Quiere dar por concluida la reunión de ese día. Pero antes da un par de órdenes concisas: que se vayan a casa y descansen, aunque Moreno se contradijera después con sus propias órdenes.

Necesitan dormir bien y despejar la mente. La segunda, que no pasen por la unidad hasta que él los avise. Quiere evitarles el mal trago de tener que encararse con la policía judicial. Sabe que Pajés cumplirá su amenaza de enviar a sus hombres a buscar un informe que no ha empezado a redactarse.