No apartes la mirada 28
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Carmen y Carlos están en la cocina. Hablan en susurros. No quieren despertar a Carol. Ya había amanecido cuando dejaron de escuchar su llanto. La madre agradece que su hija pueda encontrar un poco de paz en el sueño; el padre no entiende cómo puede dormir después de lo que ha pasado.

Y mientras unos desayunan, Víctor llega a la oficina. Ha dormido de forma intermitente, acosado por pesadillas en las que aparecía la imagen de Carol deformada por el llanto.

No logra evitar las miradas mientras se dirige a su despacho. Solo una de las empleadas le da los buenos días, y lo hace de forma tibia. Él responde con un tono correcto. Quiere normalidad, la necesita. Y la consigue hasta que, a media mañana, sale a tomarse un café y pasa junto a la mesa de Carol.

Una mesa blanca, ordenada, con un cubilete lleno de bolígrafos que llevan el membrete del banco y un solo objeto personal en ella: una foto de Lucas.

Es un primer plano de su cara. Mira al objetivo, con una enorme sonrisa que expande la felicidad hasta sus enormes ojos verdosos.

Víctor apoya las manos en la mesa para intentar sostener el peso de la certeza.

Se derrumba.

Una lágrima moja su camisa azul formando un círculo perfecto. Como si no entendiera su procedencia, se lleva las manos a los ojos y, con estupor, se descubre llorando. Se avergüenza de que los clientes y sus compañeros estén viendo su drama, pero no puede evitarlo.

La empleada que le ha dado los buenos días se levanta y, con mucha precaución, se acerca, retira la foto de la mesa y lo abraza. Víctor sabe que el gesto está fuera de lugar, aunque lo agradece.

Lo que la empleada no sabe es que Víctor llora por Lucas, sí, pero también por Carol, y por él, sobre todo por él mismo.

Un hombre acostumbrado a mantener la mente fría, resolutivo, ahora se siente perdido, inútil, incapaz.

Le arranca la foto de las manos sin buenas formas y sale de la sucursal con prisa.

Este miércoles no va a volver al trabajo. Es más, no piensa volver a su casa. Necesita coger aire. Pone rumbo a Zamora: quiere pasar el día con sus amigos de toda la vida, esos que no esperan nada de él porque conocen todos los muertos que guarda en su armario.

No se le pasa por la cabeza que Carol pueda necesitarle.

Diego se ha dado una ducha, ha puesto una taza de cereales y, a su lado, la cuchara azul. Después se ha sentado en la cocina a esperar.

A esperarle.

Hoy no tiene prisa. Le importa una mierda llegar tarde a las visitas de clientes que agendó semanas atrás.

Tampoco le importa llegar tarde al colegio.

Ya no importa nada de eso; el tiempo ha perdido su validez.

Ahora le gusta esperar. Cree que si espera el tiempo suficiente su hijo aparecerá en la cocina para desayunar su taza de cereales.

Daniela escucha las palabras del ginecólogo que ha pasado a visitarla.

Una revisión invasiva en su cuerpo indica que la implantación sigue adelante.

El sangrado es algo normal en esta etapa de la beta espera.

Daniela sabe que la sangre nunca es normal.

Todo está bien. No hay de qué preocuparse... por el momento.

El ginecólogo ha decidido quedarse en la zona segura del diagnóstico. Daniela sonríe sin ganas cuando le dice que, aun así, está en un momento crucial.

Descanso, descanso y descanso es lo que le sugiere. Una pausa de un par de semanas podría favorecer al desarrollo del embrión.

Lo único que no puede hacer.

Rosa está sentada en la silla incómoda en la que Lena estuvo trabajando muchas horas antes. Desde que el ginecólogo entró en la habitación, sujeta la mano de su amiga con más fuerza. Ahora que sabe que todo va bien, un suspiro profundo se le escapa entre los dientes.

Sin nada más que añadir, el ginecólogo se marcha deseándoles un buen día.

Cuando el sonido de la puerta deja claro que están solas en la habitación, la presión sobre la mano de Daniela se afloja poco a poco hasta desaparecer. Rosa se pone de pie y le da un beso en la frente. Tiene que salir pitando para llegar a tiempo al colegio.

Se despiden con una amplia sonrisa, de alivio para Rosa y de responsabilidad para Daniela.

Todo depende de ella, de su cuerpo, de que se cuide, de que ponga en pausa su normalidad. Mientras el ginecólogo sigue con su ronda de visitas por la planta. Mientras su amiga vuelve al trabajo. Mientras la unidad sigue inmersa en la investigación de la muerte de Lucas.

Mientras ella se enfada con el mundo y consigo misma.

Lena también está enfadada. No le gusta que la vacilen, y la hija de Martín lo ha hecho. Ha entregado su móvil y su tablet de forma voluntaria, como una chica buena, pero antes ha tenido la mala leche de restablecer los valores de fábrica de ambos. Los aparatos no son más que carcasas vacías.

Blázquez es el único que está de buen humor.

Ha dormido un rato, se ha zampado una tortilla bien jugosa —como le gusta— y ahora está paladeando un orujo de hierbas gallego que le está recomponiendo cuerpo y mente.

Vuelve a sentir sus ganas de obtener respuestas.

El paracetamol que tomó antes de dormir también ha hecho su efecto.

El dolor en la cara ha remitido y ya casi puede abrir el ojo del todo.

A veces se le olvida que ya no tiene veinte años y darle una buena zurra a alguien conlleva un desgaste físico considerable.

Al sentarse en el coche se le escapa una mueca de dolor. El puto niñato de la gasolinera le encajó un derechazo en los riñones y, aunque le jode reconocerlo, fue un buen golpe.

Cuando el abogado vuelve a dejarlos frente a su casa, le tiende la mano a Martín. Es un antiguo que hace moderno a su padre, pero es el único que dice que todo estará bien.

Pues claro que va a ir todo bien, que para eso ha reiniciado su móvil y su tablet, con la pena tan grande que eso conlleva.

Los mayores no entienden lo que eso supone.

Ellos tienen agendas primitivas y escriben a mano, y tampoco es que tengan nada importante como para que Siri se las recuerde.

¿Las citas con el médico? ¿Que se les vence el seguro del coche?

¿La lista de la compra? Ella tenía en esos aparatos toda su vida; las fotos de sus salidas con Patricia, sus pensamientos, sus planes, sus conversaciones, sus fotos.

Sus fotos. Mira que Alicia siempre le decía que las borrara, que podía perder el teléfono y si alguien se lo pillaba todo el colegio iba a verle las tetas.

A Alicia no le preocupaba eso, no se separaba del móvil ni para ducharse y para robárselo tendrían que arrancarle la mano.

Debió hacerle caso a su amiga. O examiga.

Porque en cuanto la pille la va a arrastrar del pelo hasta que escupa por esa bocaza lo que le ha dicho a la policía sobre ella.

Moreno llama a Duarte. Lo primero que quiere es saber cómo está.

Mantienen una conversación tranquila. Lo menos que quiere es ponerla nerviosa.

Hablan sobre su reposo absoluto y se ríen cuando la inspectora le pide que la ate a la cama porque es la única forma de que ella se esté quieta.

Cuando las risas terminan llega el silencio.

El inspector no sabe cómo decirlo. Daniela es consciente de que esa larga pausa es la calma que precede a la tormenta.

—Suéltalo, Moreno.

—No sé cómo hacerlo.

—Pues una palabra detrás de la otra. Vamos, no hay nada que pueda sorprenderme ya.

—No es oficial aún, Duarte, pero quiero prepararte.

—¿Prepararme para qué? —pregunta removiéndose en la cama.

—Acepta esa baja, Duarte.

—Sabes que no voy a hacerlo. Dime de una vez qué es lo que pasa.

Al otro lado del teléfono, silencio. Moreno está buscando las palabras.

—Me ha llamado Pajés.

—¿Qué le pasa? ¿Ya le están presionando los de arriba?

—Eso no es lo importante. El abogado de Martín le ha presentado un escrito de puesta en conocimiento de posibles irregularidades. Ya sabes lo que eso significa. —Daniela se sienta en la cama—. Coge la baja y desaparece. Si no lo haces te llegará en breve una cautelar sin empleo ni sueldo.

—Entendido.

Daniela saca su ropa del pequeño armario y se viste con rapidez sin esperar a que una enfermera la ayude. Le duele el brazo en el que ha llevado puesto el suero.

Las piernas están tan débiles que amenazan con fallarle en cualquier momento. Y no son las únicas; los brazos parecen moverse a cámara lenta. Daniela tiene que volver a sentarse. La cabeza le da vueltas. No logra fijar la mirada para ponerse las deportivas.

Da un golpe al borde de la cama y se hace daño con la estructura metálica.

Y luego estalla en una carcajada. Sin humor. Sin sentido, porque nada de lo que ha escuchado tiene la menor gracia. Es la risa que precede a un ataque de nervios.