No apartes la mirada 27
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A Martín no le hace falta la alarma para despertarse, tiene el cuerpo acostumbrado a activarse a las seis en punto. Hoy no es una excepción, a pesar de que ha pasado una noche de perros y sabe que el día que empieza será peor.

Alicia duerme abrazada a su viejo peluche de oso amoroso, el que le regalaron cuando cumplió cinco años. Su padre la observa desde la puerta. Sin el maquillaje innecesario y su ropa habitual, parece la niña que es en realidad. Decide no despertarla todavía.

Moreno está dando cuenta de un expreso doble en el Dogos.

Una pausa antes de ir a relevar a Lena en el hospital.

No espera a que se enfríe y le quema la lengua y la garganta mientras baja hasta el estómago.

No es así como le gusta disfrutar del café, pero los diez minutos destinados a la pausa acaban de verse reducidos a un parpadeo.

En el bar tienen puesta la televisión, mala costumbre.

Están en directo en la puerta del colegio.

Putos buitres de mierda que no respetan ni a un pobre crío.

No ha llegado al coche cuando recibe la llamada de Martín.

En media hora estará en la central con su hija. Quiere prestar declaración de forma voluntaria y exige que sea él quien la dirija. No está dispuesto a que Blázquez haga pedazos a su hija y no se fía de Lena.

Alicia se ha metido en la ducha para llorar.

El cuarto de baño es el único lugar en el que su padre respeta su intimidad.

Está asustada. Muy asustada. Su padre le ha avisado de que tendrá que entregar el teléfono y la tablet para que la policía rebusque entre sus cosas.

Le parece una locura. Un grupo de extraños verán sus conversaciones, sus fotos, toda su vida está ahí dentro.

Y nadie le ha preguntado si está de acuerdo, se lo han impuesto, como si ella no tuviese poder de decisión sobre su propia vida.

Por primera vez en muchos años sus padres se han puesto de acuerdo en algo, sin gritos, sin insultos, sin denuncias de por medio. Tiene que ir a declarar y mostrarse colaboradora, y todo porque sale en un jodido vídeo con el puto Lucas. Como si por hablar con él fuese culpable de algo.

Su mejor amiga, Patricia, ha buscado en Google cómo eliminar archivos y fotos para siempre de un móvil.

Esta mañana, después de que su padre abrió la puerta de su habitación y ella fingió dormir, recibió un link por wasap que le llevaba a un tutorial de YouTube en el que un latino explicaba cómo borrar los rastros digitales.

Blázquez sale por la puerta trasera del colegio, la que se usa para entrar la comida que se sirve en el comedor.

Ha estado hablando con la directora más de una hora.

Empezó con reticencias por su parte, pero en cuanto se ha visto abandonada por la tutora, Rosa ha cantado la traviata.

Al policía no deja de sorprenderle la fragilidad de las lealtades humanas, basta con sentirse con el culo al aire para soltar mierda por la boca.

Lo primero que ha hecho es llamar a Moreno para tenerlo al día.

Su respuesta es neutra, como siempre. Blázquez, a diferencia de sus compañeros, no da explicaciones detalladas de sus idas y venidas, por eso pensaba pasar por casa, darse una ducha y descansar un poco.

La adrenalina ha bajado sus niveles en sangre y el sueño le ronda con fuerza.

Una cabezada de una hora máximo y estará como nuevo.

Por suerte, Moreno le ha dicho que quiere estar solo en la unidad, por lo que hasta la nueva reunión de las nueve no lo necesita de nuevo.

De todas formas, cuando se mete en la cama pone la alarma del móvil.

Quiere repasar sus notas y darse una vuelta por la ciudad a ver si encuentra a los periodistas que grabaron en el colegio. Alguien debe enseñarles humanidad.

Martín obliga a su hija a cambiarse de ropa. No va a permitir que se presente en la unidad vestida como una Lolita. También la obliga a lavarse la cara. Necesita que sus compañeros vean a la niña que es. Alicia protesta, siempre protesta, y siempre termina por obedecer.

Salen de casa casi a las once de la mañana.

Para sorpresa de la niña, su madre y un hombre al que no conoce los esperan en la puerta.

Le gustaría correr y abrazarla y que le dijera que no se preocupe por nada porque su madre está ahí para cuidar de ella, pero Alicia no corre, no abraza a nadie, se traga las palabras junto a las ganas de llorar y se sube al coche del extraño.

A Lena no le ha hecho ilusión que su jefe la llamara para que se reúnan en la unidad con urgencia, prefería pasar el día trabajando en el hospital junto a Duarte, pero no le quedó más remedio que cambiar de plan. La llamada de Martín le ha cambiado todos los planes.

Es la primera en llegar, y eso que ha parado para abastecerse de bebidas energéticas.

Nada más entrar abre una lata y se la bebe del tirón.

Abre otra y la deja a la mitad. Necesita que le haga efecto con rapidez, no quiere que su jefe le note el cansancio o la mandará a casa.

Hasta que su jefe llegue va a aprovechar el tiempo en el mundo de Trenit, quiere comprobar si su intuición está acertada.

En realidad, Moreno ya está en la unidad, aunque no ha visto llegar el coche de Lena. Está sumido en otra conversación telefónica. La enésima de ese día.

—Las excusas son como el culo, Moreno, todos tenemos uno —dice la voz al otro lado.

—Tú mejor que nadie sabes que las cosas de palacio van despacio, Pajés.

—Pero como no estamos hablando de cuestiones reales y mucho menos estamos en medio de un palacio, quiero mañana el informe en el despacho.

—Por favor, danos margen. Tengo a mi equipo trabajando sin dormir desde hace días y a la inspectora ingresada en el hospital. Necesito tiempo, Pajés, o si no esta investigación será una chapuza que saldrá en los periódicos.

Moreno juega la carta que tiene bajo la manga.

Sabe que al juez le preocupa mucho la prensa, pero mucho más la mala prensa.

La sociedad está tan harta de los errores judiciales y policiales que están perdiendo la fe y eso es algo que los de arriba no pueden aceptar.

Porque sí, hasta Pajés tiene a alguien por encima reclamando respuestas, y esas respuestas solo las pueden aportar los que trabajan en galeras.

—Mañana. Ni un día más.

—Gracias.

—No me obligues a enviarte a la judicial.

—No será necesario. Te doy mi palabra.

Moreno sabe que terminará por recibir esa visita y que no será agradable, pero de eso se preocupará cuando llegue el momento. Ahora tiene que atender algo más urgente y eso es Martín y su hija.

Lo primero en lo que se fija el forense es en que la sala de audiovisuales está a oscuras. Aun así, abre la puerta y comprueba que no estén Lena o Blázquez por ahí.

La joven se marchó diez minutos antes de que Martín llegara. La petición de Moreno era sencilla: apagar todos los sistemas de grabación, o al menos que lo pareciera, porque de aquella toma de declaración había que dejar constancia. Aunque fuese la hija de un compañero. Aunque fuese otra niña.

Lena desactiva el tally de la cámara fija que apunta de forma directa al entrevistado y desvía la señal de esta al ordenador portátil que tiene sobre las piernas en el coche. Comprueba que va todo correcto y avisa a Moreno con un mensaje.

Martín no deja que su hija se siente hasta que no se asegura de que la cámara está apagada. Sus conocimientos en audiovisuales son los justos y, al no ver la luz encendida, interpreta que no está conectada.

Alicia no ha abierto la boca durante todo el camino.

Tiene un nudo en la garganta que casi no la deja respirar.

Cuando su padre le presenta al inspector Moreno, ella balbucea unas palabras sin sentido.

Su madre es quien habla con coherencia y con amabilidad.

¿Por qué está siendo amable con el hombre que va a joderle la vida?

El hombre que las acompaña, el extraño, no es la nueva pareja de su madre, como ella había pensado en principio.

Es un abogado. Abogado en temas de menores.

¿Por qué necesita un abogado? ¿No se había pasado su padre todo el camino diciendo que esto no era más que un procedimiento normal?

De normal esta mierda no tiene nada. ¿Un abogado?

Mierda, mierda, mierda. ¿Lo sabían? ¿Y si alguien se había chivado?

Su padre dijo que otro poli había ido a casa de su amiga. ¿Se habría chivado ella?

—Hola, Alicia. Soy el inspector Moreno. Te preguntarás para qué te he hecho venir hasta aquí.

—Ajá.

—Bueno, te has librado de las clases, así que esto no puede estar tan mal. ¿Verdad?

Alicia sonríe porque el resto de los que están en la sala lo hacen. A los mayores les hacen gracia cosas muy random .

—A mí me gusta ir a clase. —Al menos ese día prefería estar en el colegio que ahí sentada.

—Pues voy a ser rápido y así podrás volver cuanto antes. Sabes lo de Lucas, ¿verdad?

—Ajá.

—¿Y sabes por qué he pedido verte?

—Me ha dicho mi padre que para hacerme preguntas sobre el vídeo de la gasolinera.

—Exactamente, Alicia. ¿Podrías hablarme de ese momento?

—Bueno, no sé qué quiere que diga. Es la gasolinera que está de camino al parque. Teníamos que pasar por delante.

—Lucas iba contigo.

—No, yo iba con mi amiga Patricia. Lucas iba solo, lo que pasa es que íbamos al mismo sitio y parecía que íbamos juntos, pero no.

—Tu amiga nos ha dicho que lo invitaste.

—Inspector Moreno —interviene el abogado—. No tenemos intención de provocar un careo.

—Disculpa, Alicia. A veces no consigo controlar mi vena policial. Continúa.

—Bueno, puede que parte del camino lo hiciera con nosotras, pero juntos no íbamos. Nosotras ya estamos en último curso. Lucas era mucho más pequeño.

—¿Por qué queríais ir al parque?

—Era el encuentro anual Trenit.

—Háblame un poco de eso. No conozco mucho de videojuegos.

Alicia arruga la nariz en un gesto de que aquello apesta. Los adultos mienten de pena. ¿Por qué le mienten? ¿Qué saben de Trenit? ¿A Patricia también le han pedido sus chats?

—Es un juego de construcción de mundos —susurra mientras estira sin parar el elástico del pelo que lleva en la muñeca.

—¿A Lucas también le gustaba ese juego?

—Sí, claro, por eso iba al parque.

—¿Hablabas a menudo con él?

—No.

—¿Estás segura, Alicia?

Martín levanta la mano.

—Moreno, si mi hija dice que no hablaba con Lucas es que no hablaba con Lucas. No quiero que empieces con el tira y afloja de siempre.

—Alicia fue la última con la que habló a través del chat del juego. Creemos que mantenían conversaciones a diario por el chat de ese juego.

La policía nunca cree, siempre sabe. Moreno está usando un eufemismo por cortesía a su compañero y él lo sabe. Entiende que después del vídeo han seguido investigando, como también entiende que hay algo en ese juego que no deja en buen lugar a su hija.

No sabe qué hacer.

Ni siquiera sabe si puede hacer algo. Lo único que se le ocurre es pedir a su jefe unos minutos a solas. Necesita hablar con su hija y que su madre esté al tanto de todo. Necesitan que el abogado los asesore.

Alicia siente que algo va requetemal. Ahora está segura de que Patricia la ha vendido.

Moreno accede solo porque sabe que Lena seguirá grabando. Va a la entrada y se toma a largos sorbos un café.

Antes de terminarlo, la propia Alicia lo llama para que vuelva.

Lo primero que hace es disculparse por el malentendido de antes. Explica que al preguntarle por hablar, ella entendió mantener conversaciones y eso no, aunque sí chateaban a diario. Lucas era muy bueno en Trenit y siempre le daba trucos para pasar fases y encontrar las recompensas escondidas.

Semántica de nuevo.

Se nota mucho que Martín ha aconsejado a su hija.

Alicia hace entrega de todos sus aparatos electrónicos y facilita las claves de acceso. No sin pensar que es una cagada muy grande y que no volverá a fiarse en la vida de su examiga Patricia.