No apartes la mirada 26
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—¿Cómo te has enterado?

—Esto es Ávila. Las noticias, las malas noticias viajan rápido.

—Ya...

Rosa mira a la chica joven que está sentada en el único sofá de la habitación. Lo suyo sería que les dejara intimidad, aunque parece no estar interesada en hacerlo.

—¿Cómo estás?

—Bien. Me han dicho que esta vez ha sido solo un susto. Podré irme hoy mismo.

—Gracias a Dios. Te he traído esto. —Rosa saca del bolso una chocolatina y se la tiende a Daniela—. Es la que siempre comíamos las tres en el recreo. ¿Te acuerdas? —Daniela asiente sin ganas—. Por ahora no podrás, pero en cuanto te quiten la vía tendrás un hambre descomunal.

—Te lo agradezco —dice la inspectora en un tono carente de emoción.

Las tres mujeres se quedan en silencio. Solo a dos de ellas les molesta.

Lena está concentrada en el portátil, aunque eso no significa que no esté pendiente de lo que sucede.

El tono de preocupación en la voz de Duarte lo reconoce con facilidad, pero no lo había escuchado antes en un contexto personal.

Por eso se toma mal que la inspectora la invite a salir de la habitación.

—¿Necesitas algo? ¿Un pijama cómodo? Puedo traerte ropa de casa —le pregunta Rosa.

—No te preocupes. No tengo pensado quedarme aquí más tiempo.

—Eso no depende de ti.

—Solo estoy repitiendo las palabras del médico que me ha visto. Si dependiera de mí no estaría aquí.

—No entiendo cómo eres capaz de mantener esa calma. Cualquier otra mujer estaría muerta de miedo.

Daniela gira la cabeza hacia la ventana. Guarda silencio unos segundos.

—No he estado tan asustada en mi vida.

—Pues tienes una curiosa forma de darlo a entender.

—Rosa, ¿has venido para cuestionar mi forma de encajar esta situación?

—Claro que no. Discúlpame, por favor. —Avanza un paso hacia la cama—. Yo también estoy nerviosa. Y preocupada. Estoy aquí porque necesito hablar contigo. Con mi amiga, no con la policía.

Rosa lleva desde el viernes en un sinvivir. No es que se sienta responsable de lo que le ha sucedido a Lucas, es que es responsable.

Durante el horario de comedor ella es la encargada de que todo esté bajo control. De que los pequeños coman bien y de que no se monte un circo allí dentro. Parece fácil en la teoría; en la práctica es algo imposible.

Rosa tiene bajo su cuidado a más de trescientos niños de diferentes edades y el comedor para ellos es jauja.

Los mayores se sienten libres, los profesores tienen cierta autoridad, pero a ella la toman por el pito del sereno.

La guerra con los pequeños es que coman.

Vienen de casa con gustos muy marcados y cuando les toca verdura la situación se complica.

Muchos de ellos no tocan el plato y luego llegan a casa con hambre, por lo que los padres bombardean el chat del colegio con mensajes de quejas.

Y una queja conlleva una llamada a capítulo por parte de la jefa de la Santa Inquisición, algo que Rosa debe evitar a toda costa.

Necesita el trabajo. Con una hija con necesidades especiales el dinero se escapa como por una tubería rota y ella es la única proveedora de su familia.

—La una y la otra son la misma, Rosa.

Rosa contrae el gesto en una mueca de disgusto. Está claro que lo ha enfocado mal, y si necesita ayuda debe suavizar el tono para que su amiga no esté a la defensiva.

—Estoy aquí porque estoy preocupada. El día que Lucas desapareció yo estaba desbordada.

La lluvia lo complica todo. Los mayores terminaron de comer y no podían salir al patio, lo cual hizo que los pequeños estuviesen más alterados.

No podía abarcarlo todo. No se puede, es imposible.

Lucas dijo que habían venido a buscarle y yo le creí.

—¿No saliste hasta la puerta a comprobarlo?

—No. ¡Era Lucas! No desconfié en ningún momento. Sabía que Carol estaba en Madrid y que Diego vendría a buscarlo. —Se lleva las manos a la cara y ahoga un lamento—. Dios mío... ¡Fui yo quien la animó a vivir esa escapada!

Rosa suelta un largo suspiro.

—Podías haber dicho que no le viste salir desde el primer minuto. Nos hubieses ahorrado un tiempo muy valioso.

—Llevo estos cuatro días con el alma encogida. No puedo dormir, cada vez que cierro los ojos veo la cara de Lucas y me siento morir. Debí estar atenta, debí acompañarle hasta la puerta, debí estar pendiente de lo que hacía. Está muerto por mi culpa, ¿verdad?

Daniela se gira hacia la derecha con cuidado y su rostro expresa la queja de dolor que su boca no suelta.

Rosa tarda en reaccionar, le cuesta dar el paso, aunque termina por hacerlo y se sienta en la cama de la policía.

Las dos mujeres se miran. Una esperando que la otra le quite el peso de la responsabilidad, la otra buscando la forma de quitarle ese peso a una amiga.

Ninguna de las dos consigue aliviarse.

—No sabemos lo que ha pasado, Rosa.

—¿Estoy metida en un lío?

—Has mentido en tu primera declaración. No es algo que te coloque en un buen lugar.

—Dime qué puedo hacer para solucionarlo, por favor.

—Como amiga te aconsejo que busques un abogado cuanto antes y vayas a dar una nueva declaración. Pregunta por Blázquez, dile toda la verdad. Será duro contigo, pero aguanta el chaparrón.

—Solo te pido un favor, Daniela, y no lo hagas por mí, hazlo por Carol. Déjame que sea yo quien le cuente esto. No quiero que se entere por la policía.

—Carol solo sabrá lo que necesite saber.

Ambas mujeres entienden lo que significa el último comentario de la inspectora.