No apartes la mirada 25
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El coche que va detrás del Megane pita con insistencia. El semáforo hace ya unos segundos que ha pasado a verde y el conductor no se mueve. Moreno está al teléfono con su homónimo de la científica. No le gusta tocar los huevos a su compañero, pero no le queda más remedio que apretarle un poco.

—No me jodas, Moreno. Claro que es urgente, claro que debía estar ayer, claro que sin este informe estáis atascados. Todo eso me lo sé. Como tú también sabes que mi gente tiene que dormir, comer y pasar por casa cada par de días para que sus familiares no olviden sus caras.

—Mete caña a tus chicos, anda.

—Si los presiono más terminarán con una baja por ansiedad de medio año y sería peor el remedio que la enfermedad. Así que un poco de paciencia, amigo.

Ya no es uno sino tres los vehículos que pitan para que el Megane se ponga en movimiento. Son casi las nueve de la mañana de un martes y el ritmo de la ciudad se rige por el horario escolar.

Moreno saca la mano por la ventanilla y les dedica una peineta a todos los que le meten prisa. El gesto enfurece a los conductores, que responden con más pitidos y algunos insultos.

Les hace esperar hasta que el semáforo vuelve a ponerse en rojo. El tiempo total no supera los tres minutos. Tres minutos en los que se divierte. Todos esos conductores, con el reloj en el gaznate, deberían estar agradecidos de que llegar tarde a donde quiera que vayan sea su mayor problema.

Piensa en los padres de Lucas y lo desgarrador que debe de ser ese martes al no tener que sufrir el tráfico ni la odisea de aparcar frente a la puerta del colegio.

Quienes no sufrieron fueron el cámara y la reportera del programa matutino, que le pone el micrófono en la boca a cualquiera que conociera a Lucas. Y ahora parece que no eran pocos.

Daniela llama a ese tipo de programas sobras domingueras, porque le recuerdan a los almuerzos de los domingos cuando estaba en la universidad y se preparaba la comida con los restos de los días anteriores.

Lanza el mando a distancia contra el televisor.

El intento de destrucción termina en el suelo y despierta a Lena, que ha pasado la noche en una silla incómoda.

—Voy a ahorrarme los buenos días, porque ya veo que no lo son —dice mientras estira sus brazos hacia los lados.

—¿Qué hacen ahí? ¿En qué demonios están pensando? ¿Por qué no estás impidiendo que graben? ¿Has llamado al juez Pajés?

—No sé qué lleva el suero que te han puesto, pero yo quiero un chute de eso ya mismo.

Daniela no suele estar de buen humor por las mañanas, y mucho menos cuando ha visto amanecer en un hospital. Lena ha dormido en sitios peores, así que su humor no es una variable.

—Hacen su trabajo. Su mierda de trabajo. No creo que Pajés pueda impedirlo y, claro, podría deshacerme de ellos, aunque lo que se me ocurre no es legal.

Daniela sonríe. No es una gran sonrisa, pero a Lena le vale. Moreno le encargó que no la dejara sola hasta que él regresara. Y ella está encantada de cumplir órdenes.

El televisor sigue emitiendo imágenes de la entrada del colegio mientras alternan planos del parque. Ni siquiera están mostrando el lugar real en el que encontraron a Lucas. Engañan a los espectadores haciéndoles una falsa reconstrucción de los últimos momentos de la vida del niño.

—¿Es que no piensa venir la matrona? —quiere saber Daniela, que se remueve en la cama sin encontrar una posición cómoda.

—Han dicho que hasta las doce no pasan de nuevo.

—Es absurdo. ¡Estoy bien! Quiero el alta voluntaria —reclama a su compañera.

—Te ha mandado reposo, no creo que sea una buena idea.

—Una buena idea sería que estuvieras trabajando y no perdiendo el tiempo ahí sentada.

—Error. Estar sentada no significa que no esté trabajando.

—Hacer de niñera de una adulta tampoco lo es.

—Soy capaz de ser productiva en varios campos a la vez. Mira esto.

Lena acerca el portátil a la cama y señala una de las ventanas abiertas en la pantalla. La imagen es un montón de números sin sentido aparente.

—¿Qué se supone que estoy viendo?

—Este es el camino de Lucas. Desde que se registró en el juego hasta el día de su muerte.

—¿Algo reseñable?

—Todo. He clonado su perfil y tengo acceso a todo lo que haya visto y escrito.

Lena vuelve a estar eufórica con su descubrimiento.

—¿Escrito? Creí que se trataba de un simple juego de construcción.

—En apariencia lo es, pero también tiene herramientas extras para algunos jugadores, como un chat o la posibilidad de videollamadas. No la había localizado antes porque es una especie de recompensa al llegar al nivel avanzado.

—Y Lucas lo tenía...

—Dentro de la comunidad del juego Lucas era un dios. Fíjate en esto.

Daniela se sienta en la cama y pone el portátil sobre sus piernas. Lee con detenimiento. Decenas de conversaciones inconexas en las que el chaval bromeaba, daba consejos para pasar fases, intervenía en discusiones que no eran suyas y se movía con soltura en conversaciones que no parecían de niños.

—Más o menos lo que hacen todos los críos en el mundo virtual.

A Lena no le convence la respuesta de su superiora.

—Bueno, a mí me parece fascinante. Me queda mucho por indagar, pero creo que esto aporta una visión contraria a la imagen del niño que nos ha dado su entorno. Nos han vendido al Jekyll y en realidad era un Hyde.

Daniela vuelve a removerse incómoda, aunque esta vez no tiene nada que ver con el catéter que tiene en la vena.

—¿Se lo has dicho a Moreno?

—Claro. He enviado la información al grupo. Excepto a Martín.

Daniela asiente y cierra los ojos. Finge que quiere descansar. Lo que quiere es un poco de tiempo para procesar lo que ha visto.

El tiempo es justo diez minutos. Lo que tarda en llegar una visita que no espera.