No apartes la mirada 24
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Al terminar con la tutora, el equipo se dispersa sin despedirse. El cansancio ha dejado de ser físico para convertirse en algo espeso que los atrapa a todos.

Blázquez ya no exuda adrenalina. Ahora le consume el cabreo.

Lena tampoco siente euforia por su torrente sanguíneo.

Daniela ya no puede más. Moreno sigue en modo jefe: la filtración a la prensa sobre los cortes le golpea en la cabeza como una mala resaca.

Sabe a la perfección que en una investigación siempre hay bocas grandes y oídos atentos, al igual que no falta quien se vende por unos cientos de euros.

En casa de Carlos y Carmen se han apagado las luces, pero todos están despiertos. El abuelo no se atreve a dejar sola a su hija. Carmen vigila en silencio, consciente de que padre e hija pueden volver a estallar en cualquier momento.

Víctor hace mucho que ha llegado a casa, se ha dado una buena ducha y está tumbado en la cama viendo una película que lo ayuda a evadirse de su día.

Diego, en cambio, permanece de pie, en la calle, frente a la ventana de Carol, con el teléfono pegado a la oreja.

Solo escucha el pitido de la llamada sin respuesta.

Esta noche no encuentra el llanto de su exmujer y ese silencio lo desarma más que cualquiera de sus gritos.

Necesita apoyar su dolor en el de ella. Necesita meterse cualquier mierda que le anestesie el resto de la noche, del día siguiente y el resto de su vida.

Lena y Moreno son los últimos en salir de la unidad. Esta vez es Moreno quien le propone que vaya a pasar la noche en su casa.

Martín ha hecho varias llamadas a abogados. Todos están de acuerdo en que su hija debe ir con un representante legal a prestar declaración antes de que el juez la cite. Hablan de evitarle un trauma sin entender que el trauma ya está sentado junto a su hija en el salón de su casa.

Alicia sabe que algo no va bien. Los hijos también saben cuando sus padres les mienten. Ha llamado a su madre buscando refugio, pero está fuera del país. Otra vez.

La ciudad sigue enfriándose y se forman dos bandos: los que están dentro de casa con la calefacción, o los que tienen que trabajar.

En la gasolinera de la avenida, el turno nocturno avanza lento.

En cambio, el contador de seguidores de una cuenta de TikTok acaba de pasar de trescientos a más de cuatro mil.

El coche se detiene frente al edificio donde vive Moreno.

Daniela repara en la luz encendida. Piensa en el calor de la calefacción, en el sofá cómodo de la sala de estar de su superior y en lo bien que le sentaría no llegar a una casa vacía.

Se baja en cuanto puede y recorre los metros que la separan del portal.

No se plantea que a Moreno le incomode su llegada.

Es normal que pasen juntos varias noches cuando están en medio de una investigación.

En el ascensor un leve rastro de perfume de coco le hace arrugar la nariz. Siempre le ha parecido una fragancia demasiado dulce.

Se detiene frente a la puerta de Moreno y va estirando una sonrisa poco a poco. Luego toca el timbre.

Al mismo tiempo, el timbre de la gasolinera anuncia una nueva entrada.

Dos puertas. El mismo momento. Kilómetros de distancia.

A la mujer la invitan a pasar. El joven dependiente de la gasolinera prefiere que su visitante no lo haga. Para los dos es una situación violenta.

Todavía no lo saben, pero terminarán la noche siendo compañeros.

A Lena se le descuelga la mandíbula al ver a Duarte ahí. Moreno no se sorprende. Se preguntaba cuándo tendría lugar este momento. Daniela lleva dos días reuniendo el valor para hablar.        El joven descarta que su visitante quiera solo hablar.

En el interior de la casa de Moreno la mesa está puesta para dos, pero enseguida ponen un nuevo servicio. Moreno improvisa pasta con tomate y se sientan a la mesa. Solo abren la boca para comer.

No tardan más de diez minutos en terminar.

Duarte se ofrece a lavar los platos. Lena a secarlos. Moreno hace el café.

Unos minutos más tarde dos tazas humeantes están sobre la mesa. La tercera está vacía. Daniela les comenta a sus compañeros que el equipo médico que lleva su tratamiento le ha recomendado que, aunque aún no sepa si está embarazada, actúe como si lo estuviera.

Moreno reacciona como si escuchara llover.

Lena no sabe qué decir. ¿Se dan la enhorabuena ante una noticia así? Las palabras se le quedan atascadas en la garganta y aun con la boca abierta no logra hablar.

Al joven no se le da la oportunidad de abrir la boca.

—Por tu cara de sorpresa, Lena, imagino que aún no has llegado a esa parte de los correos electrónicos.

Moreno inclina el cuerpo hacia la mesa y suelta la taza de café.

—No te sigo, Duarte —responde Lena con los ojos muy abiertos.

—Si sigues escarbando encontrarás unos correos en los que Diego y yo hablamos de una transacción económica.

—Sí... bueno... ya todos sabemos lo del dinero para sus vicios.

Daniela agacha la cabeza y niega con un seco movimiento. Juguetea con la pequeña taza vacía blanca siguiendo su forma circular con el dedo índice.

—Esa información está incompleta. Diego no me pedía dinero, reclamaba su dinero. Es diferente. Llegamos a un acuerdo económico. —Carraspea. Con lentitud levanta la mirada y busca los ojos de su superior—. Diego fue mi donante de semen.

Moreno golpea con fuerza la pata de la mesa y todo lo que estaba en ella se tambalea.

Tras el primer golpe, a varios kilómetros, el joven de la gasolinera también se tambalea.

—Mañana hablaré sobre esto con Pajés. —Moreno habla despacio, arrastrando las palabras. Sin elevar el tono. Con una furia desmesurada.

Daniela asiente. Lena se lleva las manos a la boca porque sabe que eso supondrá la salida inminente de Duarte.

La inspectora siente un intenso calor en su cuerpo.

La vergüenza la está devorando. Necesita mojarse la cara y se pone de pie.

No ha avanzado dos pasos cuando siente un líquido caliente que traspasa su ropa interior y le mancha el pantalón.

No es mucho, pero tampoco es normal. Mira asustada hacia Moreno, quien moviliza a Lena y, entre los dos, la ayudan a bajar a la calle.

Una vez en el coche ponen rumbo al hospital a toda velocidad.

La misma velocidad a la que una ambulancia transporta al joven de la gasolinera.

Así es como una inspectora asustada termina compartiendo tiempo y espacio en la sala de urgencias con un joven al que un hombre fuerte con un pasamontañas le ha quitado las ganas de teclear cosas en internet y de ponerse ante una cámara a jugar a ser investigador.