No apartes la mirada 23
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Blázquez se ha quitado el jersey antes de comenzar la toma de declaración y, si por él fuese, también se libraría de la camiseta. Es la adrenalina que le sube la temperatura corporal. Moreno permanece impertérrito.

—¿Cuándo se puso en contacto con los padres de Lucas?

—A finales de octubre. Estábamos preparando una pequeña fiesta de Halloween y les pedí a los niños que hicieran dibujos para decorar la clase. Sus compañeros hicieron los típicos dibujos. Lucas hizo esto.

La tutora desliza el dedo por la pantalla de su teléfono y luego les muestra una imagen.

Blázquez y Moreno se inclinan a observarla al mismo tiempo que la cámara que graba la conversación hace zoom . Es un folio pintado por completo de color negro.

—Siendo la fecha de los difuntos tampoco es algo tan alarmante —dice Blázquez dejando claro que esta vez hará de poli bueno.

—Llevo cinco años dando clases a niños; créame, a los niños no les gusta el color negro.

—¿Llamó a sus padres entonces?

—No. Lo comenté con la directora. Ella opinó igual que usted y lo dejé pasar. Dos días después encontré en su agenda varias páginas pintadas de la misma manera. Ahí fue cuando decidí ponerlo en conocimiento de los padres. Solicité una reunión con ambos para esa misma semana.

—¿Y qué ocurrió?

—Me hicieron perder dos horas esperándolos y no acudieron. La madre me avisó de que estaba en una reunión de trabajo cuando yo ya estaba saliendo del centro. El padre nunca me dio una explicación.

—¿Lo puso en conocimiento de la directora del centro?

—Sí, lo anoté en las incidencias del día y Martina les mandó un correo a los padres.

—¿Le encontró algún dibujo más?

—No. Lucas dejó de traer la agenda a clase. Dijo que la había perdido.

—¿No se le ocurrió buscar a los padres a la salida y hablar directamente con ellos? —Moreno quería ir al grano.

—Termino a las dos y a Lucas no lo recogían hasta las tres. Repito que la directora estaba al tanto de todo y que ella sí que coincidía con los padres a esa hora.

—Todos sabemos que las horas extras están muy mal pagadas...

—No tiene nada que ver con dinero. Esto va de jerarquías. No sé su rango —dice señalando a Moreno—, pero yo estoy atada en corto.

La tutora de Lucas lleva tres años dando clases en ese colegio y aspira a una plaza fija. Ir por libre solo le traería problemas con la mujer que tenía la última palabra, y ella necesitaba estabilidad para comenzar la vida con su chico.

—Bueno, y aparte de los dibujos, ¿hubo algo más en el comportamiento del niño que le llamara la atención?

—Desde entonces estuve pendiente. Procuraba aprovechar las horas que pasábamos juntos en la biblioteca para ganarme su confianza.

—¿Lo consiguió?

—No. Más bien, todo lo contrario. Lucas se fue aislando cada vez más hasta que llegó un momento en que fue invisible para todos.

—¿A qué se refiere con invisible?

—El aula es como el mundo real, aunque a pequeña escala. Quien hace más ruido es quien más atención recibe. Lucas era como un mueble dentro de la clase: no se movía, no participaba, hacía los deberes, los exámenes los superaba sin dificultad. Al final terminas por no reparar en que está ahí.

—¿Por qué no comentaron todo esto desde la primera reunión?

En el primer encuentro mi compañero le preguntó de forma específica por cambios en el comportamiento de Lucas y las tres aseguraron que el crío estaba como siempre.

La mentira es algo que aquí no llevamos muy bien —dice Moreno haciendo un esfuerzo por contener su mala leche.

—La directora nos pidió que no dijéramos nada. El centro es concertado y cada vez hay menos alumnos. Le preocupa que el nombre del colegio se enturbie con todo esto. Los padres son unos alarmistas y a la mínima cambian a los niños.

Blázquez sirve agua en los vasos que hay sobre la mesa y Moreno da un sorbo del suyo.

Podría pasar por una acción normal tras media hora en la sala, pero ellos forman un binomio perfecto.

Se entienden sin necesidad de hablar ni mirarse.

El agua es solo un elemento de distracción, una pausa premeditada sostenida por el silencio.

La tutora no tarda en removerse en la silla.

Se recoloca el flequillo. Se frota las manos.

Moreno vuelve a beber. Blázquez mantiene la mirada fija en la chica.

Se inclina sobre la mesa, ocupando espacio con su cuerpo.

Moreno se levanta y, con una lentitud calculada, se apoya en la pared quedando a su espalda.

Carraspea. El pecho de la tutora asciende y desciende con mayor rapidez.

Blázquez le sonríe. No es una sonrisa cálida exactamente. Está disfrutando.

La sala de visionado parece una maldita nevera. A Daniela le castañean los dientes y deja escapar el aire con fuerza mientras que Lena está a punto de romper el bolígrafo a base de accionar el mecanismo para sacar y retraer la punta.

—¿Tiene algo más que añadir?

La tutora niega con la cabeza.

Esta vez es Blázquez quien bebe. Daniela y Lena, que no han perdido detalle de lo que sucede en el interior de la sala, entienden lo que su compañero les pide.

Lena llama a la puerta y la tutora da un brinco en su silla. No necesita fingir enfado cuando las miradas de las dos mujeres se encuentran; de verdad odia a las personas tibias.

—Siento interrumpir, pero es urgente —dice Moreno.

Moreno se acerca a la puerta y la presenta como la especialista en informática. Espera unos segundos a que la tutora procese ese dato y se inclina para hablar con ella. La conversación, entre susurros, versa sobre si prefiere café o un té. Mientras hablan, le lanzan miradas estudiadas a la tutora.

La mujer tiene claro que hablan de ella. Ahora no le parece tan buena idea haber acudido a la central a declarar.

Cuando la informática se marcha, Moreno vuelve a sentarse frente a la tutora.

Copia la postura de Blázquez y la mujer siente que las paredes de la sala se están estrechando.

Le cuesta respirar. Tiene que salir de ahí o le dará un ataque de ansiedad.

Los policías reconocen los cambios fisiológicos y saben que han llegado al punto al que querían llevarla.

—Le voy a repetir la pregunta, señorita —murmura Moreno—. ¿Tiene algo que añadir?

—Yo... no. —Siente que las lágrimas están a punto de dejarla en evidencia.

—Vamos, señorita. Estamos cansados, tenemos hambre y queremos volver a casa. Podemos hacer esto rápido, algo que le agradeceremos, o lento. Y créame, eso me lo llevaré a lo personal.

—¿Necesito un abogado?

—Solo las personas que ocultan cosas lo necesitan. ¿Nos está ocultando algo?

A la tutora le tiembla el labio inferior. Los policías saben que ya no queda nada para que se rompa. Moreno se levanta con brusquedad y provoca que la silla caiga tras él. Parece un acto espontáneo, pero lo tiene bien estudiado. Blázquez chasquea la lengua y niega con la cabeza.

—Fue por mi culpa.

—¿Qué fue culpa suya exactamente?

—Me ausenté unos minutos. Tenía que hacer una llamada urgente y salí del aula.

Les juro que no tardé nada. Cuando volví, Lucas me pidió ir al baño.

Lo normal habría sido llamar a la profesora de guardia para que lo acompañara, pero era Lucas.

No creí que fuera un problema y lo dejé ir solo.

Luego me llamó otra alumna y, la verdad, lo olvidé por completo.

Cuando sonó el timbre recogí y salí sin echar nada en falta. Ni a Lucas. Ni al cúter.

La tutora llora sin consuelo. Llora aliviada. Daniela también llora, por pena. Lena hace un gran esfuerzo para tragarse la rabia.

—¿Cuánto tiempo estuvo Lucas sin supervisión?

—No lo sé.

—¿Qué pasó con el cúter?

—Tampoco lo sé.

—¿No comunicó a la directora que le había desaparecido el puto cúter? —Blázquez hace un esfuerzo para que no se le note la pérdida de paciencia.

—No. Ni siquiera relacioné ambos hechos hasta que lo vi en las noticias. ¿Es verdad que su cuerpo estaba lleno de cortes?

Blázquez y Moreno se miran de reojo. La tutora acaba de meterles un gol por toda la escuadra.

Lena sale a toda prisa de la habitación y vuelve con la tablet en la mano. No tarda en encontrar la noticia a la que ha hecho referencia la mujer. La lee sin detenerse a respirar. Mira a Duarte, que cabizbaja niega con la cabeza, y acto seguido escupe un rosario de palabrotas.

Desde hace veinticuatro horas Lucas ha dejado de ser un niño anónimo. Ha perdido su nombre, su identidad, todo lo que lo definía, para convertirse en el niño muerto del que habla medio país.