22
Diego recupera el conocimiento empapado.
Está sentado en el suelo de su plato de ducha y el agua le cae sobre las piernas.
No recuerda cómo ha llegado hasta ahí. Para salir tiene que arrastrarse porque el cuerpo no le responde.
Llega al salón y busca en la mesilla, en el sofá, en el suelo.
Solo encuentra la papelina que se metió unas horas antes, pero no encuentra la que está seguro de no haber consumido.
Se vacía los bolsillos, levanta los cojines, se agacha a mirar bajo el sofá, da tumbos hacia su habitación y busca por allí.
No la encuentra. Regresa al salón apoyándose en las paredes.
No hay rastro. Duda si ya se lo ha metido todo y no lo recuerda.
Termina lamiendo la papelina que está sobre la mesa.
Blázquez lame el chocolate que queda en el papel de envolver de su chocolatina.
Vuelve a tener hambre. Y frío. Y sueño. Las vigilancias le aburren.
Lleva tres horas sentado en el coche con la mirada fija en el portón del edificio.
Moreno lo llamó cuando terminó la reunión y le puso al día sobre lo descubierto por Lena.
No se fía de la joven desde que descubrió su historia, pero le reconoce sus capacidades.
Por primera vez desde que comenzó la investigación, su jefe le da una orden directa: tiene que volver a hablar con la tutora del niño. A solas.
La tutora de Lucas no está en casa. Su compañera de piso le ha dicho a Blázquez que salió con su novio desde muy temprano, iban de escapada en moto a un pueblo de la comarca de la Moraña.
Con lo de la muerte del alumno se les habían jodido los planes y tuvieron que improvisar.
La compañera quiso facilitarle el número de la tutora —algo que Blázquez ya tenía— y lo invitó a esperarla dentro del piso, invitación que Blázquez rechazó.
Por experiencia sabe que la gente se muestra más colaboradora cuando la abordan en la calle.
A todos les preocupa que sus vecinos los vean hablando con la policía.
Moreno está sentado con las manos entrelazadas sobre la mesa.
Se ha pedido un arroz negro para cenar. Su compañera ha optado por unas brochetas de verdura y agua.
Desde fuera pueden parecer una pareja que ha salido a cenar un lunes cualquiera, pero basta con mirarlos con atención para apreciar que no está siendo un momento cómodo para ninguno de los dos.
—¿Cuándo tenías pensado decírmelo? —pregunta Moreno sin apartar la mirada de la carta.
—Pensé que no era algo relevante.
—Aquí quien decide si algo es relevante o no soy yo.
Daniela asiente. Su jefe tiene toda la razón. Lo ha hecho mal. No está funcionando como suele hacerlo. La lógica que siempre ha regido su comportamiento está aletargada. No encuentra una excusa válida. Ni siquiera para sí misma.
—Moreno, era un intercambio de correos sin más.
—Lo sería si el chaval no estuviera muerto.
Lo sería si no hubiéramos perdido tiempo en sacar una información que tú misma podrías habernos anticipado.
Lo sería si en esos correos el padre no te pidiera pasta.
Lo sería si tú no le facilitaras el contacto de un traficante de la zona y pagaras sus dosis.
—Solo lo hice en un par de ocasiones. —Traga saliva con fuerza—.
No quería que se metiera cualquier mierda.
Tenía claro que lo haría con mi ayuda o sin ella, así que pensé que lo más acertado sería que recurriera a alguien que mueve algo más seguro.
No es algo tan importante. Nada que no se haga por un amigo.
—Cuando te llamé para comunicarte la desaparición del niño me dijiste que era hijo de tu amiga. En singular. En femenino.
—¿De verdad vamos a discutir un problema de semántica?
Moreno da un puñetazo sobre la mesa y levanta el dedo índice.
Se le marca la mandíbula y la mirada se le vuelve acerada justo cuando el camarero les sirve sus platos.
Comen en silencio, cada cual con la atención fijada en su plato.
Él, por la rabia que le provoca la actitud de su mano derecha.
Ella, porque se siente mal. En todas sus formas.
Es Daniela quien pide la cuenta. Quiere invitar a su compañero, pero él no se lo permite. Moreno saca la cartera y deja su parte junto al plato.
—Moreno, dejemos de lado ese percance y centrémonos en lo importante, por favor.
—Daniela —es una de las pocas veces en las que su jefe usa su nombre—, ¿sabes por qué me gusta el arroz negro que preparan aquí?
—No tengo ni idea —responde, contrariada.
—Porque le ponen cebolla. Mucha gente cree que no lleva porque no la ves y tampoco detectas su sabor entre el resto de los ingredientes, pero está.
Y es tan importante que sin ella no sabría igual.
—Hace una pausa antes de continuar—: Nosotros no trabajamos con comida.
Eso sería mucho más sencillo. Trabajamos con niños, con padres, con familias a las que la vida les enseña los dientes y solo nos tienen a nosotros.
Todo, absolutamente todo, hasta el detalle más nimio es importante.
Que te escribieras a diario con el padre no solo es importante: es determinante.
Quiero que le entregues tu tablet, con acceso a tu correo, a Lena en cuanto nos subamos al coche. ¿Entendido?
—Sin problema, Moreno. Le daré también acceso a la nube y a mis redes sociales si crees que es necesario.
—Visto lo visto, lo quiero todo. No vaya a ser que tengamos otro problema de semántica.
Cuando entran al coche encuentran a Lena con los auriculares puestos y el ordenador sobre las rodillas.
El plan era cenar para volver a la unidad, pero ella decidió esperar en el coche mientras sus compañeros comían.
El ambiente no era muy agradable y prefirió aprovechar el tiempo para adelantarse en su competición ficticia con ella misma.
Lena no conoce el sentimiento de culpa. Los años de terapia le han enseñado que la disociación es un elemento que puede usarse cuando la realidad no le conviene.
No quería perjudicar a Duarte por nada del mundo.
Si hoy está sentada en el asiento trasero de un Megane azul que huele a perfume caro es gracias a ella. Su destino estaba claro: el suicidio.
Conoció a Duarte durante una charla en la que ella hacía un extra de camarera.
Aquella noche había decidido no seguir viviendo.
Sin embargo, escucharla hablar de su trabajo le dio algo inesperado.
Una razón para aplazarlo todo. No fue admiración ni esperanza, fue una dirección.
Desde entonces, Lena dejó de pensar en cómo morir y empezó a pensar en cómo parecerse a ella.
Mientras unos se suben al coche, otro policía se baja. Lo hace deprisa, de igual forma en la que se despide una pareja que llegó en moto. Todo indica que la escapada al norte no fue lo idílica que esperaban.
Blázquez espera hasta que la moto arranque y se acerca a la mujer.
La tutora de Lucas le reconoce de inmediato. Esboza una sonrisa cansada.
—No le esperaba hasta mañana.
—Siempre es bueno saber que me esperan.
—Si no le importa prefiero hablar sin que mi compañera de piso esté poniendo la oreja. Es bastante cotilla y no tardaría en contarlo todo.
—¿Quiere que caminemos?
—¿Tiene coche?
—Sí, claro —dice Blázquez mientras señala el coche blanco de la unidad aparcado en la acera de enfrente.
—Pues vamos a la comisaría o a donde quiera que tengan las oficinas. Quiero que esto sea oficial.
—Como prefiera.
Blázquez le abre la puerta. Antes de ponerse en marcha, avisa a Lena con un mensaje para que tenga el equipo de grabación listo. Su olfato le dice que lo que tiene que contar la tutora es importante.