21
A falta de un par de pasos para abrir la cancela del adosado, Daniela echa a correr; tiene la sensación de que no hay aire a su alrededor. Cree que si llega a la calle podrá dar una gran bocanada. No le da tiempo. Termina por vomitar en la misma puerta.
Diego también vomita, lo hace sobre su propio cuerpo. Le da igual. Como puede, llega hasta la cocina y mete la cabeza bajo el grifo del fregadero. Siente que la cabeza le arde como si dentro se estuviera dando una ebullición.
A Lena también le arde la cabeza. En cuatro horas ha sometido a sus conexiones sinápticas a velocidad galaxia. Le encanta funcionar así.
Martín siente que ha perdido el estómago, aunque no vomita. Su cabeza le va a estallar porque no solo piensa, también siente que su hija tiene algo que ver con la desaparición de Lucas. No la cree culpable, la cree capaz.
Alicia era una niña dulce, cariñosa y muy infantil.
Su madre la machacó bastante desde pequeña para que dejara esos infantilismos que, según ella, no la llevarían más que a problemas.
Cuando se enfadaba decía que era igualito a él.
Pese a que lo decía con una clara connotación peyorativa, a él le parecía maravilloso.
Se consideraba un padre de la vieja escuela, de los que quieren ser una figura referencial en la vida de sus hijos.
No le gustaba esa modernidad de criar a los hijos como si los lazos de sangre no fueran importantes.
Cada vez que la madre de Alicia se comportaba con la niña como si fuese una amiga y no su madre, se subía por las paredes.
Fue un pulso de crianza entre los dos que acabó perdiendo.
Alicia llega a casa de su padre una hora después de que Daniela y Moreno le hayan soltado la bomba.
Pensaba acribillarla a preguntas desde que entrara, pero ahora que la tiene frente a sí, con una sudadera dos tallas más grande y el pelo recogido en un moño mal hecho, le parece lo que es: una niña.
No abre la boca; solo la mira. La mira con dureza, con frialdad, intentando dejar a un lado el amor que vive en él.
Busca entre su nariz redonda, las curvas de sus mejillas, los vértices de sus labios y la oscuridad de sus ojos, la voluntad necesaria para hacer daño a un semejante.
Daniela y Moreno han llegado a la unidad y esperan a Blázquez y a Lena. El inspector le acerca un botellín de agua y un pañuelo de tela.
—¿Quieres comer algo?
—No, estoy bien.
—No sé qué entiendes tú por estar bien, pero desde luego no se parece en nada a cómo lo entiendo yo.
—Me ha afectado un poco el enfrentamiento con Martín. Solo eso.
—Nos hemos enfrentado a cosas peores y ni siquiera te has despeinado. Lo siento, no compro.
—Es todo el caso, Moreno. ¿Sabías que fui yo quien acompañó a Carol a la primera ecografía de Lucas? También fui la última que lo vio antes de que lo llevaran al Anatómico.
—No conozco los detalles, pero doy por hecho que tienes una vinculación especial con la familia. —Daniela asiente—. Y que por eso estás aquí. A pesar de lo que supone para ti.
—No te preocupes, estoy bien.
Daniela está a punto de decirle a su jefe que siente un dolor cada vez más intenso en el bajo vientre, que está asustada, que esta implantación tiene que salir bien porque no le queda más dinero ni más voluntad, que está cansada, que solo tiene ganas de meterse en la cama y despertar cuando el caso de Lucas esté cerrado, que lleva conteniéndose las ganas de llorar desde que volvió y que no puede asegurarle que no acabe reventando en cualquier momento.
No llega a poner en palabras ninguno de esos pensamientos porque llega el sonido del tintineo de las pulseras de Lena, acompañada por su sonrisa superlativa. Está eufórica con la información que trae consigo.
—¿Esperamos al resto o empiezo ya? Esto es muy fuerte.
Moreno le hace un gesto con la mano para que comience. Lena se contiene porque tiene ganas de saltar de alegría.
Con la atención puesta en ella, les dice que ha pasado gran parte de la mañana siguiendo el rastro de la actividad de Lucas en el vaciado del móvil de su padre.
Había solicitado la triangulación de las antenas a la compañía telefónica desde el mismo día de la aparición del cuerpo, pero, como siempre, se encontró con la maldita burocracia.
Le dijeron que tardarían una semana, les dio cuatro días y los llamó al tercero, aprovechando que la noticia ya estaba en los medios de comunicación. Consiguió los datos en media hora.
Lena hace una pausa en su exposición, esperando que Duarte la felicite por su buen trabajo. El silencio es lo único que obtiene.
Ahora son capaces de seguir con una precisión casi exacta cada uno de los pasos que dio el crío.
Las antenas sitúan a Lucas a las dos y cincuenta al inicio de la calle Lope de Vega, a unos seiscientos metros del colegio.
—¿Estás segura, Lena?
—Me dejo cortar la cabeza con un cuchillo oxidado, Moreno.
Diez minutos más tarde el crío estaba ya en la paralela de Góngora y, si tenemos en cuenta la distancia recorrida y los tiempos, podemos determinar que iba a un ritmo de casi cuatro kilómetros por hora.
El tiempo justo para estar a las tres y veintidós frente a la gasolinera, tal y como muestran las imágenes.
«Ahora sí —se dice la informática—, me tiene que decir algo porque me he metido un curro de narices».
—Ya habíamos descartado que se lo llevaran a la fuerza del colegio —dice Moreno como único comentario.
—Sí, sí, sí, lo sé. Pero con la triangulación queda claro que lo hizo por sus propios medios quince minutos antes de lo que pensábamos.
Por lo tanto, la cuidadora del comedor mintió a Blázquez en su declaración.
Y no solo eso: el crío consumió casi un giga de datos desde la una hasta la hora que salió del centro.
También miente la tutora que lo vigilaba en la biblioteca y, como esto parece el juego de a ver quién miente más, tenemos a la directora que dijo no tener constancia de un cambio en el niño.
Pues bien, he logrado rescatar un correo en el que solicita una reunión urgente con los padres para, y cito textualmente, hablar sobre un alarmante cambio de actitud del pequeño.
La información aportada por Lena no obtiene el resultado que ella espera. Especialmente del lado de Duarte, por lo que su frustración no hace más que aumentar, algo que no sabe gestionar.
Antes de poner sobre la mesa sus averiguaciones, había decidido tratar un detalle en privado. Por sororidad. Por el respeto y la admiración que siente por Duarte. Pero al comprobar que es algo unilateral, cambia de opinión.
—El correo de la directora no es el único que ha llamado mi atención —continúa Lena—. Por lo que he podido rescatar, el padre mantenía un intercambio de correos diarios contigo, Duarte.
Daniela sabía que su compañera encontraría esa información tarde o temprano. Quizá debió comunicarlo antes, pero no es hasta que lo escucha de la voz de la joven informática cuando comprende que, por omisión, pasa a ser sospechosa.