No apartes la mirada 19
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En la casa de Carmen y Carlos se había instaurado una rutina para las mañanas de los lunes en los que la abuela era la primera en levantarse.

Ponía la cafetera al fuego y se vestía en la habitación de su hija para no despertar a su marido.

Le gustaba esperar junto a la ventana, café en mano, para ver llegar el coche de su hija.

Lucas siempre miraba hacia arriba y agitaba la mano al verla.

Carmen lo esperaba en la puerta del ascensor y el saludo que recibía era un abrazo que le llegaba a la cintura.

Entre nieto y abuela existía mucha complicidad, así que mientras el niño desayunaba, Carmen le ponía la televisión en la cadena de dibujos animados.

Como el abuelo era contrario a esa distracción, en cuanto escuchaban que la puerta de la habitación se abría, la apagaban.

La abuela le guiñaba un ojo cuando salían de casa rumbo al colegio y Lucas le sonreía con la sonrisa más bonita del mundo.

Le veían entrar con su mochila azul y su caminar atropellado.

Siempre se giraba a decirles adiós cuando llegaba al centro del patio.

Continuaban con una visita al mercado para comprar productos frescos y todo lo necesario para preparar la comida. Si el tiempo los acompañaba, hacían una paradita en la vermutería.

Al llegar a casa Carlos se sentaba en el sofá orejero frente al televisor a ver el canal de noticias veinticuatro horas mientras Carmen cocinaba a fuego lento.

Nunca se quejaba de los años que pesaban en sus rodillas.

Para la abuela cocinar era el acto de amor más grande que se podía realizar hacia otra persona.

Esta mañana no parecía el comienzo de una semana.

No había café al fuego ni televisión encendida. Solo silencio.

Los padres y la hija están sentados en el salón. Ninguno de ellos se atreve a mirarse a los ojos. Hacerlo supondría ver el dolor en el rostro del otro y la herida purgaría en un llanto incontrolable.

Carlos no le ha contado a su mujer lo que pasó durante la noche, en otro acto de amor.

Sabe que ella no puede con más. En realidad, él tampoco.

No sabe cómo tragarse la rabia que le quema en el estómago.

Está fuera de lugar por completo ese ardor que le provoca ganas de abofetear a su hija.

Gritarle que por qué no lo llamó para ir a buscar al niño, zarandearla por ser una ingrata desagradecida que piensa en arrojarse por la ventana sin tener en cuenta lo que supondría para ellos.

A Carol sus padres le dan igual. Le da igual Víctor, que le ha escrito para saber cómo está. Le da igual Diego. Le da igual respirar o dejar de hacerlo. Ella solo quiere volver a tener a su hijo a su lado.

Una campanilla retumba contra el silencio del salón.

Al teléfono de Carol acaba de llegar un wasap.

Víctor, otra vez, que se ha levantado con claridad mental y reconoce que no ha actuado de la mejor de las formas con su chica, pero es que nadie tiene el manual de instrucciones para funcionar ante una crisis como aquella.

Quiere enmendarlo. Otra vez escribe y borra varias veces porque no encuentra las palabras correctas, hasta que termina por enviar un simple «Espero que hayas podido descansar».

Cree que dando normalidad ayudará a su chica.

La maldita normalidad.

Carol se mueve a cámara lenta hacia el móvil y ve el nombre de Víctor en las notificaciones. Vuelve a dejarse caer sobre el sofá. Le da igual lo que quiera decirle.

El abuelo de Lucas observa como su hija se rompe un poco más y se muerde la lengua. Coge aire con fuerza. Se dice que lo mejor es callarse. Se lo repite mentalmente una, dos, diez veces, hasta que estalla.

Le grita a su hija, a esa mujer rota que ha perdido a un hijo, a esa que lo único que quiere es morir, que por correr detrás de ese malnacido que la ha dejado sola cuando más le necesitaba, el pobre Lucas ha acabado muerto.

La llama cobarde, por no tener el valor de pedirle que fuera a recoger al niño al colegio porque sabe que él le hubiera dicho que no había problema, pero que ella notaría por su voz que, una vez más, no aprueba las decisiones que toma con respecto a ese hombre.

Carol no se defiende, ni siquiera cuando su padre le dice que parece una desesperada corriendo detrás del jefe, el mismo jefe que se ha cepillado a unas cuantas vecinas de la ciudad.

Carmen no da crédito a lo que escucha. No reconoce las palabras hirientes que suenan como si las pronunciara su marido, pero que está segura de que no pueden haber salido de su boca. Su marido no puede ser tan malvado. Su marido no puede herir a su hija de esa forma. Pero lo hace.

Carol se tumba en el sofá en posición fetal con las manos contra el pecho y acepta todos los latigazos de su padre. No le importa. No sabe que en esa postura ella y Lucas son como dos gotas de agua.

Carlos sigue fuera de control y, a pesar de que su mujer hace aspavientos para que se calme no lo consigue, no la ve, no la escucha, solo puede atender a ese líquido viscoso que le asciende por la garganta.

Sin ser consciente de lo que hace, escupe lo que segundos antes se había jurado no decir jamás.

Carmen escucha la verdad y se lleva las manos al corazón.

Ese corazón que parece ya no latir como antes.

Una madre no está preparada jamás para plantearse la pérdida de un hijo, su mente no concibe esa posibilidad antinatura.

La abuela puede entender lo que la muerte de su hijo produce en su hija, pero esa misma madre no puede entender que su hija elija morir.

La rodilla de Carmen se queja cuando patalea con fuerza contra el suelo. Es lo único que se le ocurre para llamar la atención de su marido. No lo consigue. Su marido está ciego y sordo de rabia.

Carmen, incapaz de ver cómo su familia se destroza, coge su bolso y sin hacer ruido sale de su casa.

Al llegar a la calle se pregunta hacia dónde ir. Va hacia la derecha, solo porque es la dirección opuesta al colegio de Lucas.

Camina sin rumbo.

Pasa por el mercado y ve a sus vecinas comprando.

En la barra de la vermutería hay varias parejas hablando.

Llega al semáforo del paso de cebra, que tarda los mismos noventa segundos en cambiar de rojo a verde.

Un poco menos de verde a rojo. De rojo a verde; de verde a rojo.

Carmen ve alternar los colores infinidad de veces.

No sabe adónde ir. No sabe si existe un lugar donde la vida continúe como si su nieto no se hubiera ido.

Es el sonido de las campanas lo que la pone en movimiento.

Quince minutos más tarde Carmen entra en la Basílica de San Vicente. Está casi vacía. No es domingo. No hay cánticos ni murmullos, solo muros altos, piedra, frío y un par de personas desperdigadas en los bancos cercanos al altar.

Toma asiento y diez minutos más tarde un cura, que parecía en edad de jubilarse, les dice a los allí reunidos que pueden ir en paz.

Ir en paz. ¿De qué paz habla?

Carmen espera a que salgan todos para acercarse al cura; quiere hablar, que le explique por qué su familia se desmorona sin que ella pueda hacer algo para evitarlo. El cura no tiene respuesta para ella, por lo que le habla del cielo y de la paz del alma. Otra vez la maldita paz.

Ese cura intenta que el despojo humano que tiene frente a sí no perciba que él tampoco entiende cómo ese Dios en nombre del que habla es capaz de permitir la muerte de un niño.

Como si de un golpe en el estómago se tratase, Carmen descubre que todo eso que ha escuchado domingo tras domingo sobre la bondad de un Dios todopoderoso que cuida de sus hijos es mentira.

El cura se ofreció a darle apoyo espiritual a la familia y a darle la extremaunción al nieto de Carmen para que su alma ascendiera al cielo para convertirse en un ángel que velaría por su madre y sus abuelos.

Ella se traga las lágrimas y las palabras, prefiere no decir en voz alta que, de momento, no saben cuándo podrán darle descanso al alma de su nieto.

Carmen sale con una sola cosa clara: no entendió la mitad de las palabras pronunciadas por aquel hombre humano y corriente que, en su intento de consuelo, se había arrancado las capas de la divinidad para mostrarse como un ente desangelado.

Carmen tira de su poca voluntad y deshace el camino hasta su casa.

Al entrar se encuentra un escenario de guerra.

Hay pedazos de cerámica blanca esparcidos por el suelo y sobre el mueble de madera en el que está el televisor.

La pantalla tiene una hendidura en la esquina derecha de la que salen ondas como las que se producen en el agua al lanzar una piedra.

Carmen piensa que eso ya no tiene remedio.

Tampoco lo tiene Carol, que sigue hecha un ovillo en el sofá.

Tiene la cara hinchada, deformada y roja por el llanto.

Casi parece que las lágrimas le han erosionado la piel en su descenso hacia la barbilla.

La madre no reconoce en ese rostro a su hija.

Le parece un monstruo y se espanta ante ese pensamiento.

Carlos había encendido el televisor en un intento desesperado por dejar de escuchar los sollozos que él mismo había provocado a su hija. La mala suerte quiso que en ese momento Lucas apareciera caminando frente a la gasolinera. Tan pequeño, tan inocente, tan vivo que se hizo insoportable.

Una figura de La Victoria de Samotracia estalló contra el plasma provocando que la imagen se desvirtuase.

Fue la mano de Carol quien la lanzó mientras un alarido de dolor le partía el pecho.

El dolor era tan grande que su cerebro se desconectó en un burdo intento de supervivencia.

Es por eso por lo que no se entera de lo que pasó segundos más tarde.

Tras las imágenes en bucle de su hijo, un empleado de la gasolinera es entrevistado por una reportera que asiente mientras escucha cómo le cuenta que fue de las últimas personas que vio con vida al niño.

Parece orgulloso de serlo, si bien su satisfacción viene de los dos mil euros que le han pagado por vender las imágenes a esa cadena, y no a la competencia.

También por haber sabido torear el intento de silenciarlo en redes.

No tiene pruebas, pero tampoco dudas de que otro creador de contenido ha intentado tirar por tierra su trabajo.