18
Lena se levanta con la boca pastosa y un martilleo constante en la base de la cabeza. Se ha excedido con la bebida. Moreno ya va por el tercer café de la mañana y aún no han dado las ocho. Han pasado la noche juntos. Algo que ninguno de los dos habría imaginado.
El jefe está en la cocina picando, con la precisión de un cirujano, un apio para acompañar sus huevos benedictinos.
—¿Tienes café?
—Claro. Siéntate. ¿Te gusta el apio? La receta original no lleva, pero yo me tomo mis licencias creativas. Verás que le da un toque ácido que marida a la perfección con la salsa holandesa.
Lena mira a todas las esquinas de la habitación buscando cámaras ocultas. Está segura de que Blázquez estará en la central, descojonado de la risa al ver la escena.
—No sabría qué decir.
—Pruébalos y lo sabrás.
Tiene frente a ella un plato humeante con un huevo sobre un pan que, según Moreno, es un auténtico brioche.
Le ha confesado que solo hay una panadería en Ávila que hace este tipo de pan con masa madre.
El jefe lo cuenta como si hubiese descubierto la cura para la alopecia y Lena se siente incómoda.
Corta una esquina del pan y se la lleva a la boca sin compartir la emoción.
—No, perdona, pero no se come así. Tienes que hacer la combinación de los sabores. —Sin pedir permiso corta un trozo que incluye parte del huevo y de la salsa—. Prueba de esta forma.
«Que tu jefe te meta la comida en la boca es una red flag de manual», piensa Lena. Asiente y fuerza una sonrisa. Da un largo trago al café y se pone de pie, dispuesta a pirarse a su casa cuanto antes.
—Gracias, pero yo no soy de comida sólida por las mañanas.
—Deberías. Es la más importante del día. Además, debes compensar los excesos de anoche. Tanta bebida energética no puede ser saludable.
Otra jodida red flag .
—No eres mi padre, Moreno.
—Por suerte.
A Lena se le encoge el estómago. Lo sabe. Puede verlo en la forma en la que la mira. Su jefe lo sabe. Toda la tontería de ir a su casa para trabajar en el caso y adelantar horas, dejarle la cama, preparar un desayuno, ser tan amable... lo sabe todo.
Con la edad de Lucas su padre le propinó una paliza a su madre que la tuvo ingresada en el hospital tres semanas. A ella la enviaron con su tía. Cuando se recuperó, volvieron a la casa los tres como si nada hubiera sucedido. Ninguno se preocupó por ella.
—¿Cómo...? ¿Desde cuándo...?
—No eres la primera que conozco como tú.
—¿Lo saben los demás?
—Solo Blázquez.
—¿Y por qué no...?
El inspector se acerca a la chica con la taza de la que bebió antes. A la luz del día, sin sus extravagantes pendientes y sin el pintalabios rojo oscuro que acostumbra a llevar, parece tan frágil como una muñeca de cerámica.
—Porque eres la mejor en tu trabajo y en mi equipo solo quiero a los mejores. ¿Te queda claro? —La chica asiente con la mirada clavada en sus pies—. Así que ponte a currar ya mismo.
Y con esa afirmación categórica, por primera vez en mucho tiempo, el pasado deja de pesar más que el presente.
Lena da un largo sorbo de café y su calor le sienta bien. Maravillosamente bien.
—¿Tenemos novedades de la científica? —pregunta a Moreno tras un largo silencio.
—No, seguimos a la espera de que nos pasen los informes. Ahora lo importante es que hagas tu magia con esto.
La pantalla del teléfono del inspector muestra unas imágenes que reconoce al instante.
Es el parque de las Hervencias y, por la tonalidad del cielo, está amaneciendo.
Un primer plano de un chico con ortodoncia se muestra ante la cámara.
Habla deprisa, mezclando las palabras, y gesticula tanto que la imagen no deja de moverse.
El chico va puesto hasta las cejas. Se autoproclama investigador externo y se dedica a mostrar la zona en la que se ha encontrado el cuerpo de Lucas.
Se agacha y señala pisadas en parte de la hierba y dice que pueden ser del asesino.
Señala unas colillas y lanza al aire la pregunta de por qué él sí ha visto una evidencia tan importante y la policía la ha pasado por alto.
Explica a sus seguidores la importancia de encontrar ADN en las pruebas y hasta saca una bolsa de plástico, de las que se usan para los productos congelados, y con unas pinzas guarda todas las colillas que encuentra.
A Lena le hace gracia. El joven está recogiendo las colillas en la parte opuesta del parque.
Le encantaría meter a todos esos pseudoentendidos en ciencias forenses en una casa y luego prenderles fuego.
Cuando está enfadada piensa en barbaridades.
El vídeo termina y, aunque Lena no sabe quién es el joven, reconoce el uniforme de la gasolinera que está en la avenida. La que no cierra.
—¿Qué quieres que haga?
—¿Puedes detenerlo?
—Imposible. Lo subieron hace una hora y ya tiene más de dos mil reproducciones.
—¿No puedes lanzar una especie de ciberataque y hacerlo desaparecer?
Lena se ríe. Le divierte la ignorancia de su jefe, aunque Moreno no lo ha dicho como una broma.
Necesita que la noticia no se extienda. Sabe que, una vez la bola de nieve se pone en movimiento, la avalancha es imparable.
No quiere imaginar tener que presentarse ante el juez Pajés para decirle que están en blanco, mientras las redes arden.
—No lo puedo borrar, pero sí que puedo enterrarlo para que sea muy difícil de encontrar.
—No tengo ni idea de lo que dices. Limítate a hacerlo y ya. Yo tengo que ir a la central. Para no perder tiempo, lo mejor será que trabajes aquí. Mantenme informado y cierra al salir.
Lena se pone manos a la obra antes de que el jefe haya cruzado el umbral. Gracias a eso no piensa en que su jefe sabe su pasado y no entra en el bucle de pensamientos negativos de siempre.
Crea tres imágenes con IA: unos futbolistas en actitud cariñosa, un vecino de la ciudad ganador del Euromillón que prefiere vivir en el anonimato y un meme con la cara del joven de la gasolinera.
Absurdeces del siglo veintiuno. Se crea varios perfiles falsos en redes y se dedica a lanzar las noticias a grupos.
La de los futbolistas supera las cinco mil visualizaciones en menos de diez minutos.
Lena cuenta con que el tráfico de comentarios crezca de forma exponencial y no haya forma de encontrar al aspirante a investigador.
Moreno ha omitido información a Lena. Prefiere ser el primero en ver las imágenes de la cámara de seguridad de la gasolinera. Si Blázquez le ha llamado es porque ha visto algo importante y porque ese «algo» implicará una acción que prefiere mantener al margen al grupo. De momento.
Martín se ha levantado con mal cuerpo y llama a Moreno para pedirle una mañana de descanso justo cuando el capitán ya está viendo esas imágenes. El jefe le dice que se tome el día entero.
Daniela está a dos kilómetros de la central cuando la llaman.
Por el tono de Blázquez es urgente. Acelera el paso y llega en quince minutos.
Su compañero y su jefe la esperan en la sala de vídeos.
Ninguno de ellos se percata de la palidez de su rostro, ni de su pelo despeinado ni de sus ojeras marcadas.
Sin apenas darle tiempo a sentarse le indican una imagen de la cámara.
Son tres críos; el más pequeño es Lucas, lo distingue con facilidad.
Caminan por la acera de la gasolinera. Dos chicas van delante.
En un principio parece que van por separado, pero casi al límite del campo de grabación de la cámara, una de ellas se gira, retrocede y coge de la mano a Lucas en un gesto que les parece hostil.
La calidad de la imagen no es buena. Hay demasiada distancia como para que los rostros se aprecien con nitidez. Habría que pasarlo por algún programa que mejorara la definición.
A esa edad todas las jóvenes se parecen: mismo peinado, misma ropa, mismos colores. Es difícil diferenciarlas.
Daniela argumenta todas esas cosas y se pone de pie porque no quiere volver a ver lo que han visto todos.
Tienen razón con todo lo que dice. Al igual que Moreno y Blázquez tenían razón al hablar de urgencia. Lo que acaban de ver cambia mucho las cosas.