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La casa parece dormida. Los habitantes están despiertos, aunque ninguno de ellos se atreve a hablar, mucho menos a moverse.
Carlos y Carmen han pedido a su hija que se quede a dormir porque prefieren tenerla vigilada.
No confían en que Víctor lo haga, visto lo ocurrido por la mañana.
Carmen espera que su hija se percate de que ese hombre no le trae nada bueno y dé por finalizada su aventura.
Carlos, por su parte, lo único que piensa es por qué carajo no le pidieron a él que fuera a buscar a su nieto al colegio.
Él habría llegado diez minutos antes de la salida del comedor y nada de esta pesadilla habría ocurrido.
Carol está junto a la ventana mirando la negrura de la ciudad rota por el paso de algunos coches a los que sigue con la mirada. Desde la altura de los cinco pisos se asemejan a los que usa Lucas cuando juega a las carreras.
Carol siente que lo ha perdido todo. ¿Para qué levantarse mañana? Será lunes y no tendrá que llevar a su hijo al colegio porque ya no tiene hijo. Sin motivo para ponerse de pie, tampoco es necesario acostarse. Ni vivir. Abre la ventana.
El conductor de uno de esos coches que atraviesa la avenida va charlando con el acompañante. Hablan de ir al supermercado, del frío intenso, del seguro del piso que se vence en breve, de rutina. Hablan como si el mundo que habitan no fuera el mismo.
En otra dirección avanza el coche de Lena, seguido por un viejo Renault Megane. Pasan frente a la Caníbal y ninguno de los dos vehículos hace por aparcar. La idea de ir a un local menos aglomerado ha sido de él; a ella le ha parecido genial.
Martín es el primero que llega a su casa.
No hay rastro de su hija, lo que quiere decir que su plan de ponerse cómodo y avanzar en la lectura de Puerta del Sur mientras saborea un té negro bien concentrado quedará pendiente en el momento en el que ella le llame para que vaya a buscarla donde quiera que esté.
Le gustaría poder hablar con la madre de su hija y hacer un frente común para frenar a la adolescente egoísta y exigente que parece haber poseído a su pequeña.
No puede hacerlo: lo tiene prohibido por todos los medios de comunicación posibles.
Moreno se lo dijo bien claro; ya había gastado todos los favores a conocidos.
La próxima vez que recibieran una denuncia a su nombre no podría pararlo y acabaría fuera del cuerpo.
El único que cumple las órdenes de su jefe es Blázquez.
A diferencia de sus compañeros, él no tiene planes.
No le gusta el juego de las miguitas de pan.
Él es de exponer conclusiones, por eso no ha contado al equipo lo del camello, ni su sospecha de que el padre de Diego tiene graves problemas de pasta.
A la unidad no se llevan suposiciones, se llevan verdades.
Y por eso va de cabeza a la gasolinera que se encuentra a medio camino entre el colegio y el parque.
Para el resto de los locales tendrá que esperar al lunes, pero esa gasolinera abre veinticuatro horas; por lo que entra como un elefante en una cacharrería y pide ver al encargado.
Se excede en las formas, pero el joven que hace el turno de noche se muestra más que dispuesto a colaborar.
El empleado ya sabe que se han cargado al hijo de Diego; lo ha visto por TikTok.
También ha visto el vídeo en el que el policía que tiene frente a él le mete un gancho de derecha a Santi.
Colabora porque cualquiera que zurre a Santi es su mejor amigo.
El muy hijo de puta decidió dejar la gasolinera como punto de encuentro con sus clientes y él se ha quedado sin el ingreso extra que se llevaba por hacer la vista gorda.
—Sabía que vendría alguien a pedirlas, así que paré la grabación en cuanto entré a trabajar. Es un circuito de setenta y dos horas y se podía perder la información —dice con una boca llena de hierros de ortodoncia.
—Chico listo.
—Bueno, estoy enganchado a los documentales de true crime .
Blázquez chasquea la lengua mientras el dependiente se dirige al fondo del establecimiento y entra por una puerta estrecha.
Le asquean los directivos televisivos que trivializan la muerte y todavía más los adictos a ese tipo de contenido.
Los primeros dan una visión sesgada de lo que es la puta realidad de investigar un crimen.
En la pantalla todo se da fácil, los investigadores siempre encuentran la luz, no hay callejones sin salida ni se van frustrados a la cama.
Por no decir que siempre pillan a los hijos de puta.
A los segundos los desprecia porque son unos jodidos psicópatas que recaban información para no caer en errores el día que se decidan a cargarse a alguien. Está seguro de ello.
Cuando el dependiente sale lleva en la mano un disco duro pequeño, de color negro; la parte superior está pegajosa.
—Aquí lo tiene. Espero ser de ayuda.
—Yo también lo espero —dice Blázquez, ya dirigiéndose a la salida.
No tarda en meterse en el coche y poner dirección a su casa. Se muere de ganas de ver las imágenes y tener material del que tirar por la mañana. O esa misma noche, si es necesario.
Ninguno de los vehículos que circulan por la avenida se percata de una sombra encogida en la acera, justo debajo de un edificio de cinco plantas.
No llama la atención porque su inactividad lo asemeja más al mobiliario urbano que a un ser vivo.
Lleva allí más de dos horas sin saber qué hacer.
No se atreve a irse y tampoco quiere quedarse.
Sabe que no es bienvenido, que en aquel edificio ya no es bienvenido, aunque también sabe que es el único lugar donde debe estar.
Una ventana que da a la calle se abre. Diego sabe que corresponde a la habitación de Carol.
Las luces siguen apagadas, pero la brisa mueve las cortinas y está seguro de que atina a verla por la tenue luz de las farolas.
Está seguro de que es su pelo castaño y de que lleva el jersey verde que fueron a comprar a Las Rozas el invierno pasado, apenas un par de días antes de enterarse de que se follaba a su jefe.
Lucas había ido con ellos y le habían comprado el maldito jersey de Spiderman que había pensado que llevaba el viernes.
Carol está temblando y no es por la fría noche de Ávila. Le tiembla la vida.
Carlos ha escuchado el chirriar de la ventana del cuarto de su hija.
Lleva meses pensando que debe ponerle solución a ese molesto ruido; sin embargo, esta noche agradece el sonido porque le resuena como una alarma.
Se incorpora de la cama, se calza las zapatillas y se dirige en silencio hasta el quicio de la habitación de su hija.
La oscuridad confunde a Carol. De pronto, los cinco pisos de altura no le parecen tanto. Se pregunta si el aire frío por todo el cuerpo la hará sentirse mejor. Se inclina.
A Diego no le cabe duda de que el cuerpo que ve es el de su exmujer.
Desde la puerta de la habitación, Carlos alarga las manos como si así fuera capaz de atrapar a su hija antes de que vuele.
El teléfono de Carol suena. Ella lo mira con desgana y, durante unos segundos, duda si responder.
Diego no aparta la mirada del cuerpo de ella y, en susurros, le pide que por favor le responda.
No lo hace. Carol tan solo descuelga y se lleva el móvil a la oreja.
Ninguno de los dos pronuncia una palabra.
La rabia de una, la culpa del otro, los reproches de ambos, no consiguen formar otro sonido más que el llanto.
Todo lo que les separa sin remedio queda sepultado por algo más grande, más grave, más intenso: la ausencia de Lucas.