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Si hay algo que Blázquez lleva mal son las continuas reuniones de la unidad. Las considera pérdidas de tiempo teniendo en cuenta que tienen a Lena en plantilla. Ella podría enviar una especie de resumen diario al móvil de cada uno y así dedicar el tiempo a lo realmente importante.
A Daniela, por el contrario, siempre le han gustado esas reuniones.
Cuando empiezan una investigación hay mucho ruido y esos momentos en los que ponen en común los avances son una forma de disminuir ese volumen que habita en su cabeza.
Pero esta vez prefiere ruido, no entender nada de lo que allí se hable.
Preferiría estar en su cama hecha un ovillo.
Lena está tan concentrada en la pantalla de su móvil que olvida parpadear. No aparta la mirada cuando la puerta de la entrada emite el sonido metálico de apertura.
Martín entra y la disculpa por el retraso se le queda colgando de la boca.
Por suerte no es el último. Ha tenido una tarde complicada en casa.
Se suponía que comería con su hija, sestearía un par de horas y luego la llevaría al cine.
Almorzó solo, más que una siesta dio una cabezada de cinco minutos y no llevó a su hija al cine porque no posee el don de la ubicuidad.
De la misma forma que Moreno no posee el don de la paciencia.
Lleva media hora al teléfono con el presidente de la diputación de Castilla y León.
En un programa de televisión nacional se ve cómo uno de los suyos le propina una paliza a un hombre que no muestra una actividad sospechosa.
El jodido Blázquez siempre liándola parda.
Ambos saben que esa llamada es solo de cara a la galería.
A los pesos pesados les importa poco lo que refiere a la unidad.
Aguanta el chaparrón verbal que le cae desde el otro lado de la línea.
Responde con monosílabos. Da la razón como a los locos y, para terminar, promete que atará en corto a su perro de caza y se despiden.
Dos segundos después de colgar olvida todo lo prometido.
Se dirige a la sala de reuniones, donde espera que la unidad esté poniendo datos en claro. Los encuentra a todos dispersos en sus quehaceres. Cierra la puerta de la sala con un golpe seco. Los cuatro se sobresaltan.
—Madre mía, y esto es lo mejorcito que he encontrado —les dice sin pizca de humor—. Martín, empezamos contigo.
El forense carraspea y se pasa la mano por el jersey antes de empezar. Sabe que lo que va a decir no va a gustar a sus compañeros. No le gusta ni a él.
—No es concluyente.
—Venga ya, hombre. ¿Cómo cojones puedes decir eso? —Blázquez pone en palabras lo que todos están pensando.
—No lo digo yo, lo dicen las pruebas. O más bien la ausencia de pruebas. Certifico la muerte, pero no puedo certificar que haya delito doloso.
—En profano, míster, que aquí queremos entenderte todos.
—Veréis, exceptuando los cortes producidos ante mortem , el cuerpo no presenta más que un traumatismo craneoencefálico severo.
La gravedad de ese golpe no viene dada por la fuerza, es el lugar, el lóbulo occipital derecho, muchísimo más frágil en un niño que en un adulto.
La lesión le provocó fractura craneal con hemorragia intracraneal masiva y edema cerebral severo con daño axonal difuso.
No tuvo posibilidades. Sufrió un rápido deterioro neurológico incompatible con la vida.
Daniela se estremece. Moreno hace una mueca de disgusto con los labios. Blázquez cruza los brazos sobre el pecho y Lena se compadece de su compañera. Trabajar a diario con las desgracias humanas les puede hacer callo, pero nunca les hace inmunes.
—¿Le golpearon? —la voz de Daniela es un susurro que va más dirigido a sí misma que al resto.
—No puedo afirmarlo, aunque tampoco negarlo. Pudo ser un golpe intencionado o una desafortunada caída.
—No jodas. —Blázquez no lleva bien los grises cuando están trabajando. Abre el informe del forense y lo lee en diagonal.
—¿Tenemos algo de la científica? —pregunta Moreno de forma directa a Lena.
—No. Han dicho tres días.
—Diles que lo queremos para mañana sin falta.
—Entendido. —Lena teclea con rapidez en la tablet—. Hecho.
Blázquez no ha encontrado lo que busca. Algo le dice que es importante. Se inclina sobre la larga mesa, saca su libreta, arranca varias hojas y las coloca sobre la mesa.
—El trío de las súper tacañonas ha descrito a un chaval normal, aunque hay cositas que me chirrían.
—Define chirriar, Blázquez, que no estamos para jugar a las adivinanzas —suelta Moreno sin mirarle a la cara.
—En clase no daba problemas.
—Tampoco en casa por lo que han dicho los padres —añade Lena—. Me da la sensación de que para unos y para otros los problemas se entienden como mal comportamiento y queda claro que el chaval no era de liarla.
—¿Por qué no hay patologías especificadas en el informe, Martín?
—Porque no las hay, excepto una rotura del maléolo medial de la tibia bien soldada que debió sufrir cuando tenía poco más de dos años.
Daniela asiente. Recuerda la tarde en la que su amiga la llamó desde el hospital presa de una crisis nerviosa.
Había dejado al niño en la trona donde comía mientras se daba una ducha rápida y sin saber cómo el pequeño se había dado la vuelta para intentar salir y la pierna se le quedó enganchada, provocando que no se golpeara la cabeza pero sí se fracturara el tobillo.
—¿Y el asma?
—No era asmático. Sus alveolos estaban en perfecto estado y los bronquios también. Ni siquiera presentaba rinitis alérgica.
—¿Estás seguro?
—La duda ofende, compañero.
Daniela refuta con un movimiento de cabeza las palabras del forense.
—Pues desde hace más de un año usaba esa enfermedad para saltarse la clase de gimnasia y eso no es todo, el chaval era ambidiestro, su tutora asegura que determinadas actividades las realizaba con la mano derecha.
—Sería interesante saber qué tipo de ejercicio practican durante esa hora —interviene Lena.
—¿A qué te refieres?
—¿Hay piscina en el centro?
Todos miran a Daniela como si ella tuviese la respuesta.
—Antes no había. Ahora no lo sé.
Lena se lanza de cabeza a la página web del colegio mientras se lamenta por no haber sido más rápida y tener controlada esa información.
Blázquez, por su parte, siempre va un paso por delante.
Señala de nuevo las hojas arrancadas a su libreta esparcidas como piezas de puzle sobre la mesa e informa a todos de los lugares en los que hay cámaras de vigilancia.
Moreno le da carta blanca para ir a solicitar las imágenes y pide que Duarte lo acompañe.
Lena se frustra porque vuelve a quedarse en dique seco.
—Quiero el vaciado total del móvil. Quiero otra reunión con los padres para aclarar el tema del asma.
Quiero una cronología exacta de las últimas horas de vida del crío.
Quiero saber con quién habló, con quién jugó, quiero saber cuántas veces fue al baño, qué comió y las veces que se rascó el culo.
¿Entendido? —Moreno sabe que su equipo no necesita directrices; sin embargo, siempre suelta su discursito exigente. No puede evitarlo.
—Al menos una de esas respuestas ya la tenemos. —Martín sabe que dieciocho páginas de jerga médico-forense dormirían a cualquier profano—. Entre la página doce y la trece.
Todos, incluido el jefe, se apresuran en encontrar el detalle que se les ha pasado por alto.
—Proteínas de lactosa en el estómago significa que lo último que ingirió el niño fue leche. No sé qué haría en el comedor, pero almorzar no almorzó.
Blázquez saliva con la información. Lena se lleva la mano a la boca en un intento de que no se le escape una cascada de palabrotas.
A Moreno no se le pasa el gesto, como tampoco lo hace el de Duarte, quien opta por guardar silencio y bajar la mirada.
No le gusta esa tibieza emocional. En la unidad se trabaja con las tripas y Duarte siempre fue la más instintiva del equipo.
Se plantea si es buena idea que siga con ellos o si es mejor que vuelva a coger la baja.
Piensa hablar con ella, pero no este día.
—Señores, señoras, los quiero veinticuatro siete de lunes a lunes pensando, respirando, soñando y comiendo con Lucas. Nos vemos mañana a esta hora y espero que tengáis buena información que darme —dice Moreno para dar por concluida la reunión.
La primera en salir es Daniela; ni siquiera se despide.
Necesita que el aire frío le golpee en la cara porque siente que está ardiendo.
Martín espera a estar dentro del coche para llamar a su hija.
A Blázquez se le ha pasado el hambre y el sueño, siente que tiene un hilo del que tirar y eso le alimenta.
Lena se queda la última solo para observar si el jefe tiene pensado tomarse una copa antes de irse a casa.
A Moreno le apetece esa copa, y también la compañía.