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Víctor dejó a Carol en el polígono donde está la CEIMD. El último tramo quiso hacerlo a pie, no hubo quien la convenciera de lo contrario. Es muy testaruda cuando se lo propone. Se sorprendió pensando que antes ese rasgo de su carácter le volvía loco. Ahora también, aunque no con el mismo sentido.
Había dormitado la noche anterior y se había levantado empapado en un sudor frío que le obligó a saltar de la cama a la ducha.
Mientras se preparaba el café se preguntaba por qué demonios no cerró su bocaza y dejó que los padres de Carol fueran los que se encargaran de llevarla.
En realidad, sí lo sabe; era lo que se esperaba de él, así que se ofreció a hacerlo a pesar de no apetecerle lo más mínimo.
Luego se sintió culpable y decidió ser lo más empático posible con Carol.
Su propuesta de enmienda le duró hasta que su pareja le abrazó llorando a mares.
Hay algo en el llanto que lo hace sentir incómodo.
Al igual que en el silencio. Acelera y sobrepasa la velocidad indicada de la vía; aun así, los escasos quince kilómetros se le hacen eternos.
Cuando al fin se baja del coche se le escapa el alivio en forma de larga espiración.
Le pide a Carol que lo llame cuando termine para ir a buscarla y llevarla de nuevo a casa de sus padres.
En un principio piensa en hacer tiempo en una cafetería, pero cambia de idea y con un cambio de sentido se va al gimnasio.
Al menos allí podrá drenar toda la mierda que lleva encima sin parecer un insensible.
La música, las rutinas y el poder hablar con gente que parece no saber nada del infierno de las últimas horas lo evade de su realidad.
Cuando mira el teléfono es demasiado tarde, Carol le ha dejado seis mensajes en el contestador.
En el último le dice que ha vuelto en taxi a la casa de sus padres, que no se preocupe por ella con toda la acritud del mundo.
También con toda la razón, aunque él se siente aliviado.
Y dubitativo. Sus emociones están en un cincuenta/cincuenta.
O setenta/treinta. Un noventa/diez en realidad.
Decide volver a casa. Total, no hay forma de justificar su acción y sabe que su pareja puede descargar contra él toda la rabia que lleva dentro.
Ya vio cómo trató a Diego y eso que él también es un damnificado en la pérdida.
Él no está por la labor de convertirse en un saco de boxeo.
No, por el bien de Carol y por el suyo propio, es mejor darle espacio y tiempo.
Cobardía en proporción de cien/cien.
Mientras uno huye de ella otro la necesita. Diego está plantado en el portal del edificio de los padres de Carol. Le tiembla el pulso y no se siente capaz de tocar al timbre. Le gustaría que su exmujer le dejara pasar y juntos lloraran su pérdida, pero en su dolor él es una isla.
Blázquez no pregunta a Duarte si le apetece comer.
Aparca y se sienta junto a Daniela en un bar de manteles de papel y menús a doce euros.
Él come con ansiedad, a ella la ansiedad le tiene cerrado el estómago.
Vuelve a acariciarse el vientre intentando que su compañero no se percate de su gesto.
A él le da igual lo que haga, si está embarazada es su problema.
El inspector es consciente del estado de Duarte desde el día en que alegó una crisis de ansiedad para pillar la baja.
Una tía dura como ella no se deja llevar por crisis alguna.
Le parece que tener un hijo viendo lo que ven cada día es una locura, pero no dará su opinión a su compañera, a no ser que se la pida.
Entonces le dirá que es una gilipollas de manual.
Lena está escribiendo un mensaje de difusión para que no hagan planes para la noche, siguiendo las instrucciones que le dio el jefe antes de marcharse.
Le ha jodido un poco, un mucho en realidad, que ninguno de los dos la incluyera en los planes.
Ella también come, y también tiene ganas de opinar sobre los derroteros del caso.
Lena enrolla un mechón de pelo entre sus dedos y juega con él.
¿Por qué no han contado con ella? Lo está haciendo bien.
¿Lo está haciendo bien? ¡Claro que lo está haciendo bien!
Verifica que todos los dispositivos han recibido el mensaje de que Moreno quiere una reunión a las nueve, y quiere información fresca. Lena observa el mechón de pelo que tiene en la mano.
Martín lo lee justo después de haberle dicho a su hija que puede llevarla a ella y a sus amigas al cine.
Todos creen estar en el infierno y ninguno sabe que los infiernos no se eligen, te eligen ellos a ti.