No apartes la mirada 14
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Blázquez abandonó la unidad con una idea fija: pasar por el bar Maspalomas a la salida del pueblo, pillar una ración de patatas revolconas con torreznos y bajarlas con un tinto, ya acomodado en su sofá. El cuerpo le pedía descanso, pero Moreno tenía otro plan para él.

Por eso estaba allí, frente a la puerta del colegio, esperando a Duarte, que acumulaba veinte minutos de retraso.

En realidad, Daniela llegó puntual al colegio, pero un dolor intenso la mantenía sentada en el coche, intentando decidir si debía hacer su trabajo o acudir a un centro de salud. Optó por lo que menos miedo le daba: lo primero.

Blázquez, que se tiene por un gran fisionomista, en cuanto ve bajar del coche a Daniela mueve la cabeza de lado a lado. A la inspectora le pasa algo. Algo que no es asunto suyo y por lo que no pregunta.

Rosa se acerca por cuarta vez a la ventana.

Respira hondo al ver al policía allí plantado.

Mira el reloj. Llegó hace ya media hora y se ha dedicado a andar arriba y abajo, con las manos a la espalda.

Se pregunta a qué estará esperando para entrar.

No tarda en darse cuenta de que el motivo es Daniela. La situación se le complica.

La directora lleva cinco años en ese navío a la deriva en el que se ha convertido el centro.

El Cervantes ha vivido épocas mejores. Décadas atrás era el colegio de referencia en el centro de Ávila.

Su metodología se consideraba aperturista y su plantilla docente era joven, lo que facilitaba la creación de lazos con los alumnos.

Hoy en día, de aquella innovación no queda nada.

Las decenas de reformas educativas por las que ha pasado, unidas a un descuido patrimonial por parte de la Consejería de Educación, le han hecho perder el punto de innovación que le caracterizaba.

En su interior sus carencias eran aún más evidentes: infraestructuras con necesidad de reforma urgente y personal incapaz de abordar la demanda lectiva.

La tutora de Lucas está enfrascada en una conversación por wasap. Ese sábado tenía planeada una escapada con su chico a Zamora y todo se le ha ido al traste con la movida del niño desaparecido.

De las tres, solo Rosa sabe que Lucas ha muerto y, por eso, insistió en que deberían contar con un representante legal en ese momento. Martina lo descartó de inmediato.

Blázquez sabe que llevará la batuta en la toma de declaraciones. Moreno le ha explicado que lo mejor es dejar a Duarte fuera, dada su relación con la familia. Se apostaría medio sueldo a que el jefe sabe lo que le pasa a la inspectora, pero no abrirá la boca.

Toca el timbre y se abre la puerta lateral del centro.

Atraviesan un recibidor y llegan a unas escaleras donde las tres mujeres les esperan.

Daniela sabe que hasta ahí puede acompañar a Blázquez y, pasando la mano por su hombro, se aleja del grupo.

Es curioso, el inmenso pasillo que lleva de la entrada al patio del recreo ahora le parece pequeño y oscuro.

No había vuelto a entrar en el centro desde que terminó sus estudios.

Los ladrillos rojizos de la fachada no le parecen la estructura sólida de cuando estudiaba allí.

El asfalto verdoso del patio está descolorido y en algunas zonas se ha levantado, favoreciendo que la lluvia deje multitud de charcos repartidos en los que los más pequeños chapotearán durante el recreo. Para ellos, la lluvia es divertida.

Para Lucas no lo fue.

Le viene la imagen del niño sobre el césped del parque y se estremece.

No puede evitarlo y se acaricia el vientre por segunda vez tras el nuevo intento.

Se pregunta si a él o ella también le gustará jugar en los charcos.

Se estremece con más fuerza y se obliga a dejar de pensar en ese futuro lejano.

Blázquez ha querido entrevistar a las tres mujeres juntas. Tiene hambre y quiere terminar cuanto antes. En cuanto las observa, detecta el eslabón más débil: la cuidadora del comedor, la tal Rosa.

—Buenos días, señoras. Vamos a ir al grano. ¿Qué le pasa a Lucas en el colegio?

Las tres se miran, como si no entendieran la pregunta.

—Nada —dice Martina, la directora.

—¿No han notado un cambio en su comportamiento en los últimos meses?

—Ninguno. Es un niño tranquilo. No da guerra —aclara su tutora.

—¿Se lleva bien con sus compañeros?

—Lucas no es el alma de la fiesta, pero tiene su grupo y se lleva bien con ellos.

—¿Puede darme el nombre de los componentes de ese grupo? —pregunta Blázquez, abriendo su libreta para tomar nota.

—Bueno, no sé hasta qué punto esa información se puede considerar sensible. Estamos hablando de menores —dice la directora, hilando fino sus respuestas.

—Estamos hablando de un niño muerto. Las sensibilidades se han quedado atrás al principio de la película, así que si son tan amables...

Las dos mujeres que desconocían el trágico desenlace dan un respingo. La cosa se complica. La directora traga con fuerza; a la tutora se le humedecen los ojos. Necesitan tiempo para procesar la información.

Tras varios minutos de silencio doloroso para ellas y desesperante para el policía, la tutora menciona a tres niñas y a dos niños. La directora busca en los archivadores y facilita el número de teléfono de los padres. Quiere parecer colaboradora.

—Cuéntenme cómo fue el viernes del suceso.

A Rosa le chirría que un policía califique la muerte de Lucas como un suceso.

—Se comportó como siempre. Llegó cuando la puerta ya estaba cerrada. Lo trajo su padre y poco más —explica la tutora.

—¿Es posible que me faciliten su horario?

La directora se pone de pie y enseguida vuelve con una fotocopia.

Se trata del diario de incidencias. Una especie de cuaderno en el que cada profesor deja anotaciones sobre su hora lectiva en el aula.

Blázquez le echa un vistazo. Hay simples comentarios como que un tal Adrián ha estado muy hablador, que Lucía no ha llevado los deberes terminados o que Valeria se ha traído una muñeca de casa.

El nombre de Lucas solo aparece una vez.

—¿Qué significa esta X al lado de su nombre?

La tutora se acerca y lo mira.

—Lucas estaba exento de Educación Física.

—¿Por qué?

—El asma de Lucas podía complicarse con el ejercicio y no queríamos empeorar su condición. Desde el año pasado, la hora de Educación Física la destinaba a otras actividades.

—¿Qué tipo de actividades?

—Lucas tenía una capacidad creativa muy desarrollada para su edad, así que solía pasar esa hora en la biblioteca o en la sala de artes plásticas.

—¿Solo?

—Siempre con el profesor de guardia.

La tutora baja la mirada hacia sus manos en un gesto breve que podría pasar desapercibido a cualquiera que no fuese Blázquez. Es la señal que ha estado esperando. Se coloca el machete entre los dientes y comienza el ataque.

—¿El viernes quién estuvo de guardia a esa hora?

—Yo —dice la tutora, en un susurro.

—Detálleme esa hora.

—Terminé mi penúltima hora en tercero y fui directa a la biblioteca. Tenía clases que preparar. Lucas estaba allí sentado. Estuvo leyendo un cómic y después se centró en dibujar hasta que sonó el timbre de la salida.

—¿Interactuó con usted?

—No. Estuvimos en silencio, enfrascados cada uno en lo suyo.

—¿No usó el móvil durante esa hora?

La pregunta pilla por sorpresa a las tres mujeres.

—Están prohibidos dentro del centro —matiza la directora.

—Nos consta que Lucas portaba un móvil y, si lo trajo a clase, debemos entender que lo usaba. ¿Es posible que lo usara mientras usted estaba concentrada en su trabajo?

—No lo creo —dice. A la tutora se le ha subido toda la sangre a la cara. Para Blázquez, la mujer grita culpabilidad en todos los idiomas.

Se la juega a una carta y saca el móvil.

En voz alta pide a su compañera Lena que solicite las horas de última conexión del móvil encontrado a Lucas.

Lo bueno de su compañera es que sabe leer entre líneas y sigue la conversación.

Además, es algo que ya ha solicitado a la compañía telefónica y que espera tener en breve.

—¿Y en el comedor?

—En el comedor tampoco. Llegó antes que el resto, se sentó donde siempre y comió. Cuando terminó, se quedó sentado en la esquina hasta que avisé de que podían ir saliendo —responde Rosa con más seguridad en su voz.

—¿No interactuó con sus compañeros?

—No, de su clase es el único que come en el centro.

—¿A qué hora le vio por última vez?

—Cuando recogí su bandeja, pocos minutos antes de las tres.

—¿Es posible que saliera del comedor sin que le viera?

—No. Se sale por orden y Lucas estaba sentado el último de la fila, al fondo, pegado a la pared. No podía salir sin que lo hiciera el resto primero.

Blázquez intenta imaginarse el lugar y la ubicación del niño. Se hace una idea y, aunque tiene pensado pedir que le abran para sacar unas cuantas fotos, pide que le hagan un dibujo en su libreta.

Comprueba que no se ha equivocado en lo imaginado.

—¿Y dicen que siempre elegía este sitio para comer?

—Sí, desde el año pasado ese es su asiento. Los chicos del comedor se respetan esas cosas —aclara Rosa.

—¿No le parece extraño que un zurdo escoja un puesto donde, al comer, su mano tropieza con la pared?

—Ah, bueno. Eso no suponía un problema. Lucas era ambidiestro, en realidad. Escribía con la izquierda, pintaba con la derecha.

Blázquez sonríe, tiende la mano a las tres mujeres y se despide. En un tono natural les comunica que es posible que vuelva a ponerse en contacto con ellas, porque siempre quedan preguntas en el aire.

Rosa percibe el comentario como una amenaza. Siente que las respuestas de sus compañeras las han dejado en evidencia.

De nada ha servido que quedaran dos horas antes para prepararse bien lo que iban a decir.