13
El vaso de agua que Carol mantiene entre las manos amenaza con desparramarse sobre su ropa. No le importa. No quiere agua. Siente que en cualquier momento va a vomitar. O a gritar. O a romper a llorar.
Se golpea con los puños en la sien. Una, dos, tres, muchas veces. Quiere arrancar a golpes la idea que la policía ha sembrado en su cabeza.
No. No puede ser.
Víctor y Lucas apenas mantenían contacto, ella prefería mantener esa parcela de su vida fuera de la relación. Aunque es cierto que, alguna que otra vez, tiró de su pareja para que le cuidara cuando no tenía más remedio.
Su madre pasa mucho tiempo entre médicos y hospitales y, siendo hija única, es a ella a quien le corresponde hacer de acompañante. Diego siempre le ponía las cosas difíciles cuando le pedía que se quedara con el niño fuera del horario impuesto por el convenio regulador.
Víctor era su opción más... cómoda.
¿Comodidad? ¿Su hijo está muerto por su comodidad?
Carol cruza los brazos sobre la mesa y mete la cabeza entre ellos. Que el mundo se apague de una maldita vez. Es lo único que quiere.
Lena decide darle tiempo a la madre y sale de la sala. Lo hace con una sonrisa superlativa. En su cabeza, su propia voz le dice: «¡Buen trabajo, Lenita!».
Su entusiasmo le dura hasta atravesar la puerta de la sala de audiovisuales; allí, las caras serias de Duarte y Moreno la descolocan.
—¿Qué coño ha pasado ahí dentro, Lena? ¿Te has vuelto loca?
—He hecho lo que tenía que hacer: sacarle información. —Lena entrecierra los ojos. No entiende el tono que emplea la inspectora.
—Pero es que no se trataba de un interrogatorio. ¡Era solo una toma de declaración!
—¿Soy la única a la que le parece muy extraño que se haya presentado aquí con una cronología demostrable de cada uno de los pasos que dio ese día?
—Ya ibas como un miura antes de hacer la primera pregunta —afirma Moreno.
—Se lo he visto hacer cientos de veces a Duarte.
—¡Cuando me están mintiendo a la cara! —salta Daniela, incapaz de contenerse.
—¡Y nos miente! ¿La madre no veía a su hijo en el baño? ¿El crío se vestía solo?
—Para eso se reconduce la entrevista haciendo las preguntas correctas, no se le lanzan a una madre las imágenes de su hijo en una mesa de autopsias. ¡Joder, que le has provocado un puto shock! —Moreno se pone de pie y mira con dureza a la joven.
—No descartemos que fingiera —dice Lena.
Daniela lanza los auriculares contra la mesa; con los ojos cerrados se pinza el puente de la nariz y respira con fuerza. Le duele. Le duele cómo se ha tratado a su amiga, le duele la verdad tras las palabras de Lena, y le duele en un lugar difuso entre el abdomen y la pelvis.
Por el contrario, a Blázquez, que entra como si la unidad fuera el bar del pueblo, le duele en un punto muy concreto: bajo el ojo derecho, justo el lugar donde encajó el golpe de Santiago.
Hubiera preferido una patada en los cojones, que duele más, pero se nota menos.
Moreno y sus compañeras le han dedicado unos segundos más de atención que en un día normal.
Está seguro de que se preguntan qué demonios le ha pasado.
—Me ha golpeado la puerta del baño —dice con sorna, para dar por zanjado el tema.
Solo Lena le ríe la gracia.
Moreno hace un resumen rápido al recién llegado y enseguida se centra en la inspectora. No parece estar bien. Sobre la marcha, cambia de planes.
—Blázquez, acompaña a la madre hasta su coche y trata de ser diplomático. Tú, Lena, ve a la calle y pega un par de gritos. Quiero oírlos desde aquí.
—¿Qué? —La petición deja a Lena descolocada.
—Que te enfríes la cabeza, hostia. Te necesito despejada para que tomes declaración al padre.
—¿Yo? No. Ya has visto mi metedura de pata. Duarte está cabreadísima y...
—No te estoy preguntando si quieres hacerlo. Vas a hacerlo.
Lena sale a la fría mañana de Ávila y grita como si la vida le fuese en ello.
No le cuesta nada hacerlo. Toda la rabia contenida que lleva dentro le sale por las cicatrices que parecían curadas.
De sus compañeros de unidad, tan solo Moreno conoce algo de su pasado.
Tuvo que explicarlo cuando en la entrevista de trabajo salió a la luz su año en el centro de menores.
Sus padres perdieron la custodia tras varias llamadas de su profesora a Asuntos Sociales.
Lena no se cortaba con cuchillas, ella se consumía por hambre.
Su grito es impotencia. Es el deseo casi irrefrenable de hacer daño a una madre que no se enteraba de nada.
Cuando Lena regresa a la sala de audiovisuales tiene la nariz enrojecida por el frío y la confianza recuperada. Moreno le hace un gesto con la barbilla y los dos se dirigen hacia la segunda sala de espera.
Durante el trayecto se pregunta si lo que le mueve a incluirla de forma activa en el grupo tiene algo que ver con el momento alcohólico de la Caníbal. Descarta la idea. Podría ser su hija.
—Quiero que te mantengas atenta a todo. No abras la boca, limítate a escuchar y aprender. ¿Entendido? —dice Moreno, con la mirada cargada de autoridad.
—Por supuesto.
El grito anterior ha sobresaltado a Diego, quien permanece en la pequeña sala donde lo metieron una hora atrás.
Le castañean los dientes, tiene sudores fríos y es incapaz de estar sentado más de cinco minutos.
Le duelen los huesos, los músculos, el alma.
Sus pantalones y el jersey que lleva puestos parecen pertenecer a otra persona más alta, más ancha, como si de un día para otro el espacio que ocupa su cuerpo se hubiera reducido.
Cuando entran en la sala donde los espera Diego, los dos policías se lanzan una mirada rápida.
Lo pillan al vuelo, han visto a muchos en esa situación. El cuerpo le grita que se meta mierda.
—¿Te apetece un café, Diego? ¿Agua? —De pronto, Moreno cambia sus formas rudas por las de un ser cercano y amable.
—No, estoy bien así.
—Te agradecemos tu tiempo y tu predisposición.
—¿Dónde está Carol? —pregunta frotándose las manos.
—Hemos terminado con ella y se ha marchado. —Moreno hace una pausa de unos segundos que no viene a cuento. Lena lo mira de reojo y se sorprende ante la compasión en el rostro de su superior—. Tenemos entendido que usted llevó a su hijo al colegio el viernes.
Diego asiente.
—Y tenía que recogerlo a las tres, cuando saliera del comedor.
Diego asiente.
—Pero llegó tarde. ¿Qué pasó, Diego?
—La maldita lluvia. Parece que en esta ciudad no saben conducir con el asfalto mojado. Salí con tiempo de sobra y, aun así, me pilló el atasco en la avenida. Doce minutos. Solo fueron doce minutos. No fui el único en llegar tarde, ¿sabe? Cuando entré todavía quedaban padres allí.
—Sí, seguro que no fue el único. Todos sabemos cómo funcionan las cosas cuando llueve.
Yo mismo llegué tarde a un servicio ese día.
—Moreno da un trago de agua y enlaza los dedos de las manos.
Quiere darle tiempo—. Además, el horario de los colegios no se ajusta a los horarios de la vida real; imagino que, siendo comercial, se le complica aún más.
Diego asiente.
—¿A Lucas le gustaba ir al colegio?
—No entiendo la pregunta.
—Me refiero a si era el típico niño remolón al que había que presionar para sacarlo de la cama.
—No... Bueno, Lucas es un niño tranquilo. No da guerra. Lo llamas y se levanta enseguida.
—¿Tenía amigos?
—Pues claro que tiene amigos. Es un crío.
—¿Cómo se llama su mejor amigo?
—Pues... Borja. Creo. Ahora no estoy seguro. Carol es quien se ocupa de los cumpleaños y de las actividades extraescolares.
—¿No le pidió llevar a sus amigos a casa? ¿Tal vez quedarse a dormir en casa de algún compañero?
—No. Puede ser que se lo pidiera a Carol.
—¿Cómo se divertía en casa?
—Le gusta estar en su cuarto.
—Bueno, ya no se juega como antes. Ahora los críos se divierten con videojuegos. ¿Le gustaban a Lucas?
—Lo normal, supongo.
—¿Sabe cuál era su favorito?
—Uno de construir cosas. No recuerdo el nombre.
—Claro, con tanta oferta es imposible controlar esas cosas.
Consolas, tablets, hasta los teléfonos, ¿verdad?
—Diego deja escapar el aire por la boca—.
No es que a los padres nos guste hacerlo, pero a veces no queda más remedio.
A veces llego a casa tan roto que, cuando mi hija me pide que juguemos, le doy el teléfono.
Diego baja la mirada.
Lena disimula una mueca de sorpresa. Moreno sabe mentir; viene incorporado con su puesto. Él no tiene hijos.
Lena se revuelve en la silla.
—Antes ha dicho que a Lucas le gustaba estar en su cuarto. Si yo estuviera en su lugar, estaría encantado. Es más, daría años de vida para que mi hija fuese más independiente.
Diego sigue sin levantar la mirada.
—Carol nos ha dicho que Lucas lo era.
Diego abre la boca y la cierra al instante.
—No sabe atarse los cordones —dice sin ser capaz de mirar a los ojos a los policías.
—Bueno, eso no lleva más de medio minuto. Ducharlos, vestirlos... Eso nos obliga a levantarnos una hora antes.
Diego se frota las manos varias veces.
—¿Lucas se vistió solo ayer?
—Sí, mientras yo atendía una llamada de la inmobiliaria.
—¿Solo ayer o lo hacía siempre?
—En mi casa lo hacía solo, pero será mejor que le pregunten a Carol.
—¿También se duchaba solo?
—Tiene ocho años. No es peligroso. Yo me aseguro de que el agua no esté demasiado caliente. Dejo la toalla a su alcance y estoy pendiente.
—Por supuesto. ¿Cuándo empezó a ser más independiente?
—No podría dar una fecha exacta. Más o menos cuando empezamos a vivir separados. ¿Quieren explicarme a qué vienen estas preguntas?
Lena descruza las piernas y vuelve a cruzarlas. Por el rabillo del ojo ve que su superior la observa. Se dice a sí misma que tiene que mantener las formas. Se pregunta si pasaría algo si saliera a la calle a dar otro par de gritos.
—Tan solo estamos intentando hacer un perfil de cómo era Lucas.
—Lucas es un buen niño.
—No nos cabe duda de ello.
Diego estira los labios en una mueca que pretendía ser sonrisa.
—Una última cosa —dice Moreno—. Esta mañana nos ha costado localizarle. Nos hemos visto obligados a dejarle una notificación en su casa.
—Sí, he perdido el móvil. Debí dejarlo en alguna visita de la mañana.
—Vaya. Una putada. Lena puede acompañarle a poner una notificación de pérdida. A ver si hay suerte. —Le guiña un ojo y ella entiende que esa es su penitencia por haberla cagado con Carol.
Moreno se pone de pie y se despide de Diego con un apretón de manos.
En la sala de audiovisuales, Daniela lo espera. Con cruzar miradas se entienden. Es demasiado pronto para conjeturas, pero un padre ha cambiado su condición de denunciante a sospechoso.