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Quien sí es consciente de que la están grabando es Carol.
Pide explicaciones nada más entrar al cuarto al que la lleva una joven para tomarle la declaración.
Lena le explica que es un acto rutinario, que no tiene de qué preocuparse.
A los policías a veces se les olvidan detalles y las grabaciones ayudan a rellenar esas lagunas.
Carol no la cree. Como tampoco cree que su amiga esté terminando un asunto importante y que volverá en cuanto pueda.
Se equivoca.
Daniela está en una sala contigua con los auriculares puestos sin perder detalle de las respuestas de su amiga. Se siente extraña al estar a ese lado, aunque tiene asumido que es lo correcto. No puede evitar sentirse inútil. No le gusta el cariz que está tomando la situación.
Lena tiene instrucciones de cumplir con el papel de poli bueno y, si no obtiene información, ceder el puesto a Moreno.
Aunque para ella eso no es una opción. Lleva a sus espaldas horas y horas de visualización de interrogatorios.
Sus compañeros no lo saben, pero ella se lleva a casa las grabaciones y las estudia en la cama.
Muchas noches se queda dormida viendo en acción a Duarte. Le parece una delicia.
Con lo que no cuenta Lena es con la colaboración absoluta por parte de la madre, quien no solo le narra minuto a minuto el día de la desaparición de Lucas, sino que también le aporta el recibo de una gasolinera a la llegada a Madrid con fecha y hora, el del aparcamiento del hotel, las entradas a la bodega y los cargos del peaje de vuelta.
A Lena le chirría que una madre que vive el duelo de su hijo haya tenido la calma suficiente para reunir los justificantes de todos sus movimientos.
—¿Sabía que su hijo se hacía cortes en las piernas desde hace un año?
—¿Qué?
Lena lanza las fotografías de las piernas del niño, que Martín le había pasado con urgencia por propia petición. Daniela, en la sala contigua, se pone de pie de un salto. Quiere intervenir, pero Moreno, que observa a su lado, se lo impide.
Carol aparta la silla hacia atrás y se tapa la boca con las manos temblorosas. Las lágrimas le brotan de inmediato.
—¿Usted lo sabía? —insiste Lena.
Carol no puede hablar. No puede respirar. No puede moverse. Tiembla. Su cabeza no es capaz de asimilar lo que ven sus ojos.
Con un susurro, niega saberlo.
—¿Pretende que crea que su hijo se hacía cortes de diez centímetros día sí y día también y usted no lo sabía?
Carol vuelve a negar.
—Míreme, Carol, estoy aquí para averiguar qué le ha pasado a Lucas. Sea sincera conmigo.
—No lo sé. Yo... yo... nunca le había visto esas marcas... ¿Por qué...?
Carol se derrumba. Comienza a llorar desesperada y grita el nombre de Daniela.
—Estamos solas, Carol. Su amiga no está.
Ahora su amiga soy yo. Dígame por qué su hijo se hacía daño.
¿Qué le pasaba? ¿Tenía problemas en el colegio?
¿Con su exmarido? ¿Con su nueva pareja? ¿Cómo se llevaba su novio con él?
¿Lo dejaba a solas con él? ¿Es posible que sufriera malos tratos por parte de algún conocido o amigo de la familia?
La mujer ya no la escucha. No la ve. No la siente cuando le golpea la cara. Carol ha perdido el conocimiento.