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Como cada sábado, Santi llega en moto a dejar a su hijo al campo de fútbol. Blázquez lleva esperándolo veinte minutos. Por cortesía aguanta hasta que el chaval se reúna con sus compañeros de equipo para abordarle.
—Santi, Santi, Santi... Hay que levantarse un poco más temprano.
El camello lo mira extrañado. Se le nota el esfuerzo por reconocer al tipo vestido como un macarra que se le acerca. Echa un vistazo a su alrededor. No quiere clientes cerca de su hijo.
—¿Qué quieres?
—No lo sé. ¿Qué puedes ofrecerme?
No está dispuesto a exponerse por unos cuantos euros. Se pone el casco y sube a la moto. Blázquez se coloca delante y, con rapidez, pulsa el botón de desconexión para que no llegue la corriente al motor.
—¿Qué cojones haces? ¿Estás gilipollas?
Blázquez sonríe y, acto seguido, deja ver la placa que lleva en el interior de la chaqueta. Santi aprieta la mandíbula. Eso no se lo esperaba. Ahí no.
—De momento no voy a hacer nada. Solo de momento, y depende de ti. Si me haces perder la paciencia, te engrilleto y esperas tranquilito en el calabozo hasta que el juez me firme la orden de registro. Eso incluye la mochila del chavalín tan mono que acaba de entrar. Bájate y hablemos.
Santi levanta las manos a modo de tregua. Lo que sea con tal de que su hijo no se vea salpicado en medio del partido de fútbol.
—Tú dirás.
—¿Qué te ha pasado en la cara?
—Me he cortado afeitándome —dice, pasando la mano por la herida que lleva a la altura de la mandíbula.
Blázquez chasquea la lengua.
—Te voy a dar una oportunidad más porque me gusta tu moto. Santiago Ramos Mancor, ¿qué te ha pasado en la cara?
—Ayer tuve una discusión con un tipo.
—Sí, con Diego Robles. Lo sabes tú, lo sabe Diego y lo sabemos todos. Ahora quiero saber el motivo.
—Me pidió fuego y no llevo mechero.
El golpe en el costado es tan rápido que no lo ve venir. Dos madres que se habían quedado hablando los miran extrañadas. Blázquez se ríe de forma escandalosa y echa la mano por los hombros del camello. Parece un saludo de compadreo más que una agresión policial.
—Cabrón. No puedes tocarme.
—Puedo hacer lo que me salga de las pelotas.
Y si me sigues vacilando, te juro por mi madre que vas a pasarlas putas.
Al hijo del hombre con el que discutiste ayer lo están rajando como a un ternero en una sala de autopsias.
¿Y a quién crees que tienen en el punto de mira?
Ding, ding, ding... Perrito piloto para Santiago.
El camello trata de que no se le note el impacto de la noticia ni las consecuencias de que su nombre se vincule al del padre.
—Yo no tengo nada que ver con eso. Ese tipo vino a por mí en el bar. Estaba desesperado por pillar. Me negué. Todavía me debe pasta. Le dije que me dejara en paz y se pirara a por dinero.
—¿De qué cantidad estamos hablando?
—Tres mil.
—¿Desde cuándo eres su camello?
—Desde principios de verano, más o menos.
—¿Y qué pasa? ¿Te fiabas como para darle carta blanca?
—Venía recomendado.
A Blázquez le hace gracia que, entre seres repugnantes como el Santi, exista una escala de valores para juzgar quién era apto para comprar su mierda.
—¿Por quién?
—Eso no puedo decirlo.
—Puedes no decírmelo a mí. Seguro que te gusta más hacerlo ante el juez.
—No sé su nombre.
—¿No sabes su nombre y confiaste en su palabra? Venga ya, hombre, que me estás calentando y voy a terminar estallando.
—No sé su nombre, lo juro por mi hijo.
Blázquez se cabrea y da una patada a la moto, que se tambalea, aunque no llega a caerse.
Santi, que si pudiera metería en la cama a su moto, se lanza contra el policía y ambos terminan en el suelo.
El camello lanza el primer puñetazo, que cae directo en el pómulo del policía.
Blázquez se sorprende por la fuerza del impacto y se da cuenta de que no será tan fácil como creía.
Le divierte. Por este tipo de cosas se metió a policía.
Consigue esquivar el segundo golpe y aprovecha para soltar uno fuerte a la altura de las costillas de Santi.
Eso hace que, durante unos segundos, se quede sin aire, lo que da una pequeña ventaja a Blázquez.
Antes de que el camello pueda reaccionar, acaba con la cara contra el suelo.
Siente el peso del policía aplastándole la espalda.
Se revuelve en intentos vanos de zafarse de su opresor, pero no sirve de nada. Está inmovilizado.
Cualquier otro policía le hubiera puesto las esposas a Santiago y lo habría llevado a comisaría, pero Blázquez no es cualquier policía. Con la adrenalina por las nubes no distingue el principio del final, así que golpea sin medida el cuerpo de un hombre que no tiene posibilidad de defenderse.
Blázquez no lo sabe, pero alguien lo está grabando.