No apartes la mirada 10
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Daniela entra a la central con cinco vasos de café en una mano y una bandeja con bollos de chocolate y crema en la otra.

Moreno llega unos minutos más tarde. Su perfume invade la sala de reuniones. Lena entra con sus auriculares de color rosa chillón puestos. Se sorprende al comprobar que no es la primera en llegar.

Ambas mujeres llevan unas pronunciadas marcas violáceas bajo los ojos.

A la inspectora los cortes en el cuerpo de Lucas le han robado el descanso.

A Lena ha sido la jarana hasta altas horas de la madrugada.

En su rostro queda la sombra del maquillaje usado la noche anterior.

Solo ha tenido tiempo de pasar por casa a cambiarse de ropa.

Sonríe al ver a Duarte y rechaza su ofrecimiento de bollos.

Su estómago aún no admite nada sólido. Desde fuera no se le nota la rabia que le da no ser la primera en llegar.

Le gusta ir un paso por delante de Duarte y que el informe del vaciado del teléfono ya la estuviera esperando cuando ocupara su silla en la sala de reuniones.

Las sillas de Martín y la de Blázquez están vacías. El primero hace pocos minutos que ha terminado la autopsia y se dispone a redactar el informe definitivo. Otro día en el que no compartirá tiempo con su hija. El segundo está cumpliendo órdenes de Moreno.

Blázquez es un camaleón. Un tipo capaz de adentrarse en todos los ambientes sin que se le mueva un pelo de su siempre impecable tupé ochentero.

Moreno fue el impulsor de su fichaje para la unidad y Blázquez no se lo pensó dos veces.

Madrid centro se estaba convirtiendo en un polvorín, con expedientes por corrupción, amiguismo y polarización política en exceso, así que una salida airosa antes de que su nombre se viera salpicado por la mierda le pareció la oportunidad perfecta.

Además, trasladarse a Ávila le parecía la mejor forma de dejar atrás una relación asfixiante con una mujer de la que nunca ha dicho su nombre.

¿Qué podía salir mal en una ciudad en la que está la academia de policía de todo el país?

Todo. A Blázquez le salió mal todo. Odia la ciudad.

Le parece vieja, que no antigua, con servicios escasos, y no es capaz de adaptarse al frío a pesar de haber vivido una larga temporada en la sierra madrileña.

Moreno no tardó en recibir su solicitud de traslado.

Blázquez quería irse al sur; Cádiz le parecía una ciudad tranquila en la que sí podría sacarle partido a su escaso tiempo libre.

El jefe le persuadió dándole libertad de acción.

Sus compañeros no saben su horario y están acostumbrados a no verlo pisar la central durante toda la semana.

Lena lo llama el fontanero de la unidad cuando nadie la escucha.

A Martín le es indiferente porque no se preocupa por alguien con quien no comparta ADN.

Daniela piensa en él como el típico poli anclado en los dos mil, y Moreno está encantado de tener en su plantilla a alguien que no le importe llenarse de mierda cuando es necesario.

Fue el propio jefe quien le dijo que se saltara esa reunión e iniciara la investigación por otros derroteros.

—Bien, equipo. Pongamos sobre la mesa lo que tenemos. Hoy quiero avances y respuestas. Cuéntanos lo que has descubierto en el teléfono, Lena.

A la joven le sorprende que le dé prioridad a su campo y supone que, al final, no le ha hecho mucha gracia que ella fuera quien reconoció a Diego.

Daniela toma un pequeño sorbo de su descafeinado y entrelaza los dedos de sus manos. Sabe que lo que viene a continuación no va a ser cómodo.

—Cerca del cuerpo de Lucas encontraron un teléfono.

La lluvia había hecho estragos en él, pero he podido acceder a la nube y rescatar información.

—A Lena le encanta cuando le prestan atención—.

En un primer momento me extrañó que un niño tuviera un terminal tan nuevo: solo lleva un par de meses en el mercado.

—Los chavales de ahora viven mejor que nosotros, eso lo sabemos. Ve al grano, Lena. —Moreno no soporta esa manía de andarse por las ramas.

—Los teléfonos más punteros guardan patrones de uso para optimizar su batería. Es decir, si durante la madrugada permanecen encendidos pero no operativos, pasan a una situación de stand by . Y eso es lo más significativo. El tiempo medio de uso era de dieciocho horas diarias.

—¿Eso es mucho? —pregunta Duarte.

—Yo no llego a las doce horas y lo uso como herramienta de trabajo.

—¿Quieres decir que el niño se pasaba las horas pegado al teléfono? —inquiere Moreno.

—Sí y no. Veréis, he hecho la segmentación del uso.

Hay muchas horas dedicadas a la parte social del teléfono: mensajería y algo de redes sociales.

Por lo que he visto, el padre se escribía con una mujer.

Tenéis el nombre de la mujer y su número en el informe.

Compartían fotos, música y algunos memes; ese era el uso que el padre daba al teléfono fuera de su actividad laboral.

—¿Sabemos a qué se dedica el padre?

—Es comercial de una empresa farmacéutica —aclara Daniela a Moreno, anteponiéndose a Lena, quien también había indagado en ese terreno.

A Moreno ese detalle no le parece tan importante y hace gestos con la mano a Lena para que continúe.

—El uso principal del aparato eran los juegos. Mejor dicho, un solo juego: Trenit. En las últimas semanas Lucas se metió auténticos maratones. Desde las doce de la noche hasta las cinco de la mañana fueron sus horas más activas.

—¿Es que ese niño no dormía?

—Poco, por lo que he podido comprobar —responde Lena a Moreno.

—¿Y el padre no se enteraba?

—Tal vez lo permitía. Puede que le diera el teléfono al niño y no se diera cuenta de que pasaba la noche entera despierto.

—Parece que desconocía muchas cosas que conciernen a su hijo. El crío tenía las piernas llenas de cortes y ahora esto. ¿A qué hora les has citado? —quiere saber Moreno.

—A la madre a las nueve. Al padre a las once —responde Daniela con rapidez.

—¿Separados?

—Creo que es lo mejor dada la situación que atraviesan.

—No me jodas, Duarte. Nada de concesiones. No voy a perder el tiempo siendo políticamente correcto. Lena, llama al padre y dile que se adelanta la toma de declaración. Lo harás tú. Duarte, a ti te quiero fuera.

Daniela asiente, sabe que el jefe tiene razón.

Su relación con la familia los coloca a todos en una posición delicada.

A Lena se le acelera el pulso. Cinco meses esperando el momento en el que la pongan a la cabeza de una toma de declaración y, cuando llega, le chirría.

Dirige una mirada a Duarte, a quien parece no sorprenderle la decisión.

Se pregunta si esta reunión a la que faltan dos de los pesos pesados de la unidad no es más que una performance .

Lena, tan intuitiva. Lena, tan lenta. No se equivocaba.

Justo las dos piezas del tablero que sí estaban presentes en la reunión habían quedado hora y media antes en la cafetería de la entrada a la ciudad.

Llevaban años haciéndolo. Lo tomaban como un ritual con el que comenzar una investigación, frente a un expreso doble y una infusión.

Esa mañana, Daniela y Moreno hablaban sobre el punto que más preocupaba al inspector. La propia Daniela.

Es ella quien pone sobre la mesa el nombre de Pajés. Sabe que en cuanto el caso salte a la palestra querrá información y no tardará en unir cabos. Cualquier dato obtenido por ella podría ser invalidado en un tribunal por su relación con los implicados.

Daniela sabe que sobra. Moreno sabe que la necesita. Saca a colación el nombre de Lena. A Daniela no le agrada la idea. Moreno expone razones sin peso, pero lógicas.

Y así es como Lena pasa de ser una compañera a ser una marioneta en las manos de sus superiores.