No apartes la mirada 9
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A Diego le asfixia el silencio de su piso.

Los días en los que Lucas estaba con su madre procuraba llegar tarde, agotado o bebido.

Más de una vez, al despertar, se preguntaba cómo había llegado a la cama.

En el divorcio la casa se la quedó Carol, ella podía hacer frente a una nueva hipoteca que a él le habría asfixiado de por vida.

Lo único decente que pudo comprar fue ese piso a las afueras, con vistas a más edificios y a un páramo.

Piensa en tumbarse en la cama, la cabeza le va a estallar, pero lo que hace es entrar al cuarto de Lucas. Rebusca en el armario en busca del jersey de Spiderman. Saca toda la ropa de los cajones y al no encontrarlo siente que al menos eso lo había hecho bien.

La paz mental le dura medio minuto.

Allí están todas las pertenencias de su hijo.

Su dinosaurio de peluche, los muñecos de superhéroes regados sobre la cama, un tebeo que se había empeñado en que le comprara el día que pasaron en Segovia, la gorra que le trajo cuando se escapó a Valencia con sus amigos tratando de huir de todo y de todos. Incluido Lucas. Su ropa. Su olor.

Se le escapa un grito desgarrador y luego otro, y otro.

Y al final, las lágrimas. Y con ellas llega la certeza de que no puede estar ahí.

Vuelve a ponerse el abrigo y se prepara para salir a la gélida noche abulense.

Coge las llaves del coche y, antes de salir, piensa en llamar a Santi.

Se da cuenta de que sigue sin móvil. Se dirige a su habitación, donde llevará todo el día cargándose.

Cierra los ojos al pasar frente a la habitación de su hijo.

El teléfono no está. Revuelve la ropa de la cama sin hacer y no lo encuentra. Se agacha para mirar por el suelo y tampoco lo localiza. Mira en el baño y encuentra algo que no busca.

Allí, en la cesta de la ropa sucia, ve el maldito jersey de Spiderman.

Eso es demasiado para él.

Lena apaga el ordenador y se plantea si llamar a Duarte con lo que ha descubierto, o esperar a la reunión del grupo a la mañana siguiente.

La información le pica en la garganta y quiere soltarla, pero decide esperar a que estén todos.

A ella le alimenta la validación de sus compañeros, sobre todo la de Duarte.

Decide darse un homenaje por el trabajo bien hecho y, antes de salir de la central, se pasa por el baño a ponerse las pinturas de guerra: un eyeliner negro muy marcado, mucha máscara de pestañas y labial rojo.

Seguro que las chicas están de aquelarre en algún garito.

Se unirá a cualquier plan que incluya reguetón y risas.

Lena escribe en el grupo de sus cinco amigas pidiendo ubicación. Solo le contesta Mary, que está en la cama. Son casi las dos de la madrugada. A Lena se le olvida que la gente normal se rige por un calendario y un horario diferente al suyo.

De igual forma, decide salir; para algo existen las noches.

Lo que no espera es que su compañero de farra sea Moreno. Ella creía que ese hombre, al caer el sol, se metía en su cama con dos pastillas de melatonina, escuchando algún programa de radio sobre fútbol hasta el día siguiente. Al jefe supremo no le pega en absoluto quemar la noche en la Caníbal.

Moreno quiere una copa como el que necesita agua en el desierto y la negativa de Duarte a compartir una cerveza lo obliga a buscar un lugar concurrido.

No le gusta beber solo; eso le parece de fracasados.

No quiere parecer uno de esos tristes cincuentones que no tienen amigos ni pareja con los que ir a tomarse una copa.

Como en la ciudad es más conocido que la misma muralla, está convencido de que encontrará a alguien a quien arrimarse para compartir un cacharro.

La sorpresa que se lleva al ver a Lena en mitad de la barra le impide disimular.

Él creía que esa chiquilla, al terminar de trabajar, se iba a casa a quemar su suscripción en Netflix.

Diego va al bar donde quedó por última vez con Santi.

No sabe si es un cliente habitual, aunque tiene la esperanza de que así sea y, de no serlo, siempre puede preguntar a alguno de los camareros.

Su camello es un tío discreto, pero con sus tatuajes y sus dilataciones en las orejas no suele pasar desapercibido.

Moreno decide ser cortés e invitar a su compañera, quien acepta de mejor grado de lo que espera.

Bebe chupitos de limoncello, pero los bebe en números impares mayores de uno.

Por lo que nota, ya lleva unos buenos tríos entre pecho y espalda.

Al tenerla tan cerca, se da cuenta de que es aún más joven de lo que pensaba.

Y más guapa. Se dice a sí mismo que no abra esa puerta o puede meterse en un fregado considerable.

Lena tiene ganas de jarana. Cuando bebe se viene arriba y se cree la puta ama del universo.

El hecho de que Moreno esté sentado a su lado le da alas y decide pedir otra ronda; total, no paga ella.

Así, entre brindis por los cabrones y las hijas de puta y el que no apoya no folla, se da cuenta de que tiene una información calentita que su jefe no conoce.

Al final del local, un hombre moreno de pelo rizado está hablando con un tatuado al que no reconoce. Sin embargo, al de pelo oscuro sí lo reconoce. Ha visto su rostro desde diferentes perspectivas y también lo que no es su rostro.

Si Lena no se hubiera quedado hasta tarde rescatando la información del móvil que encontraron en los pantalones de Lucas, no habría visto las fotos guardadas en la galería, en las que había varios selfis de su propietario: Diego.

El mismo Diego que, en ese instante, mantiene una discusión a gritos con su camello porque no quiere suministrarle la mierda que necesita para pasar la noche.

Lena disfruta al informar a su superior.

Moreno pierde las ganas de seguir tirando la caña a su compañera y se cabrea por no ser él quien repara en la presencia del padre.

Se diría que está perdiendo facultades, aunque no es una pérdida; es una desgana.

Moreno, en otro momento, habría pedido perfil de los progenitores desde el minuto uno y habría reconocido al padre del crío.

Ahora está cansado de su trabajo. Siempre llega tarde.

Cuando decidió entrar en la policía lo hizo para proteger, pero en el CEIMD se trabaja a posteriori .

Ellos se ponen en funcionamiento cuando el menor ya ha desaparecido; por mucho que trabajen, nunca pueden prevenirlo, y eso le frustra hasta el hastío.

Los finales felices y el reconocimiento social a la labor de su equipo no están hechos para ellos.

A ellos les toca acabar con la esperanza de las familias.

La verdad es que no contaba con que le dieran el caso a su unidad.

Por lógica se tenían que encargar homicidios, ya que el cuerpo apareció escasas horas después de denunciar la desaparición del chaval, pero claro, aquí todo funciona echando balones fuera.

Si la llamada la atendió su unidad, para ellos el paquete.

Diego no sabe que lo están observando. De saberlo, no habría perdido los papeles con Santi, a quien ha empujado contra la puerta de los baños para obligarle a que le pase lo que necesita.

La amenaza de que puede darse por muerto no le amedrenta.

Tiene que ponerse para escapar de ese dolor que le taladra el pecho.

Diego quiere morir. Diego quiere drogarse hasta morir.