No apartes la mirada 8
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Martín se lava las manos de forma concienzuda.

Le duelen las cervicales, como cada vez que se enfrenta a una autopsia complicada.

El reloj de su muñeca vibra con la llegada de un wasap.

Es un mensaje corto que puede leer sin abrirlo.

Su hija le pide que vaya a buscarla a casa de su amiga Patricia.

La llama porque prefiere escuchar su voz.

Su hija no le responde, a pesar de que está siempre con el teléfono en la mano.

Se decanta por enviarle un audio en el que le explica que le queda por delante una noche larga y que no puede contar con él.

Recibe otro audio cargado de hostilidad en el que le recrimina que siempre está en esa mierda de trabajo y que nunca hace nada por ella.

Martín se traga las ganas de explicarle a una adolescente la importancia de su trabajo; el mismo trabajo que le ha pagado unas vacaciones en Italia, el último modelo de teléfono o un bolso absurdamente caro.

Martín forma parte de la unidad, aunque en una categoría diferente a la del resto.

Él es un liberado, algo que suena genial en la teoría y que es un castigo en la realidad.

Es cierto que no tiene horario, pero eso se debe a que una jornada laboral suya equivale a dos o tres del resto.

Por no mencionar que estar liberado es un eufemismo para su significado real, que no es otro que ser el comodín de los equipos de investigación.

Si aparece un cadáver en un descampado en Santiago de Compostela, le llaman a él.

Si aparece otro cadáver en Malasaña, le llaman a él.

Es un tres en uno cobrando el sueldo de uno.

No es bueno ni pensarlo. Además, el equipo está entrando por lo que deja el teléfono sobre el lavabo y vuelve al centro de la sala.

Enciende la potente luz halógena que alumbra la mesa y mira una vez más el cuerpo del niño.

Su hija tiene razón. Su trabajo a veces es una mierda.

Moreno llega primero; unos minutos más tarde lo hace Duarte. La cara de la inspectora no le pasa desapercibida a ninguno. Parece agotada. Se podría decir que ha llorado.

—Y bien, Martín. ¿Qué es eso que teníamos que ver en vivo y en directo?

El comentario de Moreno sienta mal a los otros dos.

—No he comenzado con la autopsia per se , estoy con los preliminares, pero he visto esto y creo que es importante. —Martín dirige la luz de la lámpara hacia las piernas del niño—. Fijaos.

Daniela siente un escalofrío cuando la mano del forense separa los muslos de Lucas. La mandíbula de Moreno se tensa. No quiere ponerse en lo peor aunque pregunta:

—¿Abusos?

—A simple vista no lo parece, pero necesito más tiempo. ¿Veis estas cicatrices?

La cara interior de las piernas de Lucas presenta múltiples marcas longitudinales. Martín les explica que no son cortes profundos, aunque sí lo suficiente como para dejar laceraciones permanentes en la piel. Tiene decenas de ellas. Se reparten desde la ingle hasta la mitad de los muslos.

—Estas son las más antiguas —dice, señalando cinco trazos a la altura de la cadera—. Y estas, las más recientes, están en la planta del pie. No me quiero imaginar el dolor que supondría tener esas heridas y solamente ponerse de pie.

—¿Estamos hablando de maltrato? —Moreno es quien se atreve a hacer la pregunta que Daniela se niega a formular.

—Pues es lo primero que pensé. Estaba a punto de iniciar el protocolo correspondiente, pero me he dado cuenta de una cosa. La extremidad superior izquierda del niño está ligeramente más desarrollada que la derecha.

—Era zurdo —lo confirma Daniela.

—Los cortes presentan mayor profundidad en el inicio y tienen sentido longitudinal ascendente.

Moreno y Daniela no están muy versados en las ciencias forenses, pero son capaces de seguir la línea de pensamiento de Martín y entender que aquellas cicatrices fueron autoinfligidas por el niño.

Daniela no puede apartar la mirada de esas marcas. Se imagina la pequeña manita clavándose cualquier objeto punzante un día y otro día. Se pregunta cómo silenció ese dolor para que nadie lo escuchara.

—¿Cuánto tiempo llevaba haciéndolo? —quiere saber Daniela.

—Atendiendo a la cicatrización, yo diría que las más antiguas se remontan a un año atrás. Las últimas, apenas hace unos días.

Daniela asiente como si su afirmación fuese respuesta a una pregunta. Lo hace porque a ella le cuadran las fechas en el calendario.

—¿Lo sabrán los padres? —pregunta Moreno de forma directa a Daniela.

Ella levanta los hombros. Le cuesta creer que Carol fuera consciente de que su hijo se lesionaba y no se lo comentara, pero también es cierto que en su trabajo ha aprendido que los padres no siempre dicen todo lo que les sucede a sus hijos.

—Habrá que preguntarles. ¿Ya les han citado para tomarles declaración?

—Mañana —aclara la inspectora.

Martín mueve el foco de luz hacia el centro del cuerpo de Lucas.

—Bueno, señores. A no ser que les apetezca acompañarme en la autopsia, les pido que me dejen trabajar. Son casi las once y me gustaría llegar a casa a tiempo de llevar mañana a mi hija al instituto.

Moreno propone tomarse una copa antes de marcharse a casa; Daniela rechaza el ofrecimiento. Sabe que está desperdiciando una buena oportunidad para sincerarse con su jefe, pero no tiene ganas de hablar.

Cuando entra en el coche que le han prestado en la unidad, deja escapar un suspiro ahogado.

Pone música. La voz rasgada del cantante de su grupo favorito envuelve el habitáculo.

Sube el volumen. Se masajea la sien. Sube un poco más el volumen.

Tal vez así consiga solapar el ruido de sus pensamientos.

Vuelve a suspirar.

Cierra los ojos y se acaricia el vientre.

Su mente le lleva al último recuerdo que tiene con Lucas.

Estaban en una casa rural de El Barco de Ávila.

Celebraban el octavo cumpleaños del niño y, ahora, viendo las imágenes como si de un fotograma de película se tratase, se sorprende al descubrir que nadie se percataba de que todos los asistentes lo pasaban en grande. Excepto Lucas.

Ni siquiera ella.