7
Daniela decide subir por las escaleras hasta el piso de los padres de Carol.
Hasta ese momento no se ha planteado cómo decirle a la familia que han encontrado el cuerpo de Lucas.
No es la primera vez que tiene que dar una noticia como esa, pero sí la primera en la que no sabe qué palabras emplear.
Con su amiga no valen los formalismos. No puede ser empática y firme, no puede porque quien va a hablar no es la inspectora, sino la madrina del niño, la amiga de los padres.
No puede porque fue la segunda persona que tuvo a Lucas en los brazos el día que nació.
Porque a ella también le supera la pena.
No ha llegado al descansillo cuando escucha los gritos.
Reconoce la voz de Carol y corre hasta la puerta. Golpea con fuerza y toca el timbre sin cesar hasta que el padre de su amiga le abre.
Su reacción es primero de sorpresa; luego se da cuenta de por qué está ahí.
—¿Está...? ¿Está...?
Si al abuelo le cuesta pronunciar la palabra, a la inspectora le cuesta afirmar la sospecha. Mientras ella no hable, a la familia le queda un resquicio de esperanza. Si pudiera, alargaría ese momento porque una esperanza siempre es mejor que una certeza.
Carol está de pie en la sala, cogida de la mano de Víctor.
Diego está justo detrás, tratando de no fijarse en esas manos entrelazadas.
Carmen se ha dado la vuelta en cuanto ha visto a Daniela y llora como lo hacen las madres de antes, sin ruido, con una discreción que se rompe antes de que la puerta se cierre.
El dolor brota primero por la boca de Carol, quien se gira y arremete escupiendo culpas contra su exmarido. Hijo de puta, malnacido, irresponsable, mal padre, inepto, asesino. Luego llegan los golpes; uno, dos, tres, diez, en el pecho, el costado, la cara...
A Diego le brota sangre de la nariz, que se une a las lágrimas y caen pesadas contra el suelo blanco. No habla. No se defiende. ¿Para qué hacerlo si su mujer está diciendo la verdad?
Carmen grita a su hija que pare; Carlos no lo dice, quiere que lo golpee más fuerte. Víctor está colapsado, no sabe qué hacer ni qué decir. La idea de que se está metiendo en un patatal cobra fuerza en él.
Es Daniela quien termina separando a su amiga.
La coge por la cintura y la arrastra hacia el lado opuesto de la habitación.
Carol forcejea, enajenada por el dolor, y también golpea a la inspectora.
Su amiga la sujeta con fuerza y le susurra que lo siente, algo que, lejos de calmar a Carol, la enfurece más. Grita, insulta, patalea, llora.
Carol siente que el alma se le escapa del cuerpo; se siente ligera, como si sus huesos y sus músculos se hubieran derretido y ya no pudiese permanecer en vertical.
Se va derrumbando lentamente contra el cuerpo de Daniela.
Escucha un llanto desconsolado, una especie de aullido que le da miedo.
No sabe de dónde procede, pero se estremece al escucharlo.
Es un llanto irreconocible; es su propio llanto.
Diego no puede mirar a su exmujer. El dolor que emana de su cuerpo es como un espejo. Se rompe en miles de pedazos, pero a él no lo acunan los brazos de una amiga.
Víctor se sienta en uno de los sillones y esconde la cabeza entre sus brazos. No quiere estar ahí, no quiere escuchar ese sonido, quiere salir corriendo y volver a la tranquilidad de su casa. No es un hombre insensible, pero no está preparado para esto.
Daniela busca ayuda en los padres de Carol, quienes permanecen abrazados como si uno fuera el pilar del otro. Ellos no pueden brindar ayuda. Ellos también la necesitan.
El «¿por qué Lucas?» llega mucho tiempo más tarde. Sale de la boca del abuelo y todos miran a la inspectora que debía tener las respuestas.
—No lo sé, Carlos.
—Mi nieto es... un niño tranquilo.
—Lo sé.
—¿Qué es lo que ha pasado, Daniela?
—Es demasiado pronto para saberlo, Carlos.
—¿Ha sido un accidente?
—Todavía no lo sabemos.
—¿Algún desgraciado ha matado al niño?
—No sabemos lo que ha sucedido. Todo el equipo está trabajando para descubrirlo.
—¿Ha sufrido? —pregunta Carlos sin elevar la voz.
—No lo creo. —miente, sabe que sí.
—Pero no lo sabes. —Carlos niega con un movimiento lento de su cabeza—. No sabes nada, ¿verdad? Has venido a mi casa para no decirnos nada.
Daniela está acostumbrada a recibir la ira y la frustración de los familiares de niños fallecidos.
Lo entiende. Ella es el rostro que tienen delante para responder las preguntas a las que no tiene respuestas.
Se arrepiente de haber ido sola. Moreno gestiona bien estas situaciones y sabe salir del paso mejor que ella, pero les habría dado la noticia de forma fría, sin empatía, sin sentimiento, y allí delante no solo estaba su mejor amiga, también estaban unos padres que antes de este momento la trataban como a una hija.
—¿Podemos enterrarlo? —murmura Carmen.
—Te prometo que pronto.
—¿Cuándo es pronto, Daniela? ¿Cuándo?
—No puedo decírtelo, Carmen.
—Que sea rápido, por favor. Hazlo por nosotros, por favor. Hazlo por Lucas, por favor.
Diego suelta un ruido gutural. Entiende que mientras su exsuegra implora compasión hay un grupo de extraños hurgando en el cuerpo de su hijo. Se le derraman más lágrimas.
El teléfono de la inspectora suena y rompe la atmósfera de la habitación. Víctor lo agradece porque está rozando el límite de su aguante.
—Duarte —responde la inspectora.
—Soy Martín. ¿Dónde estás?
—Estoy con la familia.
—Hemos terminado el preliminar de la autopsia. Hay algo que deberías ver. Es importante.
Daniela se niega a que le faciliten más información por teléfono.
De repente se ha hecho un silencio tan profundo en la habitación que sabe que cualquier palabra puede oírse.
Como también sabe que cuando un forense utiliza la palabra «importante» en realidad lo que quiere decir es que ha encontrado algo grave.