No apartes la mirada 6
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El CEIMD se creó como una unidad independiente de la Policía Nacional.

El día que se anunció su puesta en marcha, los informativos y los periódicos más importantes de tirada nacional mostraron al entonces ministro del Interior estrechando la mano a los máximos representantes de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.

Para que el CEIMD naciera se dieron varias casualidades temporales; la primera fue el estar en año preelectoral, momento en el que se empiezan a mover las fichas para ganar votos.

La segunda, que en ese año dos desapariciones habían copado los medios de comunicación: una chica en el norte y otra en el sur.

Ambas jóvenes, ambas desaparecidas en un mes en el que los informativos y los programas necesitaban llenar minutos, y ambas con un lamentable trabajo policial investigando sus muertes.

La tercera casualidad fue que las dos chicas tenían familia con influencias en las altas esferas políticas.

Sobre el papel aquella unidad era la élite: carta libre para acceder a bases de datos, prioridad en pruebas específicas y una estratosférica cantidad de recursos económicos.

Se hizo una selección muy fina para localizar a los integrantes de la unidad.

No todos los que quisieron entrar lo lograron; Daniela no tuvo problemas para conseguirlo.

Su expediente, con el noventa y dos por ciento de éxito en sus investigaciones, era su mejor carta de presentación.

Ella no pidió el traslado, fue Moreno quien la buscó directamente.

Nueve años más tarde ya no queda dinero en la hucha para la unidad, y muchos de los que entraron se marcharon de forma voluntaria a otros puestos donde trabajar en mejores condiciones.

Moreno usa siempre su propio coche para el trabajo.

Es un viejo Renault Megane azul marino que vibra cuando sobrepasa los ciento cuarenta, con los asientos marcados por pequeñas quemaduras de cigarrillo y que le obliga a llevar cinta americana para solucionar algunos problemas.

Por nada del mundo conduciría uno de esos vehículos eléctricos que se empeñaron en meterle con calzador desde arriba.

Aceptarlo sería ir en contra del sentido común.

Desde principios del verano, la unidad fue desplazada a un pabellón mientras realizaban mejoras en la sede oficial en pleno centro de la ciudad.

El traslado no solo supuso mover material sensible, sino que ha obligado al equipo a trabajar en condiciones penosas.

Sin aire acondicionado en verano, cuando dentro del pabellón se superaban los cuarenta grados, y sin calefacción en invierno, trabajando con guantes y abrigos para sobrellevar los cinco grados habituales.

Formar parte del CEIMD se ha convertido en un acto de resistencia solo apto para valientes.

El Renault gira a la derecha sin avisar de la maniobra con el intermitente y el vehículo que le sigue le dedica un pitido largo. Moreno responde con una peineta.

Al entrar se sorprende al ver a Lena. Es la más joven de la unidad y, también, la más extraña.

No saben mucho de su vida, no come apenas, ni bebe algo que no sea energético, y es raro verla sin auriculares.

Pero es la mejor en su campo. No solo se mueve como nadie en las autopistas de la información, también conoce todos los atajos.

—Te estaba esperando —dice Lena sin levantar la vista de la tablet.

—Pues ya he llegado. ¿Dónde está el resto? —pregunta a la vez que se quita la chaqueta y se deja caer en una de las sillas de la sala de reuniones.

—Martín y Blázquez están con la autopsia. Duarte ha ido a casa de los abuelos maternos del niño.

—¿Han localizado a la madre?

—Sí, está de camino.

—¿Los padres ya saben que el crío está muerto?

—No por nosotros, pero las redes ya están olfateando.

Lena gira el portátil y le muestra un vídeo subido a TikTok en el que varios chavales comentan que algo gordo ha pasado en las Hervencias porque la poli está por ahí.

—Puto internet de los cojones. ¿Puedes caparlo?

—Caparlo no, pero puedo enterrarlo. Y estoy en ello.

Lena ha creado varios vídeos con copia y pega de otras publicaciones con miles de visualizaciones. Ha segmentado el rango de público objetivo y añadido música gancho para desviar la atención. A Moreno le gusta que Lena siempre esté un paso por delante.

—¿Algo relevante de la científica?

—También estoy con ello —dice, señalando otro ordenador—. El niño tenía un móvil. El problema es que la lluvia lo ha dañado bastante. Estoy trabajando con varios programas para extraer toda la información posible.

—Un móvil, ¿cómo no? Dentro de poco sustituiremos los pañales por móviles cuando vayamos a visitar a un recién nacido.

—Dentro de poco, al nacer, te pondrán un chip y ya no será necesario el teléfono.

A Lena parece hacerle gracia su propio comentario; a Moreno, la idea le da escalofríos.

No se considera un retrógrado de esos que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero no entiende la velocidad a la que se mueve la sociedad hoy en día.

¿Qué demonios hace un crío de ocho años con un móvil?

A esa edad los niños deberían estar echando pachangas de fútbol en la plaza, y las niñas jugando con muñecas.

—Moreno, bienvenido al siglo veintiuno. —La informática le sonríe sin levantar la vista de la pantalla.

A Moreno le revienta que le hable como si fuera capaz de leerle los pensamientos. A Lena le divierte sacar de sus casillas a un carca como Moreno.

—Avisa a todos. En cuanto terminen quiero una reunión. Quiero tener todo claro antes de que la noticia sea de dominio público.

Lena teclea con su móvil y antes de que Moreno esté en su mesa ya ha notificado a sus compañeros que los esperan.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Depende de la pregunta.

Lena pasa por alto la respuesta idiota del que se supone que es el jefazo. Aunque para ella no lo es. Ella trabaja con Duarte, por ella ha elegido el CEIMD y por ella permanece ahí, a pesar de trabajar en condiciones prehistóricas. Y no solo se refiere al hecho de no tener calefacción.

—¿Duarte está bien?

—Claro, por eso ha vuelto.

—¿No te parece que está un poco extraña?

—Duarte es extraña.

Moreno no es de los que hablan de sus compañeros. Si Daniela ha preferido decir al equipo que está de baja por ansiedad, él le seguirá la mentira.

Diego está sentado en el sofá de tres plazas de la casa de sus exsuegros.

Ellos están sentados cada uno en un individual.

No se miran. No se hablan. El silencio solo lo rompe el sonido mecánico del reloj de la cocina.

Hace rato que dieron las nueve y el frío de la noche abulense campa fuera a sus anchas.

A Diego le preocupa. Por mucho que se esfuerza en recordar si Lucas ha cogido abrigo no es capaz de visualizarlo.

Se golpea la cabeza con los puños. Carmen enseguida se levanta y trata de evitar que se haga daño.

Carlos no se mueve. Si por él fuese le golpearía muchísimo más fuerte; es más, cogería la ridícula figura de la Victoria de Samotracia que su hija y su exyerno le trajeron de París hace unos años y se la estrellaría en la cabeza.

Carlos tuvo una relación cercana con Diego hasta que llegó el divorcio.

Sigue sin entender cómo un hombre que se viste por los pies permite que un sinvergüenza le robe a la familia.

Diego debería tener cojones y esforzarse en recuperar el amor de su hija.

¿Qué tipo de persona se resigna a que su hijo comparta vida con un extraño?

¿Cómo va a entender la criatura eso de estar de una casa a otra?

¿Cuando sea mayor pensará que ese extraño es familia?

Carlos se pone de pie y mira a la calle desde la ventana. De nada sirve hacerse preguntas que ya no importan. Está convencido de que a Lucas le ha pasado algo. Algo muy malo. No quiere pensarlo, pero está seguro de que el niño está muerto.

Carmen va a la cocina y prepara una infusión.

Necesita tener las manos ocupadas. ¿Por qué su hija tarda tanto?

Sirve el líquido caliente en las tazas y lo lleva a la sala.

Su marido sigue mirando a la calle. Diego parece que ha menguado.

En sus manos tiene un pañuelo de papel que retuerce una y otra vez.

Se le parte el alma por él, por su nieto y por su hija.

Le gustaría que esto fuera una pesadilla y despertar tarde o temprano, aunque por el dolor que siente en el pecho sabe que no está dormida.

Una llave tintinea en la cerradura de la puerta.

Todos se dirigen hacia la entrada, Carlos adelanta a su mujer y al abrir la puerta Carol se lanza a sus brazos.

Permanecen abrazados un tiempo eterno. Las lágrimas de su hija terminan por traspasar la gruesa tela de su camisa.

Está temblando y aunque le pide que se calme sabe que su hija no tiene calma posible. Nunca volverá a tenerla.

Carmen es quien se fija en que su hija no viene sola.

Su pareja está al otro lado de la puerta, con expresión desencajada.

Víctor no sabe cómo actuar. Conoce de vista a los padres de Carol, pero no se había dado el momento de hacer una presentación oficial y no sabe si debe marcharse y darles intimidad, o quedarse al lado de Carol aguantando el chaparrón.

Es Carmen quien con una sonrisa cargada de tristeza le indica que pase. La peor de las opciones.

Cuando Diego ve a su exmujer lo primero que quiere hacer es abrazarla. A pesar de que haya venido con el amante, a pesar de que puede olerle el sexo y el vino en el cuerpo, a pesar de que ella pone las manos entre los cuerpos evitando el contacto.

Diego no escucha, no ve, no entiende más que, ahora que ella está a su lado, el dolor es compartido.