5
Cuando Carol regresa al vestuario se siente tan feliz que cree levitar.
Se da una ducha lenta, disfrutándola. El agua caliente le escuece al rozarle los pezones; Víctor les ha dedicado bastante atención.
Sonríe. Nunca pensó que sus pechos pudieran atraer tanto.
Diego jamás mostró especial interés en esa parte de su anatomía, prefería otra zona.
Sacude la cabeza. Tiene que dejar de comparar a uno con el otro; las comparaciones son odiosas y el hecho de que su ex siempre salga perdiendo la hace sentirse imbécil.
Debieron separarse hace muchos años, ocho para ser exacta.
Tras el nacimiento de Lucas. Nunca admitirá en voz alta que su falta de decisión poco tuvo que ver con el valor.
Ovarios le sobraban para dar un golpe en la mesa y terminar con todo; la pena la llevaba peor.
Carol sabía que Diego sin ella estaba a la deriva.
Se pasaría las tardes metido en casa encadenando cervezas y los fines de semana se escaparía al pueblo de sus padres para desfogarse con los amigos de toda la vida. Un bucle peligroso.
Por suerte, Diego parecía haber encontrado a otra mujer, así que ella le cedía el testigo a la que se besaba en él en el centro de Madrid. Sonríe con cierta pena. Esa pobre infeliz no se imagina la que se le viene encima.
Se toma su tiempo para secarse el pelo y maquillarse, aunque sabe que Víctor ya habrá terminado y la estará esperando.
Quiere que el espejo le devuelva un buen reflejo.
Se pone un vestido de punto negro ajustado y, debajo, un conjunto mínimo de lencería de color azul, el color favorito de Víctor y con el que espera dejarle boquiabierto esa noche.
El último detalle es el perfume, también su favorito.
Cuando se encuentran, la mirada de Víctor la recorre de arriba abajo y vuelve a empalmarse.
Teniendo en cuenta la pasta que ha soltado al reservar el spa para los dos y lo cómodos que estarían en la cama extragrande de la habitación, cree que salir al frío de la sierra es una soberana gilipollez.
Pero claro, fue un bocas. No esperaba una negativa a su plan cuando se lo propuso a Carol, ni siquiera recordó el tema del crío.
Y, para hacerla pensar, añadió la experiencia de una cata de vino de una de las mejores bodegas castellanas.
No sabe si ese plus fue lo que inclinó la balanza a su favor, pero dos noches antes Carol lo llamó y le dijo que aceptaba su invitación.
Como en realidad no había reserva, necesitó tirar de contactos y pagar el doble para que no descubriera su farol.
La sala era una antigua bodega que habían adaptado con una mesa larguísima y una iluminación cálida para hacer más íntima la experiencia.
Dos enólogos jóvenes dan la bienvenida al grupo y, tras un breve recorrido por el recinto, les explican que van a separarlos entre amantes del tinto y del blanco.
Carol no se lo piensa y se coloca con los del tinto, pero Víctor insiste en que vaya con el otro grupo.
A ella no le hace gracia que a su pareja le importe tan poco separarse.
Sabe que es una chorrada, aunque si estuviera ahí con Diego, él no se habría ido por otro lado.
«¡Basta ya con las comparaciones!», se dice.
Paladean los caldos mientras les instruyen a apreciar los matices amaderados o afrutados y el regusto que dejan los distintos tiempos de maceración.
Carol se aburre. A ella el vino le parece perfecto con gaseosa, limón y hielo en cualquier terraza.
Lo único positivo de aquella visita es que, aunque les han pedido que no beban para no adormilar las papilas gustativas, ella ha tragado todo lo que ha podido y ahora va medio borracha.
Borracha y cachonda, porque a pesar del alcohol en sangre a Carol no le pasan desapercibidas las miradas de Víctor.
Le va a proponer saltarse la cena e ir directamente a follar.
Quiere que le repita todas esas cosas sucias que le dijo por la mañana, quiere experimentar nuevas formas de placer, quiere dejarse hacer todo lo que Diego no le hizo jamás.
Sacude la cabeza con mucha fuerza y, de dos tragos, acaba con el líquido de su copa.
Tras dos horas, la visita concluye y los jóvenes animan a los visitantes a sacar fotos del lugar y etiquetarlos en redes.
Toda publicidad gratuita es bienvenida. Víctor y Carol suelen mantener un perfil bajo en el mundo virtual, aunque a ella le parece una buena idea tener una foto juntos que pueda imprimir y poner en casa para no olvidar ese día.
En ese instante saca el móvil del fondo del bolso y quita el modo avión que había activado en cuanto subió al coche de Víctor.
Ambos miran a la pantalla posando con una gran sonrisa cuando empiezan a saltar todas las notificaciones.
Decenas de llamadas perdidas de sus padres, el doble de Rosa y muchas de números que no tiene registrados.
Lo primero que piensa Carol es que a alguno de sus padres le ha pasado algo, son mayores y desde hace unos años vive con ese temor.
Mira a Víctor en busca de una respuesta que él tampoco tiene.
—Ha debido de pasar algo. Salgo un momento y llamo a casa de mis padres.
Víctor la observa alejarse y no puede evitar admirar el trasero de Carol.
Le fascina esa parte de su cuerpo; fue lo primero que le llamó la atención de ella cuando llegó destinado como jefe de oficina a la sucursal bancaria de la ciudad.
Al principio su relación fue tensa, aunque a él no le costó ir limando asperezas.
El momento sexo llegó tres meses más tarde, sin buscarlo, pero sí deseándolo.
Carol sufrió una crisis emocional tras ese primer polvo.
No hacía más que repetir que era una mujer casada con un hijo de ocho años, y la verdad es que a Víctor su situación le importaba poco.
No contaba con el lío que se formó el día que Diego apareció en la oficina porque se había enterado de todo.
Pensó que, con el descubrimiento, concluía su affair ; sin embargo, Carol le eligió a él y comenzaron lo que parecía una relación.
Tras un tercer tono, el padre de Carol es quien responde al teléfono de casa y, al escuchar su voz, a ella se le encoge el corazón al pensar que es a su madre a quien le ha sucedido algo grave.
—Hija... —la voz del padre suena más baja de lo normal—. ¿Dónde estás?
—En Madrid. Por un asunto de trabajo... —Traga saliva—. ¿Qué ha pasado? ¿Mamá está bien?
Se hace un silencio. Frío. A Carol le resbalan las lágrimas por la cara, aún sin entender nada.
—Tu madre está bien. Está aquí, a mi lado —aclara arrastrando las palabras.
—Entonces..., entonces ¿por qué me llamáis tanto? ¿Qué ha pasado?
Otro silencio. Más largo.
—Cariño... ¿es muy importante lo que estás haciendo en Madrid?
—Papá, me estás asustando. Dime qué pasa.
—Deberías volver. Tus compañeros lo entenderán.
—Papá, no... no estoy entendiendo nada. —Traga saliva con esfuerzo—. ¿Qué pasa?
Se oye una respiración entrecortada al otro lado.
—Es... —vacila, como si la palabra fuera tan grande que le costara sacarla—. Es Lucas, hija... no sabemos dónde está.
Carol cuelga la llamada. No quiere escuchar más. No. No. No. Nada tiene sentido. Su mente no es capaz de procesar la realidad. Con las manos temblorosas marca el número de Diego. Su teléfono sale apagado. Llama a Rosa y, cuando por fin responde, lo único que escucha es un llanto desgarrado.
Entra tambaleándose en la bodega. Al principio Víctor cree que está pasada de copas, pero enseguida se da cuenta de que la mujer que ha entrado no se parece en nada a la Carol que salió.
Ha perdido el color de la cara y tiene la mirada ida.
Avanza hacia ella para saber qué ha ocurrido y llega justo a tiempo de evitar que Carol se desplome contra el suelo.
Se ponen en marcha enseguida. Víctor no tiene claro lo que sucede, pero le basta con haber entendido la mitad de las explicaciones inconexas que ella ha sido capaz de darle.
El camino de regreso a Ávila lo hacen en silencio.
Víctor no encuentra palabras y lo único que se atreve a hacer es acariciar la pierna de Carol.
Ella no habla, pero sus pensamientos gritan que habría preferido que a su madre le hubiera pasado algo grave.
A cualquier persona que quisiera, antes que a Lucas.
Mira el móvil y ve la foto de su hijo sonriéndole. Es una imagen de la mañana de Reyes. Lucas está precioso en ella. Precioso y feliz.
Se intenta convencer de que no puede ser su hijo el que ha desaparecido. No puede ser. En el colegio hay otro niño con el mismo nombre. Seguro que se han confundido. El otro niño también tiene el pelo castaño. Es un error. Su hijo está a salvo con su padre.
Mientras el coche recorre los kilómetros que separan un punto del otro, a una velocidad peligrosa para ellos y para el resto de los vehículos, Carol repite mentalmente ese mantra sin saber que, por repetir un deseo demasiadas veces, se puede llegar a una realidad infinitamente peor.
Carol está a doce kilómetros de desear que su hijo solo esté desaparecido.
Carol está a nueve kilómetros de saber que a Lucas lo están lavando en una mesa de autopsias.
Carol está a tres kilómetros de enfrentarse cara a cara al dolor en su forma más salvaje.
Al dolor sin tregua, sin consuelo, sin solución.