No apartes la mirada 4
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Daniela recibe una notificación de ubicación enviada por alguien de la científica mientras el autobús avanza por la Avenida Juan Carlos que lleva a la estación.

En momentos como este es cuando se arrepiente de haber vendido su coche.

Los dos primeros intentos de ser madre se habían llevado todos sus ahorros; para el tercero tuvo que desprenderse de él.

Algunos días se las apañaba con un vehículo oficial.

Moreno le dio carta blanca para usarlo fuera de horario laboral; sin embargo, sus ridículos principios le impiden hacerlo.

Esos mismos ridículos principios ahora se hacen notar en sus cervicales.

Y en la sensación de que avanzan a menos de diez kilómetros por hora.

Cuando el autobús enfila la entrada a la ciudad, responde al grupo que llegará en quince minutos, para que alguno de sus compañeros la espere fuera. No quiere perder más tiempo.

Moreno aprovecha que la inspectora está en línea y le envía fotos del cuerpo del niño.

Tal y como hacen en todos los casos, no pregunta si está en condiciones de verlas, simplemente se las manda.

Si la inspectora está por llegar, él entiende que lo hace siendo consciente y consecuente.

Enseguida se arrepiente y las elimina. Demasiado tarde, Daniela ha sido más rápida y las ha visto.

Lucas está tumbado de lado, con las rodillas semiflexionadas y las manitas pegadas al pecho.

Tiene los ojos abiertos y expresión serena en el rostro.

No parece que la vida se le haya escapado.

A Daniela le gustaría creer que no sufrió, que no sintió miedo, que tuvo una muerte dulce.

Pero sabe por experiencia que la muerte de un niño jamás puede ser dulce.

A la salida de la estación de autobuses, un Renault Megane azul de principios de los noventa la espera estacionado en una plaza para personas con movilidad reducida. Daniela arruga la nariz. Solo por ese acto incívico ya sabe que al volante encontrará al mismísimo Moreno.

—Bienvenida, inspectora —le dice sin mirarla a la cara—. ¿Ha sido divertida la excursión en autobús?

En otro momento Daniela habría entrado al trapo y respondido con el mismo sarcasmo, pero no está dispuesta a gastar energía en gilipolleces.

Tardan diez minutos en llegar al parque de las Hervencias. Recorrer esa distancia a pie les habría llevado menos tiempo. Moreno parece leer los pensamientos de su compañera y aclara que la llegada al punto cero deben ajustarla al procedimiento para no estresar a los de arriba.

Junto a la entrada al parque, por las escaleras en dirección Villacastín-Vigo, encuentran una patrulla de la Policía Nacional ocupando parte de la acera, con la señalética apagada. Daniela lo agradece: no quiere llamar la atención sobre lo sucedido dentro del parque.

Moreno no ha terminado de aparcar detrás de ellos y Daniela ya está fuera del vehículo.

Sus compañeros la saludan con un gesto, pero ella no responde.

Solo quiere llegar hasta Lucas. Si no se hubiera sometido a la implantación, correría hacia él, pero los fuertes pinchazos que siente en la zona abdominal se lo impiden.

En cuanto Lena distingue la figura de su jefa acercándose al cerco que ha colocado la científica, se dirige hacia ella. Con la que está cayendo, y va sin paraguas. Lena se apresura para cubrirla con el suyo. Se saludan con un abrazo sincero.

—Siento que hayas vuelto en estas circunstancias, Duarte. Moreno nos ha contado que conocías al crío.

—Conozco a la familia —aclara.

A Daniela se le atragantan las palabras porque está viendo el cuerpo de Lucas. Parece tan pequeño ahí, en el suelo... Quisiera quitarse la chaqueta para cubrir su cuerpo. Abrazarlo. Intenta zafarse de esos pensamientos golpeando el suelo una sola vez. Algo que no sirve de nada.

—¿Les queda mucho a los de la científica?

—No creo.

—¿Tenemos la orden de levantamiento?

—Sí. El juez instructor la firmó hace media hora.

—¿Quién es?

—Pajés.

—Bien. —Algo bueno: Daniela conoce al juez.

Lo malo es que el juez también la conoce a ella.

Han tenido un par de enfrentamientos tiempo atrás.

Pajés quiere que se lo den todo masticado; no acepta una prueba de la que pudiera colgar una duda.

Lo quiere todo bien atado y, a cambio, aplica la ley con una severidad impecable—. ¿Sabe todo el equipo que estoy aquí?

—Sí, Moreno nos llamó a todos.

—¿Dónde está Blázquez?

—De camino, supongo.

—¿Y Martín?

—Lo hemos pillado en plena faena. Está con la autopsia del cuerpo que encontraron en el río.

—Dile que esto tiene prioridad absoluta.

—Claro.

—¿Han hablado con los padres? —Otra vez el nudo en la garganta de la inspectora.

—El padre presentó una denuncia por desaparición a primera hora de la tarde.

Dice que el chaval no estaba en el comedor cuando fue a recogerlo.

Llegó doce minutos tarde. La madre está ilocalizable: no contesta al teléfono, no está en el trabajo ni en casa.

Según la responsable del comedor, está pasando el fin de semana en un hotel de la sierra, pero dice no saber el nombre del establecimiento.

—Carol no ha ido sola. Que alguien averigüe el teléfono del acompañante y lo llame. Yo me quedaré hasta el levantamiento del cadáver del niño... de Lucas. Y otra cosa, avisa a Moreno de que no comunique el fallecimiento a los padres. Me encargo yo.

Mientras la técnica de sistemas teclea un mensaje a una velocidad por encima de la media, Daniela avanza hasta el cordón para evitar que Lena la vea derrumbarse.

A la joven no le gusta la pinta que tiene la inspectora: algo le dice que está cometiendo un error al meterse en un caso tan personal. Y esos errores se pagan caros.

La señal inequívoca de que la recogida de pruebas ha terminado es cuando los de blanco se quitan los guantes de látex. Daniela tiene la teoría de que a todos les enseñan a hacerlo del mismo modo: de un solo tirón, para que el sonido plástico sea audible para todos.

El césped húmedo del parque amortigua los pasos que se acercan a la inspectora. No es hasta que ese hombre alto y de aspecto rudo se detiene a su lado que se da cuenta de que no está sola.

—Daniela Duarte, esto sí que es una sorpresa. Te hacía en un retiro pagado en las Maldivas.

—¿Y perderme el triste, frío y gris febrero de Ávila? Ni loca.

Se funden en un abrazo y Stefan levanta a Daniela del suelo. Son amigos desde la academia y, aunque ninguno de los dos lo dice, se alegran de verse.

La felicidad de ese reencuentro dura muy poco. El furgón que transportará el cuerpo de Lucas hasta la sala de autopsias se acerca a ellos. Daniela siente otra vez el nudo en la garganta.

—Hoy han sido rápidos. Moreno debe de haberles puesto las pilas a todo Dios.

—Stefan, ¿los conoces? —pregunta señalando con la barbilla a los dos hombres que se bajan del furgón.

—Sí, son novatos, pero tengo buena relación con ellos. Hemos coincidido unas cuantas veces ya.

—Diles que me den unos minutos a solas con Lucas. —Stefan asiente—. Pero hazlo como si fuera una petición tuya. Sé que Moreno va a estar muy pendiente de mis movimientos y no quiero darle motivos para uno de sus pitotes.

—Cuenta conmigo.

Sonríen. A Daniela le sienta bien saber que cuenta con un apoyo fuera de la unidad.

Los casi dos metros de su compañero se alejan con zancadas largas y, cuando está segura de que no puede oírla, Daniela llama a Lucas por su nombre mientras se acerca a su cuerpo.

No puede tocarlo ni abrazarlo, pero puede llorar a su lado mientras imagina que le acaricia la cabeza y le coge de la mano.

La lluvia ha hecho que el pelo se le pegue más a la cabeza, por lo que incluso tumbado se le aprecia la hendidura en el cráneo.

No quiere pensar en lo que debió sufrir, solo quiere quitarle el frío del cuerpo.

Cerrarle los ojos y que parezca que duerme.

Susurrarle al oído que no tenga miedo, que ella lo llevará junto a sus padres.

Le promete que no estará solo. Quiere que sepa el amor tan grande que le tienen todos.

Quiere que sepa que ella va a averiguar lo que le ha pasado.

Le gustaría soltar la rabia a gritos, descargar la impotencia a base de golpes contra el césped sobre el que descansa el cuerpecito de Lucas.

Daniela quiere muchas cosas, pero no hace ninguna de ellas.

Solo se mantiene de pie, a una distancia prudencial, mirando sin ver porque las lágrimas se lo impiden.