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Carol deja sus cosas en una taquilla y sale del vestuario envuelta en una amplia toalla blanca.
Víctor la espera a la entrada de los cambiadores desnudo por completo.
Al verlo, la sonrisa se le desata sin remedio.
Se siente como una adolescente enamorada hasta las trancas.
Ya no recordaba esa sensación en el estómago, ni cómo llega a arder su piel, o cómo se siente el deseo entre sus piernas.
Algunas veces se pregunta si esa intensidad ya vivió en ella muchos años atrás o es algo nuevo.
Esta escapada de fin de semana a una casa rural con spa no estaba en sus planes.
Cuando Víctor se lo propuso, rechazó la propuesta sin pensarlo: ese fin de semana le tocaba Lucas.
Pero contárselo a Rosa, el miércoles, en la cafetería de siempre, fue el punto de inflexión.
Su amiga dijo que el niño también tenía un padre, y que hoy por ella, pero mañana por él.
Rosa sabía que Diego se veía desde hacía un par de meses con una mujer.
Se los encontró en la terraza de una cafetería paralela a Gran Vía, sentados muy juntos, tomando lo que desde lejos parecían mojitos.
Diego no la vio. Estaba ocupado comiéndole la boca a la mujer.
El divorciado afligido no perdía el tiempo.
Y Rosa no iba a permitir que Carol perdiera buenas oportunidades.
Rosa le narró el encuentro a su amiga como quien cuenta una noticia en el telediario. Carol siempre había sido la más impulsiva de las tres; sabía que solo necesitaba un empujoncito para volar, y vaya si voló.
Allí mismo comenzó un bombardeo de llamadas sin respuesta a su ex que derivaron en varios audios larguísimos, donde dejaba claro que, sí o sí, debía recoger al niño en el colegio el viernes a las tres de la tarde.
Tras media hora de mirar el móvil sin obtener respuesta, y comprendiendo que Diego no pensaba escucharla, le pidió el teléfono a Rosa y se explayó a gusto cuando él respondió al tercer tono.
La presencia de su amiga la envalentonaba; la hacía ser más dura con él.
Cuando llegó a casa, se planteó si se había pasado y estuvo a punto de llamar para disculparse.
Le ocurría a menudo: no le gustaba discutir, y mucho menos con su exmarido, aunque él no se lo ponía fácil.
Cogió el teléfono en las manos para intentar calmar los ánimos, pero al ver su reflejo en la pantalla negra del teléfono pensó que ella también se merecía vivir cosas buenas.
Entonces llamó a Víctor y le dijo que iría con él.
Víctor le prometió que no se arrepentiría.
En Madrid empezó a llover. Una borrasca que había entrado por Galicia descargaba con fuerza sobre todo el noroeste peninsular. Ni Carol ni Víctor repararon en la lluvia. Dentro del spa, y con la intimidad que habían contratado, su atención empezaba y terminaba en el cuerpo del otro.
Así, mientras Carol y Víctor follaban, Lucas desaparecía.
Tras más de dos horas en el agua decidieron salir y tumbarse en la enorme cama balinesa con vistas a la sierra.
Víctor sugirió pedir algo de comer y, en poco más de quince minutos, el servicio de habitaciones llamaba a la puerta y dejaba frente a la cama una ensalada de burrata, carne marinada y una botella de Rioja.
Así, mientras Carol y Víctor brindaban por haberse conocido, Lucas moría.
Volvieron a follar, esa vez despacio, con mimo, con deseo, con adoración, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, y luego se quedaron dormidos. Ella sobre el pecho de él. Él con su mano sobre la cintura de ella.
Así, mientras Carol y Víctor dormían, un hombre que sacaba a pasear a su perro encontraba el cuerpo de Lucas.
De nada sirvieron los intentos de llamadas de Rosa. Ni las de Daniela. Ni las de sus padres. Carol estaba en modo avión mientras su mundo se desmoronaba.