No apartes la mirada 2
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Una mano se posa con suavidad sobre la pierna de Daniela Duarte.

El movimiento oscilante pierde intensidad al instante.

Se miran durante unos segundos. La mujer que está sentada a su lado entiende lo que está sucediendo y se solidariza con ella.

Dedica a la inspectora una sonrisa cálida.

El hombre que está a su lado hace un leve movimiento afirmativo con la cabeza.

El aire se escapa entre los dientes de Daniela.

Ya sabe lo que va a suceder. Esa pareja cruzará la puerta blanca, estarán dentro lo que sentirá como un tiempo eterno, y saldrán con un hijo. Así de simple. Así de difícil.

Cierra los ojos.

La lista de reproducción musical que suena en la sala funciona en un bucle de diez canciones.

Daniela ha escuchado el mismo tema cuatro veces cuando el sonido de unos crocs chirría sobre el linóleo de la sala.

Una joven con un impoluto uniforme blanco se detiene frente a ella y la llama por su nombre.

Ha llegado su turno. Se pone de pie de un salto.

La joven le señala con la mano el camino hacia la consulta, algo que Daniela ya conoce de sobra.

La misma mujer le da las indicaciones de dónde cambiarse y la ayuda a atarse la bata quirúrgica por la espalda.

Ya no le parece violento que una desconocida le vea el culo, como tampoco le incomoda tener las piernas sobre los estribos.

Lo único que quiere Daniela es que el ginecólogo se salte la parte protocolaria de información sobre el procedimiento de implantación y que su útero cumpla con su función de una vez.

Una enfermera se coloca a su lado y la coge de la mano. La joven, que estaba a la entrada, le sonríe tras los estribos en los que pone las piernas. Daniela no encuentra las palabras exactas para decirles que prefiere pasar por este momento sin tantas espectadoras.

Daniela se remueve en busca de una posición más cómoda. No la encuentra. Quiere creer que esta será la buena. Tiene que serlo. Sin verbalizarlo busca el convencimiento en todo el equipo. A nadie se le ocurre asegurarle algo tan complejo.

Le piden calma. Como si la calma fuese algo que se elige tener o perder.

Daniela comienza una cuenta atrás mentalmente.

Diez, nueve, ocho... Se concentra en las lámparas de led del techo.

Siete... Percibe un sonido lejano. Seis...

Lo reconoce enseguida; ese timbre de llamada es el de la unidad.

Cinco... Si la están llamando es por algo urgente.

Su jefe conoce su situación. Cuatro... Quiere responder, intenta incorporarse.

La auxiliar cumple su función y le impide moverse.

Tres, dos... «Por favor, que todo salga bien».

Uno. Daniela cierra los ojos y trata de no pensar en la poca paridad de este proceso. A ella la ven extraños abierta de piernas, mientras a su donante le facilitaron una habitación a solas para que se hiciera una paja. Suspira.

La implantación embrionaria dura quince minutos, aunque el ginecólogo decide que Daniela permanezca tumbada diez minutos más. Diez minutos eternos.

Está a punto de quejarse, pero, en lugar de hacerlo, le pide a la joven que le acerque el móvil que está en el bolso. Esta se lo entrega enseguida.

Daniela se asombra al ver la cantidad de llamadas perdidas y wasaps no leídos. Entre todos, uno destaca.

—Rosa... —Se le escapa el nombre en un susurro.

El mensaje es corto, una sola palabra, pero suficiente para que Daniela sienta un nudo en el estómago: «Llámame».

Ignora a la auxiliar y se baja de la camilla. Necesita apoyarse en la pared; la habitación le da vueltas, aunque eso no le impide devolver la llamada.

El ginecólogo entra dos segundos después de colgar y encuentra a la paciente de pie y con la cara desencajada.

—Una urgencia —le dice antes de que le recrimine su acción.

El médico va a hablar, pero ella le corta levantando la mano frente a su cara.

—Se trata de Lucas. Ha desaparecido a la salida del colegio —suelta Rosa al descolgar.

Mientras se calza las deportivas, tira de lógica y trata de convencerse de que eso no es posible.

Ávila es una ciudad pequeña. Un niño no se pierde así como así.

Seguro que está con su padre y Carol ha montado la de Dios es Cristo.

Carol es una dramática y la guerra entre esos dos roza lo tóxico.

Diego se habrá encabronado por algo y se ha llevado al pequeño a algún lado solo por putearla.

Pero ella sabe mejor que nadie que si han activado a la unidad no es en balde.

—Daniela, hoy no puedes trabajar. Estás en un momento crucial de la implantación, debes hacer reposo estos días.

—Tengo que irme, doctor.

El equipo que la ha acompañado se mira entre ellos.

Daniela no les explica nada más, aunque habla con Moreno y ya la esperan en la unidad. Solo añade un seco «Hasta pronto» que en el fondo está cargado de esperanza.