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No apartes la mirada

No apartes la mirada

Por Laura Degaldo

© inepub.com

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Diego mira por quinta vez la hora en el cuadro del coche.

Debería estar ya frente al colegio, pero el atasco no avanza.

Baja el volumen de la radio. La tertulia deportiva que escuchaba ahora le incomoda.

Cambia a una emisora musical y sigue el ritmo de Los perros, de Arde Bogotá, a golpe de pulgar contra el volante.

Se caga en Carol. Otra vez. Hace sonar un largo pitido, a ver si el atasco se mueve un poco. Sabe que ninguna de las dos cosas sirve para algo. A Carol no le llegarán sus malos deseos y la fila de coches parados no se moverá ni un metro.

La lluvia se vuelve más intensa y el limpiaparabrisas funciona a toda velocidad.

Diego bufa y vuelve a maldecir a Carol. No debió responder a su llamada la noche anterior, pero la muy zorra lo llamó desde un número diferente al ver que no respondía a sus wasaps, y él picó creyendo que podía ser un cliente.

Ella conoce al dedillo sus rutinas: los viernes son tardes de frontenis y cervezas.

Aunque ahora es viernes sí, viernes no. Consecuencia del convenio regulador.

Hoy le tocaba a ella recoger a Lucas, mientras que él debería estar en este instante cambiándose en el vestuario y no perdiendo la paciencia dentro del coche.

Con un gesto mecánico se lleva la mano al bolsillo de la chaqueta. Quiere llamarla y ponerla a parir. Enseguida abandona esa mala idea. La abogada le ha repetido decenas de veces que esas llamadas juegan en su contra, y además no tiene el puto móvil encima.

En la radio suenan las horarias y sigue parado en el mismo sitio desde hace veinte minutos. Su resignación llega a la reserva. Ya sabe lo que va a pasar: Rosa saldrá, verá que no está esperando a Lucas y le faltará tiempo para correr a darle las quejas a Carol.

Jodida sororidad.

Cuando llegue a casa y coja el móvil tendrá uno de sus audios —semejantes a podcast— en los que ella le dirá doscientas veces lo mal padre que es, lo irresponsable que es, lo idiota que es y lo poco confiable que es. Nada nuevo: Carol siendo Carol.

Y él aguantará el chaparrón como un campeón, que la situación no está para que la loca se presente en el cuartel de la Guardia Civil y vuelva a denunciarle por insultos y vejaciones.

Diego sabe que puede ignorar cualquier cosa que venga de Carol; puede bloquearla de todos lados, aunque no lo hace.

Se excusa en Lucas para no hacerlo. Necesitan estar en contacto por el pequeño, aunque la realidad es menos bonita.

Diego siente náuseas cada vez que su exmujer sube una foto en una terraza con dos copas de vino.

O cuando cuelga su mano sobre la de ese hijo de puta en aquel restaurante de Cádiz donde cada verano pasaban las vacaciones los tres y, para joder más, la acompaña con estúpidas frases sobre el amor verdadero y su suerte al encontrarlo.

El odio que siente ante esas imágenes le nubla la razón.

Pero sigue mirando. Cada día. Cada hora.

Diego cree que el odio le ayudará a superar la pena y a eso se agarra.

El tráfico se mueve.

Consigue llegar a la puerta del colegio doce minutos tarde, deja el coche en doble fila y corre hacia la entrada.

Por suerte no es el único al que la lluvia ha retrasado.

Las deportivas no tardan en empaparse; se quita la chaqueta y la pone sobre la cabeza.

Piensa en tapar a Lucas con ella: lo último que le faltaba es que el niño enfermara por no llevar un maldito paraguas en el coche.

Diego llega hasta la mitad del patio, el mismo que en horario lectivo les sirve de recreo, y se da cuenta de que su hijo es el único que se mojará.

Le echa la culpa a Carol. Es ella quien debería estar ahí.

Avanza hacia el lateral derecho. Con tanto paragüitas de los cojones Diego no ve bien la zona del comedor del que saldrá Lucas.

Mientras él entra, otros padres salen. Encuentra un espacio para colarse y se coloca ante la puerta. A Dios gracias, Rosa no está ahí con su mirada inquisidora.

Tampoco está Lucas.

Diego entra al comedor y comprueba que no quedan niños dentro.

Sale a mirar por el patio: no ve al pequeño.

¡Jodidos paraguas! Da una vuelta y nada.

Otra vuelta y tampoco lo encuentra. Se da cuenta de que no sabe qué ropa lleva su hijo puesta.

Intenta hacer memoria. ¿La sudadera azul marino de Spiderman? ¿O esa era la que llevaba ayer?

Mientras preparaba el desayuno a Lucas recibió una llamada de la inmobiliaria.

El piso que había visto quedaba libre y él era el siguiente candidato.

La llamada duró más de lo esperado, y Diego acabó metiéndole prisa a su hijo, quien no se mostró nada colaborador.

Terminó discutiendo con el pequeño y prácticamente bajándolo en volandas por las escaleras.

Llegaban tarde a clase. Otra vez. Y otra vez él pensaba en la bronca de Carol en vez de prestarle atención a Lucas.

A la tercera vuelta por el patio solo quedan un par de grupos de madres en corrillo. No llega a escuchar sus comentarios, y a pesar de eso está seguro de que se están riendo de él. Se la sopla. Se la sopla mucho.

Grita el nombre de su hijo varias veces, cada vez más fuerte. Lucas no contesta. Cuando aparezca, va a echarle tal bronca que se le van a quitar las ganas de gastarle bromas.

Solo que Lucas no es un niño travieso. No hace bromas ni se presta a juegos.

Es un niño tímido, asustadizo y Diego lo sabe.

Sabe que esto no es una broma. Su hijo no está en el colegio.

Arremete una vez más contra Carol mientras palpa todos los bolsillos de su chaqueta en busca del móvil para llamarla de todo.

No va a perdonarle hacerle pasar este mal trago.

Cuando el patio está vacío ve a Rosa dirigirse hacia la puerta del comedor para cerrar. Lleva un chubasquero naranja de los que usan los pescadores. Lo saluda con la mano y sigue a lo suyo. Diego se acerca a ella para que, por una vez, vea lo mal que hace su amiga las cosas.

—Se ha llevado a Lucas sin avisarme. ¡Primero me pide que venga a por el niño y luego se lo lleva! —grita mientras se aparta el agua de la cara.

La mujer se detiene unos segundos con la llave en la mano.

—Carol no se ha llevado a Lucas, está en Madrid. He hablado con ella hace una hora.

Lo primero que se le pasa a Diego por la cabeza es que su exmujer se ha ido de finde con su novio, y la bilis le sube por la garganta. Su cabeza no está procesando bien.

—Cuando vuelvas a hablar con ella dile que se divierta, que no se preocupe, que yo cuido de su hijo mientras se folla al banquero de mierda.

Rosa levanta la mirada. Es una mujer bajita, no llega al metro y medio. Mira a ambos lados de Diego y luego gira sobre sí misma recorriendo con la vista el patio. Con rapidez abre la puerta del espacio que el colegio tiene destinado para el uso del comedor y vuelve a mirar a Diego.

—¿Dónde está Lucas?

El padre parece no entender la pregunta.

—¿Dónde está Lucas, Diego? —repite.

Ambos se miran entendiendo la pregunta. El cielo descarga con furia una cantidad desmedida de agua.

De pronto a Diego el agua le pesa en los hombros, le taladra la cabeza, lo engulle.

Siente como si el suelo hubiera perdido la firmeza, o tal vez sean sus piernas, que no son capaces de mantenerlo firme, y se desploma.

Rosa grita el nombre del niño una, dos, cinco, diez veces. Corre de una esquina a otra de un patio que parece extenderse a cada zancada.

Diego sigue los pasos de la mujer con la mirada. Ahora hablar con Carol se torna una necesidad. Pero no tiene el móvil. Necesita pedir ayuda y no sabe cómo hacerlo.

Es Rosa quien se encarga de llamar a la directora y comunicarle que el niño ha desaparecido.

Diego escucha sus voces, pero no logra entender lo que dicen.

No puede. La directora llega junto a ellos en unos pocos pero largos minutos.

Quiere recorrer aula por aula antes de llamar a la policía.

Está convencida de que Lucas se ha escondido.

Tal vez le haya asustado la tormenta. A los niños les dan miedo los truenos y los relámpagos, ¿no?

Está segura de que lo encontrarán. No es posible que alguien se haya llevado a Lucas; Rosa asegura que el niño estaba en el comedor cuando sirvieron el primer plato. Ella misma se lo puso delante.

Las dos mujeres se reparten las dos plantas que forman el colegio. No es un centro grande; solo da cabida a trescientos alumnos entre infantil, primaria y secundaria, por lo que no tiene demasiados espacios en los que un niño pueda esconderse.

Diego escucha, a través de la cortina de lluvia, cómo dos extrañas gritan con desesperación el nombre de su hijo. Quiere ir a ayudarlas. No puede ir a ayudarlas. Sabe que es una pérdida de tiempo. Lucas sería incapaz de permanecer escondido al escucharlas.

Algo visceral se retuerce en su interior. De pronto siente frío, un frío tan intenso que le hace temblar de pies a cabeza. Un frío que nada tiene que ver con la temperatura. Es la certeza de que su hijo ha desaparecido.

Alguien se ha llevado a Lucas.