No Alimentes al Vecino Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—¿Tengo que esperar hasta la próxima? ¿Y después la siguiente? ¿Y confiar en que algún día puedas hacerlo? —Adrian negó con la cabeza—. No estoy diciendo que nunca vayas a poder. Estoy diciendo que ya no sé cómo seguir dentro de esto mientras tú lo descubres.

—Entonces, ¿eso es todo? —preguntó Teo, sintiendo que la garganta se le cerraba—. ¿Te vas porque tuve miedo?

—No. Salgo de esta relación porque tu miedo empezó a decidir también el lugar que yo ocupo en ella.

Teo apartó el rostro.

Adrian respiró hondo antes de continuar.

—Esto no es un castigo. No estoy intentando asustarte para que se lo cuentes a tu padre. No quiero una promesa ahora y no quiero que hagas nada hoy. Solo necesito salir mientras no sepas si realmente puedes compartir esta relación conmigo fuera de una puerta cerrada.

—La compartí con Sofia.

—Porque ella ya lo sabía.

Teo se quedó callado.

—Y eso fue importante —añadió Adrian—. Sé que lo fue.

Sé cuánto te costó dejar que me quedara cuando ella llegó.

No estoy borrando nada de lo que hiciste.

Pero Sofia es el único lugar seguro que ya tenías antes de mí.

Hoy apareció la persona que más miedo te da y descubrí dónde quedo yo cuando tú no te sientes seguro.

Teo sintió que le ardían los ojos y odió su propia incapacidad para encontrar una frase que arreglara aquello.

—Te amo.

Adrian tragó saliva.

—Lo sé.

—Tú también me amas.

—Sí.

—Entonces eso debería importar.

—Importa. —Adrian se pasó una mano por el rostro—. Por eso duele de esta manera.

Teo permaneció inmóvil en medio de la sala.

No había suficiente rabia para convertir aquello en una discusión sencilla.

Adrian no lo estaba llamando cobarde, no exigía que se lo contara a Victor, no amenazaba con sacarlo del armario y ni siquiera decía que Teo hubiera mentido sobre lo que podía ofrecer.

Simplemente estaba reconociendo que aquello que había aceptado al principio ya no le bastaba ahora.

Y Teo no sabía cómo luchar contra eso.

Un ruido llegó desde el balcón.

Los dos miraron al mismo tiempo.

Milo apareció por la abertura inferior de la división y entró en el apartamento de Adrian con la naturalidad de siempre. Caminó hasta la sala, se acercó a él y frotó el cuerpo contra su pierna.

Adrian se agachó.

Durante un instante, su expresión se desarmó por completo.

—Eliges los peores momentos —murmuró, acariciando a Milo detrás de las orejas.

El gato presionó la cabeza contra su mano.

Teo sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

Durante meses, Milo había cruzado aquel paso sin necesitar saber a quién pertenecía cada espacio.

Adrian lo recibía, Teo se quejaba, después iba a buscarlo, después lo dejaba quedarse.

El gato se había convertido en parte de la rutina de ambos antes incluso de que admitieran que se gustaban.

Adrian siguió acariciando a Milo durante unos segundos.

Después lo cogió en brazos.

Teo supo lo que iba a ocurrir antes de que se levantara.

—Puede quedarse ahí —dijo.

Adrian sostuvo al gato contra el pecho.

—Hoy no.

—Adrian...

—No es por él.

—Lo sé.

Adrian llevó a Milo hasta Teo y se lo entregó. El gato protestó en voz baja por el cambio de brazos.

—Mañana probablemente volverá a cruzar —dijo Adrian—. El paso sigue ahí. No voy a empezar una guerra con el gato porque hayamos terminado.

La palabra finalmente apareció.

Terminado.

Teo abrazó a Milo con más fuerza.

—No quiero esto.

Adrian permaneció frente a él, lo bastante cerca como para que Teo pudiera extender la mano y tocarle el rostro.

No lo hizo.

—Yo tampoco quería llegar a este punto.

—Entonces no llegues.

La expresión de Adrian se cerró durante un segundo.

—Si me quedo solo porque los dos estamos sufriendo, mañana nada habrá cambiado.

Teo lo sabía.

Esa era la peor parte.

Adrian caminó hasta la puerta y la abrió.

Teo permaneció inmóvil. Milo empezó a moverse entre sus brazos, molesto por la forma en que lo retenía.

—No sé qué hacer —admitió Teo.

Adrian lo miró.

No le ofreció ninguna solución.

Teo cruzó la puerta.

Antes de que pudiera girarse por completo, Adrian habló:

—Buenas noches, Teo.

Teo lo miró durante un instante más.

—Buenas noches.

La puerta se cerró.

El clic de la cerradura fue bajo.

Aun así, Teo permaneció en el pasillo durante unos segundos, con Milo apretado contra el pecho, mirando la pared que separaba los dos apartamentos.

Después entró en casa.

Milo fue directamente al balcón en cuanto Teo lo soltó y se detuvo frente a la división, interesado en el camino que acababa de recorrer.

Teo cerró la puerta de cristal antes de que pudiera volver a cruzar.

No porque quisiera impedir que el gato fuera hasta Adrian para siempre.

Simplemente porque aquella noche no soportaría verlo regresar.

Se sentó en el sofá y se quedó mirando el apartamento.

Todo estaba en su sitio.

El silencio era exactamente lo que durante mucho tiempo había deseado.

No le trajo ninguna paz.

El teléfono vibró un rato después.

Teo tardó en mirar.

Era Sofia.

¿Qué pasó hoy antes del almuerzo?

Pocos segundos después llegó otro mensaje.

No estabas solo cansado. Llámame cuando puedas.

Teo se quedó con el teléfono en la mano sin responder.

Al otro lado de la pared, no oyó nada.