No Alimentes al Vecino Capítulo 15
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Capítulo 15

T eo buscó a Sofia al día siguiente. Podría haberle enviado un mensaje, pero pasó toda la mañana reorganizando mentalmente la conversación con Adrian y descubrió que no quería resumir aquello en media docena de frases en una pantalla.

Cuando por fin estuvieron solos, tardó más de lo que pretendía en empezar.

Sofia se dio cuenta de que algo iba mal y esperó.

Teo le contó lo del brunch, el compañero del trabajo, el movimiento automático de retirar la mano y alejarse de Adrian, y después repitió casi palabra por palabra lo que Adrian había dicho durante el paseo.

Explicó que no había exigido que lo presentara como su novio, no había pedido ninguna demostración pública ni había convertido la situación en un ultimátum.

Aun así, se había sentido herido porque, en cuanto apareció alguien conocido, Teo cambió por completo la forma en que lo trataba.

—Y entendí lo que quiso decir —concluyó Teo, pasándose una mano por el rostro—.

Creo que esa es la peor parte. Si estuviera exigiendo que se lo contara a todo el mundo, sería fácil decir que no puedo.

Pero no fue eso. Solo dijo que, durante unos minutos, dejó de ocupar el lugar que tenía en mi vida porque apareció alguien que yo conocía.

Sofia permaneció en silencio unos segundos antes de preguntar:

—¿Quieres seguir con él?

—Sí —respondió Teo sin necesidad de pensarlo.

La rapidez de la respuesta hizo que Sofia levantara ligeramente las cejas.

—Entonces empieza por ahí. Porque eso ya es diferente.

—¿Diferente de qué?

—De casi todo lo que hiciste después de aquella relación antigua.

—Sofia apoyó los brazos sobre las piernas y lo miró—.

Pasaste años eligiendo relaciones que podían terminar antes de llegar a este punto.

Si alguien no ocupaba suficiente espacio en tu vida, tampoco existía el riesgo de que ese espacio llegara cerca de la familia, de papá, del trabajo o de cualquier otra parte que mantienes separada.

Teo sintió la crítica antes incluso de decidir si era injusta.

—Yo no elegía a las personas pensando en eso.

—No estoy diciendo que hicieras una selección consciente.

Estoy diciendo que te funcionaba. Las relaciones superficiales no exigían que resolvieras nada.

Podías salir con alguien durante unas semanas, unos meses, mantenerlo todo dentro de los límites que controlabas y terminar sin tener que preguntarte qué pasaría si esa persona empezara a formar parte de tu vida de verdad.

—Adrian ya forma parte.

—Lo sé. Por eso estás aquí.

Teo guardó silencio. Sofia no parecía interesada en suavizar la conclusión solo para hacerlo sentir más cómodo.

—Y no te digo esto para atacarte —continuó ella—. Solo quiero que te des cuenta de que el problema no empezó en el brunch. Aquello fue la primera vez que viste lo que pasa cuando las dos partes de tu vida se encuentran por accidente.

—Le prometí que intentaré manejarlo mejor si vuelve a pasar.

—Perfecto. Pero ¿sabes por qué tu primera reacción fue esa?

Teo lo sabía. Esa era precisamente la pregunta que llevaba evitando desde que había vuelto a casa.

—Porque no quería que mi compañero lo supiera.

—Eso explica el miedo. No explica por qué el miedo decidió todo antes de que tuvieras tiempo de pensar.

Teo apartó la mirada. El recuerdo de su relación anterior había regresado varias veces desde el brunch, y no le gustaba el motivo. Durante años había tratado aquella historia como una decisión dolorosa, cerrada en el pasado. Ahora empezaba a ver una continuidad que prefería no encontrar.

—No fue igual —dijo.

—Todavía no —admitió Sofia—. Pero tú mismo me contaste cómo aquello empezó a ir mal.

Tu ex quería ocupar más espacio en tu vida y tú empezaste a calcular todo lo que podía pasar si seguían juntos.

A dónde podían ir, quién podía verlos, cuánto tiempo podías mantener cada parte separada. Hasta que se volvió demasiado difícil.

—Y terminé con él.

—Antes de que papá se enterara —completó Sofia—. No después.

Teo la miró.

—Victor nunca descubrió aquella relación —continuó Sofia—. No te obligó a terminar. No les prohibió estar juntos. No montó ningún escándalo. Tú decidiste por adelantado que no soportarías lo que podría pasar si lo supiera y terminaste la relación antes de descubrir cuál sería su reacción real.

—Porque tenía motivos para pensar que sería mala.

—Los tenías. Y todavía tienes motivos para sentir miedo. Nunca dije lo contrario.

Teo permaneció unos segundos en silencio.

Sofia conocía las mismas historias que Adrian conocía ahora.

Sabía de los comentarios de Victor, de sus opiniones sobre la masculinidad, de la reacción ante la pareja de hombres en la televisión.

Nunca había intentado convencerlo de que se había imaginado aquellas cosas.

—¿De verdad crees que me aceptaría? —preguntó Teo.

Sofia no respondió de inmediato, y la demora ya le dio a Teo parte de la respuesta.

—No lo sé.

—Siempre dices que me quiere.

—Porque te quiere.

—Entonces crees que me aceptaría.

—No conviertas una cosa en la otra porque quieres una garantía —respondió Sofia, sin elevar la voz—. Puedo saber que nuestro padre te quiere y aun así no saber exactamente cómo va a reaccionar cuando descubra que eres gay. No voy a prometerte una reacción que solo le pertenece a él.

Teo se recostó y cruzó los brazos.

—Eso ayuda muchísimo.

—¿Quieres ayuda o quieres que te diga que todo va a salir bien?

—Quería saber qué piensas.

—Y te lo estoy diciendo. Creo que Victor es rígido, conservador y ha dicho suficientes cosas como para que tengas miedo.

También creo que ha pasado toda nuestra vida involucrado con sus hijos.

Ya ha estado en desacuerdo con decisiones mías, tuyas, se ha quejado, ha criticado, ha intentado convencernos y ha seguido apareciendo al día siguiente con herramientas, comida o alguna solución práctica que nadie le pidió.

Teo recordó la primera visita de su padre al apartamento.

Victor había criticado la disposición de los muebles, los acabados, la elección del inmueble y, poco después, había dicho que no era él quien viviría allí.

Yo puedo pensar que lo habría hecho de otra manera.

Eso no significa que tú tengas que vivir como yo.

La frase seguía en su memoria, pero Teo se negaba a tratarla como respuesta a una cuestión mucho más grande.

—Estás comparando un apartamento con que yo sea gay.

—No —respondió Sofia de inmediato—. Y tienes razón si crees que no son comparables. La sexualidad no es una elección de vivienda, carrera o muebles. Precisamente por eso no voy a mirarte y decirte: «Aceptó otras decisiones, así que también aceptará esto». No lo sé.

Teo soltó el aire lentamente.

—Lo que sí sé —continuó Sofia— es que llevas años tratando la peor reacción posible de nuestro padre como si ya hubiera ocurrido.

No sabes si se va a enfadar, si se sentirá decepcionado, confundido, si necesitará tiempo o si reaccionará mejor de lo que imaginas.

No lo sabes porque nunca permitiste que existiera una respuesta.

Hasta ahora, todas tus decisiones se han basado en la versión más aterradora de ella.

—Porque una vez que se lo cuente no hay vuelta atrás.

—Lo sé.

—Si sale mal, no eres tú quien pierde la relación con él.

Sofia asimiló la frase sin reaccionar a la defensiva.

—Es verdad. Y por eso nunca se lo contaré por ti ni te diré que tienes que hacerlo. El riesgo lo corres tú. Y tú decides si puedes asumirlo.

Teo se pasó los dedos por la frente. Había esperado que hablar con Sofia le ayudara a ordenar el problema. En cambio, ella se negaba precisamente a darle lo único que habría hecho sencilla la decisión: certeza.

—Todavía no puedo contárselo.

—Entonces no se lo cuentes ahora.

Teo levantó la mirada, sorprendido por la facilidad de la respuesta.

—Pensé que ibas a decir que tengo que hacerlo.

—No. Nadie debería obligarte a salir del armario para demostrar valentía, amor ni ninguna otra cosa.

—Sofia se inclinó un poco hacia delante—.

Pero hay otra parte que también tienes que aceptar: mientras no se lo cuentes, no puedes fingir que sabes cuál sería su respuesta.

Llevas años tomando decisiones por papá.

Decides lo que sentiría, lo que haría, hasta dónde llegaría y organizas tu vida alrededor de eso.

Tal vez tengas razón. Tal vez no. Pero no hay forma de saberlo mientras sigas respondiendo por él.

Teo se quedó callado.

—Y ahora ya no se trata solo de ti —añadió Sofia.

—Lo sé.

—¿De verdad?

Teo la miró.

—Adrian no tiene derecho a obligarte a salir del armario —continuó Sofia—.

Pero sí tiene derecho a decidir hasta dónde puede llegar en una relación escondida.

Las dos cosas pueden existir al mismo tiempo.

Puedes tener motivos reales para no poder contarlo y él puede tener motivos reales para sentirse herido cuando lo borras en cuanto aparece alguien.

—No amenazó con terminar. De hecho, fue todo lo contrario. Dejó claro que no quería convertirlo en un ultimátum.

—Y eso está bien. Solo no esperes que su paciencia sea una obligación permanente. También es su vida la que está en juego y quizá no quiera vivir así para siempre.

Teo sintió aumentar la incomodidad.

—Le prometí que voy a intentarlo.

—Entonces inténtalo. Solo no esperes que «intentarlo» signifique que él nunca más pueda decir que algo le dolió o le molestó.

La frase permaneció entre ellos. Sofia no parecía estar poniéndose del lado de Adrian contra su hermano. Precisamente por eso todo era más difícil. Reconocía el miedo de Teo sin permitir que lo utilizara para invalidar lo que Adrian sentía.

—No quiero perderlo —admitió Teo.

Sofia lo observó durante un momento.

—Entonces quizá haya llegado el momento de dejar de pensar solo en lo que necesitas hacer para no perder a alguien y empezar a pensar en qué tipo de relación puedes ofrecer de verdad.

Teo no respondió. La pregunta no tenía solución aquel día.

Todavía no podía imaginar una conversación con Victor sin sentir que todo su cuerpo se resistía a la idea.

Seguía sin saber qué haría si otro compañero volvía a encontrárselo con Adrian.

Solo sabía que, por primera vez desde aquella relación antigua, había alguien de quien no quería simplemente alejarse cuando las cosas empezaban a complicarse.

Cuando regresó al edificio, ya estaba oscureciendo.

Teo entró en el apartamento esperando encontrar a Milo y descubrió la sala vacía.

La puerta del balcón estaba abierta, lo que explicaba su desaparición.

Probablemente el gato había cruzado hasta Adrian.

Teo dejó las llaves sobre la encimera y pasó unos segundos mirando la división a lo lejos, preguntándose si debía ir a buscarlo.

El teléfono vibró antes de que decidiera.

Milo está aquí. Cenó lo que estaba registrado y, al parecer, piensa quedarse un rato.

Nada sobre el brunch.

Nada sobre la conversación del día anterior.

Teo respondió:

Déjalo. Después volverá.

Adrian envió únicamente una confirmación.

Teo esperó otro mensaje y se dio cuenta de que no llegaría.

No había ninguna pregunta sobre dónde había pasado la tarde, ningún intento de retomar el tema, ninguna exigencia para saber si había pensado en lo que habían hablado.

Adrian estaba haciendo exactamente lo que había prometido: darle espacio.

Milo regresó algún tiempo después por el balcón y caminó hasta la sala.

Teo se agachó para acariciarlo y después oyó deslizarse la puerta del balcón vecino al otro lado de la división.

Adrian estaba a pocos metros. Teo podía cruzar el pasillo o enviarle un mensaje.

Al final no hizo ninguna de las dos cosas aquella noche.

No porque quisiera distancia, sino porque empezaba a darse cuenta de cuánta distancia estaba aceptando Adrian para no presionarlo.

Hasta su silencio era una concesión.

Teo se sentó en el sofá mientras Milo subía a su lado.

Adrian conocía la historia con Victor, sabía del antiguo novio, había salido herido del brunch y, aun así, no había exigido una solución inmediata.

No había pedido anuncios, presentaciones, revelaciones ni plazos.

Solo había dicho que ser borrado dolía y había confiado en que Teo haría algo con aquella información.

Eso significaba que Teo ya no podía fingir que el problema no existía.

Todavía no sabía cómo resolverlo. Todavía no podía contárselo a su padre. Seguía sintiendo el mismo miedo que llevaba años cargando.

Pero ahora sabía que obedecer automáticamente a ese miedo tenía consecuencias para alguien más que él.