Capítulo 8
A lgunos días después, Teo cogió a Milo en brazos y tuvo la impresión de que pesaba más. Su primera reacción fue culpar a Adrian. La segunda fue darse cuenta de que quizá necesitaba una báscula.
Teo se subió solo a la báscula del baño, memorizó el número y luego volvió a la sala para buscar a Milo.
El gato se dio cuenta de sus intenciones e intentó escapar, obligando a Teo a sacarlo de detrás del sofá antes de conseguir sujetarlo contra el pecho.
Volvió a la báscula, esperó a que la pantalla se estabilizara e hizo la cuenta.
Repitió el proceso una segunda vez porque no le gustó el resultado.
Después buscó el último peso registrado en la cartilla veterinaria.
Milo había engordado. No lo suficiente como para convertirlo de repente en un gato obeso, pero sí lo bastante para que Teo entendiera que aquellas semanas de dos casas, premios y mimos estaban produciendo un efecto concreto.
Pidió cita y, poco después, avisó a Adrian de que aquel día Milo no cruzaría porque iba al veterinario. La respuesta llegó casi de inmediato.
¿Ha pasado algo?
Ha engordado. Quiero asegurarme de que esté bien.
Tardó menos de un minuto.
Voy contigo.
Teo frunció el ceño ante la pantalla.
No hace falta.
Yo le di parte de los premios. Si hay que cambiar algo, también quiero oírlo.
Teo empezó a escribir una respuesta diciendo que era perfectamente capaz de transmitir instrucciones, la borró y se quedó mirando a Milo, que en aquel momento intentaba morder la rejilla del transportín.
Adrian realmente había participado en la nueva rutina.
Y, desde el acuerdo, había respetado todo lo que habían establecido.
Al final, Teo respondió únicamente con la hora.
Adrian apareció frente a la puerta unos minutos antes de que salieran y se agachó delante del transportín.
—Estás estupendo. No escuches a este hombre obsesionado con los números —le dijo Adrian a Milo.
—Ha engordado.
—También está más feliz.
—La felicidad no elimina calorías.
—Sabía que ibas a convertir esto en una auditoría.
La consulta eliminó rápidamente cualquier preocupación importante.
El veterinario examinó a Milo, hizo preguntas sobre su alimentación, rutina y actividad y confirmó que el gato estaba sano.
El problema era exactamente lo que Teo sospechaba: Milo había empezado a consumir más calorías desde que repartía su tiempo entre dos apartamentos.
Incluso con el acuerdo, estaban los premios que le daba Teo, los que le daba Adrian y las pequeñas concesiones que cada uno parecía considerar insignificantes por separado.
—Entonces la culpa es nuestra —dijo Adrian en cuanto salieron de la consulta, cargando el transportín mientras Teo guardaba los papeles.
—No hace falta que pongas esa cara.
—He estado comprando su amor con comida.
—Y yo le doy premios cada vez que pone esa cara idiota.
—Acabas de admitirlo —dijo Adrian, mirándolo.
—No conviertas esto en un acontecimiento.
—Es histórico. Yo acepto la mitad de la culpa y tú admites la otra mitad. Helena debería estar aquí.
—A partir de ahora, un solo control. No importa en qué apartamento esté. Si tú le das algo, me avisas. Si se lo doy yo, también cuenta —decidió Teo, sosteniendo la puerta para que pasaran.
—De acuerdo. Se acabó la doble vida, aprovechado —respondió Adrian, mirando el transportín.
Milo respondió con un maullido indignado.
De camino a casa, Adrian sugirió que se detuvieran a tomar un café.
Había un sitio con mesas al aire libre donde podían quedarse con Milo dentro del transportín, y Teo aceptó sin discutir demasiado.
Después de la tensión innecesaria que había sentido antes de la consulta, sentarse unos minutos le pareció mejor que regresar inmediatamente a casa.
Eligieron una mesa más apartada, dejaron el transportín junto a la silla de Teo y pidieron.
Milo, ya cansado de tanto movimiento, se tumbó en el fondo y permaneció tranquilo.
—¿Siempre lo llevas tú solo cuando lo necesita? —preguntó Adrian al cabo de un rato, mirando el transportín.
—Siempre.
—¿Y cuando tienes que viajar o pasar mucho tiempo fuera?
—Lo organizo con antelación. Dependiendo del tiempo, Sofia me ayuda.
—¿No tienes a nadie más?
—No —respondió Teo, negando con la cabeza.
—¿Ninguna novia o novio con quien compartir la responsabilidad parental? —preguntó Adrian con el mismo tono que habría utilizado para cualquier otra pregunta.
La pregunta sonó demasiado natural. Teo pasó unos segundos sujetando la taza sin beber.
No era la primera vez que tenía que responder algo relacionado con sus relaciones, pero normalmente conseguía esquivar el tema antes de que se planteara de aquella forma.
Adrian no había dado nada por sentado. Había ofrecido ambas posibilidades sin cambiar la voz, sin ninguna expectativa visible.
—Un novio sería la posibilidad. Pero no tengo ninguno —respondió Teo al fin.
Adrian se quedó inmóvil durante un instante. Su mirada se fijó en el rostro de Teo, no con sorpresa, sino con una atención nueva.
—Entonces tú...
Teo se dio cuenta de que su respuesta todavía permitía más de una interpretación.
—Soy gay.
Lo dijo en voz baja, aunque nadie a su alrededor les estaba prestando atención. El propio cuidado con el volumen le molestó un segundo después.
—De acuerdo —respondió Adrian.
Solo eso.
Teo levantó los ojos, casi esperando una reacción mayor.
—Eso explica una cosa —dijo Adrian, cogiendo su propia taza.
—¿Qué? —preguntó Teo, sintiendo que la tensión regresaba de inmediato.
—Nada importante. Solo que no sabía si me odiabas de una manera completamente neutral o si había alguna complejidad adicional —respondió Adrian, dando un sorbo y sonriendo discretamente.
—Sigues siendo muy fácil de odiar.
—Qué alivio. Empezaba a preocuparme por perder mi posición.
El comentario devolvió parte de la normalidad a la mesa, pero no por completo.
Adrian ahora lo sabía. Teo lo percibía cada vez que sus miradas se encontraban durante los minutos siguientes.
Seguía siendo el mismo hombre sentado frente a él, seguía hablando de la misma manera, seguía pareciendo demasiado cómodo, pero aquel conocimiento introducía una nueva posibilidad.
A Teo no le gustaba admitir, ni siquiera ante sí mismo, que podía sentirla.
Adrian no volvió de inmediato al tema. Preguntó por Milo, comentó algo sobre el veterinario y dejó que la conversación siguiera otros caminos antes de regresar al asunto de las relaciones a raíz de una historia propia.
—Mi última relación duró casi dos años. Después de eso pasé un tiempo sin querer compartir rutina con nadie. Descubrí que es estupendo no tener que negociar espacio en el armario —contó Adrian, removiendo el café.
—Tienes demasiado espacio ocupado por cámaras para que alguien se queje del armario.
—Era uno de sus argumentos. Injusto, pero técnicamente correcto.
Teo sonrió ligeramente.
—¿Y tú? ¿Llevas mucho tiempo soltero? —preguntó Adrian, apoyando el antebrazo sobre la mesa.
—Un tiempo.
—¿Por elección?
—En parte.
Adrian pareció notar la barrera en la respuesta y no intentó atravesarla.
—Justo.
Aquello sorprendió a Teo más de lo que lo habría hecho una provocación.
Adrian podía ser insistente con las cosas pequeñas, discutir por premios y bromear con cualquier queja, pero había momentos en los que simplemente se daba cuenta de que no debía seguir.
Teo terminó el café y cambió de tema. Adrian lo siguió sin dificultad.
Cuando llegaron al edificio, los dos entraron en el ascensor con el transportín de Milo entre ellos.
Adrian sujetaba el asa y Teo permaneció a su lado, observando cómo subían los números sobre la puerta.
El silencio que antes habría sido simplemente silencio ahora llevaba algo diferente dentro.
Teo sabía que Adrian lo sabía. También sabía que Adrian era gay.
Y, por primera vez, ninguna de aquellas dos informaciones estaba aislada.
Adrian giró ligeramente el rostro. Teo hizo lo mismo.
Sus miradas se encontraron. Ninguno de los dos habló.
Milo soltó un largo maullido dentro del transportín.
—No le gusta cuando la atención deja de ser suya —dijo Adrian, bajando la mirada y riéndose.
—Al menos en eso es constante —respondió Teo, respirando de nuevo y volviendo los ojos hacia la puerta del ascensor.
Cuando llegaron a su piso, Adrian le entregó el transportín. Los dedos de ambos se tocaron sobre el asa durante un instante que duró más de lo necesario. Adrian fue el primero en soltarla.
—Luego me mandas la nueva cantidad de premios.
—Te la mando.
—Ahora oficialmente bajo supervisión.
—No lo arruines.
Adrian sonrió y entró en su apartamento.
Teo llevó a Milo a casa, abrió el transportín y observó al gato salir.
Todavía tenía que ajustar la alimentación, organizar el control y seguir las recomendaciones del veterinario.
Aun así, durante buena parte de aquella noche, lo único que volvía una y otra vez a su cabeza era la forma en que Adrian lo había mirado dentro del ascensor.