No Alimentes al Vecino Capítulo 3
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Capítulo 3

T eo cruzó el pasillo con Milo en brazos y llamó dos veces a la puerta de Adrian.

Cuando levantó la mano para llamar una tercera vez, la puerta se abrió.

Adrian llevaba camiseta, vaqueros y calcetines, y sostenía un paquete pequeño en una mano.

Bastó con que mirara primero a Teo, después a Milo y finalmente al paquete para darse cuenta de que cualquier intento de ocultar la prueba sería inútil.

—Buenos días.

Teo señaló el paquete.

—¿Qué es eso?

Adrian miró el objeto que tenía en la mano.

—Dependiendo del nivel de precisión que esperes en la respuesta, premios para gatos.

—¿Le diste eso?

—En mi defensa, hubo una campaña bastante agresiva.

—Ayer te dije que no alimentaras a mi gato.

—Lo recuerdo. Y lo respeté durante casi veinticuatro horas.

Teo se quedó mirándolo.

—¿De verdad crees que eso mejora la situación?

—Cuando lo dices así, me doy cuenta de que quizá no.

Milo se movió entre los brazos de Teo y estiró una pata hacia la puerta. Adrian lo vio.

—Ese gesto tampoco ayuda a tu argumentación.

Teo volvió a acercar al gato contra su pecho.

—¿Por qué compraste premios para un animal que no es tuyo?

—Porque apareció temprano esta mañana, entró en mi cocina y pasó varios minutos sentado frente al armario maullando.

Intenté ignorarlo. Subió el volumen. Intenté explicarle que no tenía nada para gatos.

No mostró ningún interés por la explicación.

Así que bajé y compré esto. —Adrian levantó el paquete—.

Antes de que preguntes, es para gatos. Leí el envase.

—¿Saliste de casa específicamente para comprarle premios?

Adrian vaciló durante un segundo.

—Dicho de esa manera, parece una decisión más comprometida de lo que me gustaría admitir.

—Porque lo fue.

—Tal vez.

—Te pedí que no le dieras comida.

—Y no le di comida humana, leche, queso ni ninguna otra cosa irresponsable.

—No fue eso lo que te pedí.

Adrian apoyó el hombro en el marco de la puerta.

—Estaba siendo muy convincente.

—Acababa de comer en casa.

—Esa información fue convenientemente omitida durante el interrogatorio.

—Adrian, es un gato.

—Y, al parecer, un mentiroso. Eso es grave.

Teo respiró hondo, conteniendo las ganas de arrancarle el paquete de la mano.

—No alimentes a Milo sin mi autorización. Es sencillo. No sabes cuánto come durante el día, no sabes cuál es la cantidad adecuada de premios y no eres responsable de su alimentación.

La sonrisa de Adrian disminuyó. Por primera vez desde que había abierto la puerta, pareció tomarse parte de la queja en serio.

—¿Tiene alguna alergia o restricción?

—No, pero ese no es el punto.

—De acuerdo. No voy a darle nada que pueda hacerle daño y puedo reducir bastante la cantidad.

Teo frunció el ceño.

—Te dije que no le dieras nada.

—Te escuché.

—Entonces, ¿por qué respondiste «reducir»?

Adrian miró a Milo.

—Porque sigue entrando en mi casa.

—Eso no te convierte en su dueño.

—Nunca dije que lo hiciera.

—Fuiste hasta una tienda a comprarle premios.

—Los premios no son una escritura de adopción.

—Siguen siendo comida.

—No sé si jurídicamente la clasificación es tan sencilla.

Teo permaneció en silencio durante unos segundos hasta comprender que Adrian ya había vuelto a provocarlo.

—Lo estás haciendo a propósito.

—Solo la parte jurídica.

—Estoy hablando en serio.

—Lo sé. —Adrian levantó el paquete—. Y también hablo en serio cuando digo que no voy a darle nada que pueda hacerle daño. Solo creo que estás tratando tres premios como si fueran un intento de quitarte la custodia.

—No existe ninguna custodia.

—Exactamente. Porque es tuyo.

—Por fin estamos de acuerdo en algo.

—Siempre he estado de acuerdo con eso.

Teo dejó a Milo en el suelo durante unos segundos para acomodarse la camiseta, que había quedado atrapada bajo el brazo del gato. En cuanto sus patas tocaron el suelo, Milo se giró hacia la puerta de Adrian.

Teo puso un pie delante de él.

Adrian sonrió.

—Esto se está volviendo incómodo para ti.

—Es curioso.

—Claro.

—Acaba de mudarse. Todo es nuevo.

—Incluido yo.

—Sobre todo la posibilidad de conseguir comida en dos sitios.

Adrian miró a Milo.

—¿Oíste eso? Está reduciendo nuestra relación a puro interés alimenticio.

Teo volvió a coger al gato.

—No hables con él sobre mí.

—Esa regla ya existe. Lo había olvidado.

—Perfecto. Entonces recuerda también la otra.

—Lo intentaré.

La respuesta hizo que Teo apretara los labios.

—«Lo intentaré» no es una promesa.

—Precisamente por eso usé esas palabras.

Teo no vio ninguna utilidad en seguir discutiendo. Regresó a casa decidido a impedir que aquella conversación volviera a repetirse.

Aquella tarde salió durante un rato y regresó con una nueva placa para el collar de Milo. Era pequeña, ligera y sencilla, con letras lo bastante grandes como para poder leerse sin necesidad de sujetar al animal. Teo colocó la pieza junto a la placa de identificación y observó el resultado.

NO ME ALIMENTES

—Ahora ya no existe ninguna posibilidad de interpretación equivocada.

Milo intentó alcanzar la placa con los dientes.

—No. Eso no es comida. Es una instrucción.

El gato desistió después de varios intentos y caminó hacia el balcón. Teo lo siguió con la mirada mientras rodeaba la barrera, se agachaba junto a la división y desaparecía al otro lado.

Esta vez no lo llamó para que volviera.

Si Adrian necesitaba un recordatorio, lo recibiría directamente colgado del cuello del interesado.

Teo siguió con lo que estaba haciendo y, durante casi una hora, no oyó nada.

Cuando Milo finalmente apareció de nuevo en la sala, llegó caminando tranquilamente, con la cola levantada y una expresión satisfecha.

Teo se agachó para cogerlo y enseguida notó que había algo diferente sujeto al collar.

Junto a la placa había una pequeña tarjeta doblada.

La quitó.

La abrió.

DIJO QUE SE ESTABA MURIENDO DE HAMbrE.

Teo la leyó una vez.

Después otra.

Miró a Milo.

—Tienes que estar bromeando.

El gato se frotó contra su pierna.

Teo levantó la tarjeta.

—No. Esto acaba de convertirse en una cuestión de principios.

Milo se dirigió hacia el sofá mientras Teo ya caminaba hacia la puerta.

Adrian abrió pocos segundos después de que llamara. La sonrisa apareció incluso antes de que Teo le mostrara la tarjeta, lo que confirmó que estaba esperando aquella visita.

—¿Tú pusiste esto en su collar? —preguntó Teo.

Adrian miró su propio mensaje.

—La letra quedó mejor de lo que esperaba.

—Puse una instrucción muy sencilla.

—Y yo respondí al comunicado.

—Usando a mi gato.

—Usé papel. El gato fue solo el servicio de mensajería.

—Adrian.

Intentó contener la sonrisa.

—Perdón, pero tienes que admitir que poner «no me alimentes» en un collar y mandar al gato de vuelta a mi casa exigía algún tipo de respuesta.

—Yo no lo mandé a tu casa.

—Él vino.

—Porque sigues recompensándolo.

—Un círculo vicioso. Complicado.

Teo levantó la tarjeta entre ambos.

—¿Le diste más premios?

—Uno.

—¿Solo uno?

—Pequeño.

—¿Ahora llevas la cuenta?

—Pensé que demostraría responsabilidad.

—Demuestra que ignoraste deliberadamente lo que te dije.

Adrian cruzó los brazos.

—Teo, no le estoy dando un paquete entero. Aparece, se sienta en la cocina y me mira hasta que le ofrezco algo.

—Ignóralo.

—¿Tú puedes ignorar esa cara?

—Llevo cinco años conviviendo con esa cara.

—Entonces sabes que no.

Teo abrió la boca para responder y se dio cuenta de que tenía una cantidad preocupante de ejemplos que demostraban que Adrian tenía razón. Milo ya había conseguido premios, juguetes y al menos dos camas nuevas usando exactamente aquella estrategia.

—Eso no importa.

—Esa pausa sugiere que importa un poco.

—La cuestión es que yo soy responsable de él. Pago el veterinario, compro su comida, controlo su alimentación, limpio la caja de arena, le doy medicamentos cuando los necesita y sé exactamente qué come.

—Mientras yo aparezco con regalos y ninguna responsabilidad —concluyó Adrian, asintiendo—. Cada vez se parece más a una custodia compartida.

—No digas eso.

—Tú también te diste cuenta.

—No me di cuenta de nada.

Adrian empezó a contar con los dedos.

—«Pago el veterinario, compro la comida, limpio la caja». Solo faltó decir que yo me lo quedo los fines de semana y te lo devuelvo malcriado.

Teo sintió que la comisura de su boca amenazaba con moverse y endureció la expresión antes de que Adrian se diera cuenta.

Se dio cuenta.

—Casi te ríes.

—No me reí.

—Casi.

—Estás imaginando cosas.

—Lo vi.

—Entonces necesitas gafas.

Adrian sonrió todavía más.

Teo comprendió de inmediato que había cometido un error. En lugar de terminar con la provocación, había participado en ella.

—No cambies de tema. Quiero que dejes de alimentar a Milo.

—Y yo ya dije que puedo reducirlo.

—Esto no es una negociación.

—Se parece bastante a una negociación.

—No tienes nada que negociar.

—Tengo la posesión temporal y frecuente del interesado.

—Entra sin mi autorización.

—También entra sin la mía.

—Y tú le abres la cocina.

—No necesita una invitación formal para circular.

—¿Te das cuenta de lo absurda que es esta conversación?

Adrian permaneció unos segundos en silencio, mirándolo.

—Sí.

Teo también lo comprendió en aquel momento. Estaban de pie frente a dos puertas vecinas discutiendo derechos, responsabilidades, alimentación y tiempo de convivencia de un gato que cruzaba solo por el balcón.

Adrian soltó una carcajada.

—Esto parece una discusión de padres divorciados.

—No.

—Muchísimo.

—Ni empieces.

—Ya trajiste la hoja de cálculo de gastos. Yo soy claramente el irresponsable que compra regalos para ganarse su cariño.

—Eres el irresponsable que compra comida después de que yo te pidiera que no lo hicieras.

—¿Ves? Ya tenemos los papeles definidos.

Teo negó con la cabeza.

—Eres imposible.

—Y te estás tomando como algo personal que Milo me quiera.

—No me importa que le caigas bien.

Adrian miró hacia la puerta de Teo.

—Un poco.

—Me importa que ignores lo que te pido.

El humor en el rostro de Adrian disminuyó, aunque no desapareció por completo.

—No estoy intentando robarte el gato. Sé que es tuyo y no voy a darle nada que pueda hacerle daño. Puedo reducir los premios.

—Sigues sin poder decir que vas a dejar de dárselos.

—No.

—¿Por qué?

Adrian lo pensó durante un instante antes de responder:

—Porque probablemente sería mentira. Si entra en mi cocina, se sienta delante del armario y pasa diez minutos montando ese escándalo, hay bastantes posibilidades de que termine cediendo.

Teo respiró hondo.

—Entonces hablaré con Helena.

Adrian levantó las cejas.

—¿Por los premios?

—Por mi vecino alimentando a mi gato después de que le pidiera expresamente que no lo hiciera.

—Puedes hacerlo.

Teo esperó alguna señal de preocupación. Adrian simplemente abrió un poco más la puerta y apoyó una mano en el picaporte.

—¿Me estás animando a que me queje de ti?

—Siento verdadera curiosidad por saber si existe alguna cláusula en el reglamento sobre alimentar gatos invasores.

—Milo no es un invasor.

—Entra en mi casa sin invitación.

—Tú mantienes abierta la puerta del balcón.

—Ahora estás culpando a la víctima.

Teo entrecerró los ojos.

—¿Eres capaz de tomarte algo en serio?

La pregunta salió más dura de lo que pretendía. Adrian sostuvo su mirada durante unos segundos antes de responder, esta vez sin sonreír.

—Sí. Esto simplemente todavía no ha llegado a ese nivel.

A Teo no le gustó la respuesta, pero tampoco podía decir que Adrian estuviera tratando la salud de Milo de forma irresponsable.

El problema era otro: Adrian simplemente no aceptaba que Teo decidiera por sí solo lo que sucedía dentro del apartamento de Adrian, incluso cuando aquello involucraba al gato de Teo.

La discusión se había vuelto absurda y, peor aún, Adrian parecía decidido a disfrutarla.

—Si vuelve a aparecer hoy, no le des nada más —dijo Teo.

—Intentaré resistir.

—No es difícil.

—No has visto la actuación.

—La veo todos los días.

—Entonces lo sabes.

Teo decidió que era un buen momento para terminar la conversación.

—Buenas tardes, Adrian.

—Hasta la próxima audiencia.

Teo regresó a casa sin responder. Milo estaba sentado cerca de la puerta, esperando.

—Esto es culpa tuya.

El gato maulló.

—No me interesa tu versión.

Aquella noche, Teo ya estaba en el sofá cuando el teléfono vibró.

Lo cogió y vio un mensaje de Adrian. Había una fotografía de Milo profundamente dormido en el sofá del apartamento vecino, con el vientre parcialmente hacia arriba, una pata doblada junto a la cara y la cabeza apoyada sobre un cojín. Parecía completamente instalado.

Debajo de la imagen, Adrian había escrito:

No recibió ningún premio. Antes de que preguntes.

Teo observó la fotografía durante unos segundos antes de responder.

Tiene que volver.

La respuesta apareció casi de inmediato.

Se lo comunicaré al señor.

Teo puso los ojos en blanco. Podría simplemente borrar la fotografía. Ya tenía cientos de imágenes de Milo en el teléfono, incluso algunas mucho mejores. Aun así, antes de cerrar la conversación, tocó la imagen y la guardó.

Milo había salido guapo.

Solo por eso.

Teo salió de la conversación con Adrian, abrió la aplicación del edificio y buscó el canal de contacto con la administración. Esta vez ya no sería otra discusión en el pasillo.

Empezó a escribir la queja formal.