No Admitas Nada (Grant Hunter 1) Capítulo 46
94%

Capítulo 46

—Líder del Equipo Rojo, aquí Equipo Rojo Tres. ¿Informe de situación? —llegó una petición por nuestras radios.

—Objetivos asegurados. A la espera —respondí con sequedad, sin apartar los ojos de Eastman.

—Así que tienes a otros esperando fuera para detenerme, ¿no? —preguntó.

Antes de que pudiera responder, agitó la mano con desdén, como si mi respuesta no importara.

—En fin, después de que Kincaid muriera, ahí debería haber acabado todo.

Pero no fue así, ¿verdad? —Bajó la voz, cargada de desprecio—.

No. Sabía que no lo dejarías pasar. Sabía perfectamente que los dos seguiríais escarbando.

Buscando a un cómplice. Buscando una conexión con la agencia.

Aunque os dije a ti y a Mitchell que os centrarais solo en Kincaid.

Era demasiado arriesgado. Teníais que desaparecer. El plan era que pareciera un accidente.

Entornó los ojos y su voz arrastró un deje de amargura.

—Una vez más, estuvo a punto de funcionar.

Asentí en respuesta.

—Deberías haber conducido tú —dijo con melancolía—. Tú deberías haberte llevado la mayor dosis de Novichok. Habría sido un accidente trágico. Dos buenos oficiales muertos en una tragedia sin sentido. —Suspiró.

—Pero, ya que te empeñas de forma irritante en no morirte, sígueme la corriente un momento.

Sé cómo Mitchell y tú localizasteis a Kincaid.

Un trabajo muy impresionante, por cierto —dijo antes de continuar—.

Aunque, claro, Kincaid fue descuidado. Os lo puso fácil.

Lo que no entiendo es cómo lo relacionasteis conmigo.

Su franqueza despreocupada me dejó atónito un momento. No negaba su implicación. Ni siquiera lo intentaba. Casi la admiré por ello. Al menos no insultaba mi inteligencia, ni la de Emma.

—Yo no lo descubrí —dije—. Fue Emma.

—¿Cómo es eso? —preguntó. Noté que sentía verdadera curiosidad.

—Goose, geese. Moose, meese —dije, observando cómo su expresión se transformaba en desconcierto.

Frunció las cejas.

—¿Qué?

Dejé que el silencio se alargara, saboreando el momento antes de explicarme.

—Sustantivos invariables. Palabras que son iguales en singular y en plural. Como moose. AIRCRAFT es una de esas palabras. Tanto en inglés como en ruso.

El desconcierto de su rostro se acentuó, así que continué.

—Di por hecho que buscábamos a un solo espía del KGB.

Con el nombre en clave AIRCRAFT. No se me ocurrió que fuerais dos.

A Tucker tampoco se le ocurrió. Descifró el mensaje Venona.

Dedujo que Kincaid era un espía. Un antiguo piloto de la Armada y antiguo piloto de la agencia asignado a sus viajes con Yurchenko.

Kincaid era AIRCRAFT. Por cierto, Moscú debería esforzarse más por aleatorizar sus nombres en clave.

Eastman se limitó a mirarme.

—En fin, Emma conocía lo de los sustantivos invariables. Lo mencionó la noche que murió.

—Todo eso es muy interesante, pero ¿cómo te llevó eso hasta mí? —insistió, con la voz más afilada ahora, teñida de impaciencia.

La fulminé con la mirada.

—Cometió un error.

Ladeó levemente la cabeza, con expresión indescifrable.

—¿Cómo es eso?

—Sentado en aquella cama de hospital durante meses, tuve mucho tiempo para darle vueltas a todo. Para repasar cada paso que dimos en la investigación. Cuando nos reunimos en su despacho, dijo que nunca había conocido a Kincaid.

Asintió.

—¿Y?

—Mintió en eso. Y lo tenía a la vista de todos —dije—. Una foto en su despacho. De usted de pie frente a una avioneta. Sonriendo. Sosteniendo un certificado el día que aprobó su examen de vuelo. Tiene licencia de piloto privado.

De nuevo pareció confundida.

—¿Y qué? Eso fue hace mucho tiempo. Hace más de veinte años que no vuelo.

—Cuando empecé a buscar un segundo objetivo, me acordé de la foto. AIRCRAFT. Por curiosidad, consulté la base de datos de pilotos de la FAA. Mostraba que obtuvo su certificado de piloto privado en 1986. Validado por su instructor de vuelo certificado. Un tal señor J. Kincaid.

Por un instante, su expresión vaciló, una grieta en su calma ensayada. Luego negó con la cabeza, con incredulidad mezclada con desdén.

—Una foto vieja y unos registros de la FAA no bastan para condenarme, Hunter. Adelante, detennos. Aunque alguien te crea, soy intocable. Viktor también. Tiene inmunidad diplomática. En el peor de los casos, el Departamento de Estado lo declarará persona non grata y lo mandará de vuelta a casa.

Nikolaev pareció aliviado al oír aquello.

—¿Y yo? —continuó con suficiencia—. ¿Qué te hace pensar que la séptima planta querrá siquiera procesarme?

Sería demasiado bochornoso para la agencia.

¿Admitir públicamente que la directora adjunta de Operaciones de la CIA es una espía rusa?

La prensa se daría un festín. La comunidad de inteligencia no se recuperaría jamás, y a los de contrainteligencia los voy a volver tarumba.

Nunca separarán la verdad de la ficción.

La realidad de la desinformación. Nunca lograrán desentrañar la profundidad de lo que he creado.

—¿Mi apuesta? Querrán hacer que todo el asunto desaparezca.

Claro, me meterán en un centro de detención clandestino en algún agujero infernal de África.

Será desagradable durante un tiempo, sin duda.

Pero, al final, se llegará a un acuerdo.

Me cambiarán por unos cuantos activos de poca monta que los rusos tienen retenidos.

Moscú me recibirá de vuelta como a una heroína.

Viviré el resto de mi vida como una mujer rica. Adorada por mi país de adopción.

Su arrogancia era asombrosa. No sabría decir si se creía todo aquello o si simplemente estaba como una cabra. Ahora me tocaba a mí hacer una pregunta.

—Antes de que reciba su desfile por la Plaza Roja, quiero saber una cosa. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué cometer traición?

Hizo una pausa, estudiándome como si yo fuera un niño que se porta mal.

—Llevo mucho tiempo en esto, Hunter —dijo—. Más que el que tú llevas en el oficio. Y lo he hecho por una razón muy sencilla.

—¿Y cuál sería esa? —pregunté.

—Salvar el mundo.

Parpadeé, pillado un momento desprevenido por su respuesta.

—¿Salvar el mundo? —escupí—. ¿Vendiendo a su país? ¿Traicionando todo lo que representa la agencia?

—Hunter, no seas tan ingenuo —dijo—. ¿De verdad crees que algo de esto tiene que ver con la lealtad?

¿El patriotismo? Por favor. Todo es cuestión de poder.

Siempre ha sido cuestión de poder. De doblegar a dos superpotencias a mi voluntad.

Llevo décadas alimentando a ambas con desinformación.

Enfrentándolas entre sí. Influyendo en los acontecimientos mundiales de maneras que tú ni siquiera empiezas a comprender.

No soy solo una espía. Soy una titiritera.

Moviendo los hilos entre bambalinas. Manipulando a los hombres débiles que se sientan tras los grandes escritorios del Despacho Oval y del Kremlin.

Y cuando todo esto salga a la luz —continuó, con la voz hinchándose de triunfo—, cuando el mundo se entere de lo que he hecho, me recordarán como la persona más influyente de la historia.

La mujer que moldeó el destino de las naciones.

Entonces caí en la cuenta. No era solo una traidora. Era una psicópata. Una manipuladora maestra que se creía de verdad sus propias mentiras, su propio relato retorcido.

—Acéptalo, Hunter. Esto te queda grande. A todos vosotros os queda grande. No eres más que un peón en mi tablero de ajedrez. Una pieza menor. Una herramienta contundente. Fácil de desechar. Fácil de reemplazar. Igual que lo fue Mitchell. No puedes detenerme.

No me inmuté. Que me llamara peón no me molestaba. ¿Una pieza menor? Vale. ¿Pero una herramienta contundente? Estaba a punto de descubrir lo contundente que yo podía llegar a ser.

—¿Se cree una heroína? —dije—. ¿Cree que va a ir a Rusia? —Di un paso adelante, fulminándola con la mirada—. Delira por completo. Pero en una cosa tiene razón. La séptima planta no quiere procesarla. No habrá detención, y no la juzgarán.

Eastman me dedicó una sonrisa triunfal. Creía que había ganado.

—Pero tampoco habrá intercambio de prisioneros. Ni desfile en la Plaza Roja. No va a vivir feliz para siempre en Moscú. Ni tampoco Viktor.

Al oír su nombre, Nikolaev alzó la cabeza de golpe y me lanzó una mirada interrogante. La sonrisa de Eastman flaqueó, con su seguridad resquebrajándose.

—¿De qué estás hablando, Hunter?

—¿Recuerda que me preguntó por qué maté al ruso en casa de Tucker? —pregunté.

—Sí. Dijiste que fue porque te cabreó —respondió.

—Exacto —dije, alzando el arma hacia Nikolaev y disparando dos veces.