Capítulo 44
Llevar a cabo una operación de vigilancia nunca era fácil.
Hacerlo contra un operativo ruso bien entrenado podía resultar casi imposible.
Llevábamos casi tres semanas siguiéndole la pista a nuestro objetivo sin llegar a ninguna parte.
Nuestra falta de resultados y las largas horas de observar y esperar empezaban a hacerme mella de verdad.
Por muchos años que llevara en esto, nunca se volvía más fácil.
Pero ahora, a más de tres meses de haber salido del hospital, las secuelas persistentes del accidente y el envenenamiento me estaban pasando factura.
Cierto, tenía la cabeza completamente despejada, pues no había probado una sola copa desde la noche del accidente, pero físicamente estaba bastante hecho polvo.
Cada día sufría episodios atroces de dolor nervioso, debilidad muscular, articulaciones rígidas y espasmos de espalda implacables que convertían pasar horas y horas sentado en un coche en mi infierno particular.
Por desgracia para nosotros, nuestro objetivo estaba en mucha mejor forma que yo.
Nunca flaqueaba. Frío y sereno. Bien entrenado.
Disciplinado. Siempre unos pasos por delante de nosotros.
Se llamaba Viktor Nikolaev, un veterano operativo del SVR que se crecía en entornos de alto riesgo.
Nikolaev no era una pieza más del engranaje de la inteligencia rusa.
Era un fantasma. Un activo de largo recorrido con la pericia necesaria para llevar a cabo misiones difíciles y luego desaparecer sin dejar rastro.
A diferencia de los miembros permanentes de la rezidentura del SVR en la embajada rusa, Nikolaev operaba en los márgenes, lo que lo hacía difícil de rastrear y aún más difícil de predecir.
Sabíamos muy poco de sus actividades, aunque tanto el FBI como nuestros propios equipos de contrainteligencia habían confirmado que entró en el país más o menos cuando a Emma y a mí nos estaban poniendo a caldo por la debacle de Kincaid.
Apenas unos días antes de que nos envenenaran.
No era una casualidad. Nadie sabía dónde había estado Nikolaev antes de entrar en Estados Unidos, pero me jugaría la pensión de la agencia a que fue el tirador de Rum Cay.
Yo coordinaba varios equipos encargados de seguir a Nikolaev por Washington y de demostrar su conexión con el fiasco de Rum Cay.
Nuestro objetivo era descubrir con quién se reunía en la capital y desmantelar toda su red.
Durante las últimas tres semanas, un segundo grupo de equipos de vigilancia había estado siguiendo al presunto oficial de control de Nikolaev por toda el área metropolitana.
Nuestra meta era pillarlos juntos en un encuentro.
Esos equipos tenían aún menos éxito que nosotros.
Cada vez perdían a su presa y se veían obligados a empezar de cero otro día.
—Equipo Uno Rojo, ¿tenéis al objetivo a la vista? —pregunté al pequeño micrófono prendido al puño de la manga.
Fuera, K Street bullía con el zumbido del tráfico de primera hora de la tarde; las calles se iban espesando a medida que los oficinistas huían de sus cubículos rumbo a casa.
Mis ojos saltaban entre el espejo retrovisor y la carretera.
Un hábito grabado a fuego tras años de práctica.
Siempre atento a posibles seguimientos. Asegurándome de que los cazadores no se hubieran convertido en presa.
—Afirmativo —llegó la respuesta en voz baja del líder del Equipo Uno Rojo—. El objetivo sigue a pie, en dirección norte por la calle 19, acaba de pasar la esquina con Eye Street.
El Equipo Uno Rojo lo formaba una pareja de vigilancia, un hombre y una mujer, dos de nuestros mejores agentes.
En apariencia, eran el vivo retrato de unos turistas despistados del Medio Oeste.
Paseaban de la mano, deteniéndose de vez en cuando para señalar un edificio o sacar una foto.
Bajo la fachada, estaban hiperconcentrados, leyendo cada movimiento de Nikolaev.
Eran buenos. Me temía que Nikolaev era mejor.
Me removí en el asiento, intentando encontrar una postura que no agravara el dolor nervioso que me irradiaba por la espalda.
El día había sido agotador. Ya había cambiado de coche dos veces, jugando sobre seguro y manteniendo un patrón impredecible.
Nikolaev no dudaría en abortar un encuentro si veía el mismo vehículo dos veces.
Se esfumaría en la ciudad, mezclándose con las multitudes de turistas y funcionarios.
Y nosotros volveríamos a la casilla de salida.
Llevábamos meses armando este caso con minuciosidad.
Combinando informes de inteligencia, registros de vigilancia y el más mínimo rumor, para demostrar que Nikolaev y su contacto eran las piezas clave de una red de espionaje de alto nivel.
Convencer a Langley de mis sospechas había sido harina de otro costal.
Al principio, la séptima planta se mostró reacia a dejarme tomar el mando.
«Demasiado implicado en el caso», habían dicho.
«Demasiado personal», pensaban, temiendo que dejara que las emociones me nublaran el juicio en lo tocante a Nikolaev.
No se equivocaban.
Pero yo conocía el caso mejor que nadie. Había sido implacable defendiendo mi participación. Al final me dieron luz verde. No podía permitirme fracasar ahora. No después de todo lo que había pasado.
—Equipo Dos Rojo, ¿algún movimiento? —pregunté al girar hacia Connecticut Avenue, incorporándome a la fila de berlinas negras que avanzaban a paso de tortuga hacia Washington Circle.
—Sin movimiento en Tombstone —respondió con voz serena Bill Dixon—. Despejado.
Estaba vigilando un piso franco ruso cercano. Un lugar próximo a donde habíamos perdido a Nikolaev dos veces antes. Si la noche salía según lo previsto, lo seguiríamos hasta allí cuando se reuniera con su contacto.
La presencia de Dixon no solo aportaba estabilidad a la operación: era un reconocimiento personal de la deuda que tenía con él.
Él y el resto del equipo de seguridad del DCI habían hecho turnos dobles durante meses mientras yo estaba en el hospital, yendo y viniendo entre Langley y Georgetown para protegerme.
No tenían por qué hacerlo. Se ofrecieron voluntarios.
Me protegían las veinticuatro horas, por si Nikolaev o alguno de sus compinches intentaba de nuevo eliminarme.
Estaba en deuda con Dixon. Con todos ellos.
Me habían cubierto las espaldas cuando yo ni siquiera podía levantar la cabeza. Ahora me tocaba a mí cumplir.
—Líder del Equipo Rojo, aquí líder del Equipo Azul —sonó una voz por el auricular.
—Adelante, Equipo Azul —respondí.
—Nos han detectado, Equipo Rojo —fue la respuesta de mi homólogo, que seguía al presunto contacto de Nikolaev—. Hemos perdido al objetivo. Otra vez —dijo con amargura.
Joder, pensé mientras echaba un vistazo a mi Rolex, ignorando el leve temblor de la mano izquierda.
Un regalo persistente del Novichok. Las 17:15.
Si la información que habíamos reunido en los últimos meses era exacta, el encuentro de Nikolaev debería estar a punto de producirse.
Ahora era probable que se cancelara. Otra vez.
—Entendido, Equipo Azul —respondí—. Seguiremos con nuestro objetivo. Por si mantiene el encuentro, o hasta que lo aborte.
Recibí dos clics por la radio como respuesta. La forma abreviada de decir «recibido».
Las rutas de detección de vigilancia de Nikolaev habían sido una obra de arte.
Sutilmente estratificadas con una serie de desvíos y revueltas complejos, cada maniobra cuidadosamente diseñada para identificar y despistar a cualquiera que lo siguiera.
La mayoría de las veces funcionaba. Una y otra vez se escabullía, disolviéndose en la ciudad como la niebla.
Pero habíamos sido pacientes. Metódicos. Nadie es perfecto, ni siquiera Nikolaev. Tarde o temprano nos llevaría hasta su contacto. Era solo cuestión de tiempo.
—Seguimos en movimiento —llegó por el auricular la voz tranquila y mesurada de la mitad femenina del Equipo Uno Rojo—. El objetivo va hacia el este. Cruzando el parque, hacia Tombstone.
Volví a soltar un taco entre dientes.
—Mantened la distancia —ordené—. Usará el parque como su última oportunidad para hacernos salir a la luz. Quedaos atrás y dad por hecho que va hacia Tombstone.
Giré el volante, metí el coche en una calle lateral y lo deslicé hasta una plaza de aparcamiento con una vista despejada del extremo norte del parque. Desde allí podía verlo acercarse.
Nikolaev tenía cincuenta y pocos años, el pelo oscuro encaneciendo en las sienes. Llevaba un abrigo negro sobrio, de esos que lucen mil burócratas pululando por la ciudad. Para el observador casual, era un hombre de mediana edad más entre la multitud, camino de casa con la mujer y los hijos.
—Equipo Tres Rojo, ¿posición? —pregunté.
—En posición —fue la respuesta escueta de Matt Kline, un veterano curtido y uno de los operadores más fiables del equipo. Estaba apostado a dos manzanas, listo para retomar el seguimiento si Nikolaev salía del parque en una dirección inesperada.
Mis dedos tamborileaban distraídos sobre el salpicadero mientras no le quitaba ojo a Nikolaev.
Lo vi sentarse en un banco y deslizar el dedo por el móvil con despreocupación.
Tal vez recibiendo el mensaje de «abortar» de su contacto.
Aunque, por otro lado, quizá fuera su última prueba para comprobar si lo seguían.
Teníamos que mantener la paciencia. Aguantar hasta que cediera.
—Movimiento en Tombstone —crepitó de repente la voz de Dixon en mi auricular—. Acaba de entrar una persona no identificada. Me pilló desprevenido. Una puta furgoneta de reparto me tapó la vista. No pude verla bien.
—Recibido. A la espera —respondí.
Nikolaev miró el móvil una última vez y luego se lo guardó en el bolsillo. Se levantó y cruzó el parque con paso tranquilo, en dirección al piso franco.
—El objetivo se mueve —dije—. Todos los equipos, estableced un perímetro alrededor de Tombstone.
—Recibido.
—Entendido.
—10-4.
El coro de respuestas llegó en rápida sucesión.
Usábamos el término «piso franco» con cierta libertad.
En realidad era un despacho de planta baja en un brownstone de varios inquilinos.
El edificio pertenecía a un oligarca ruso que debía sus miles de millones a ser un títere de Putin.
También le gustaba hablar demasiado por el móvil.
Los amigos de Mickey en la NSA lo habían pillado presumiendo ante una amante de las conexiones del edificio con el SVR.
Un error por su parte. Uno que estábamos a punto de aprovechar.
Salí del coche; el aliento se me empañaba en el aire frío de la tarde.
Moviéndome con rapidez pero con cuidado, me ceñí a las sombras, manteniendo la distancia a medida que acortaba el trecho.
Ningún movimiento brusco. Ningún riesgo innecesario.
Rodeando el borde del parque, seguí a Nikolaev, quedándome lo bastante atrás para evitar que me detectara.
Caminaba con determinación, los hombros cuadrados, el paso firme. Se dirigía directo al edificio.
En la entrada del edificio, vaciló. Siempre el profesional. Siempre comprobando. Escudriñó su entorno una última vez. Convencido de que estaba despejado, se coló dentro.
Había llegado el momento.
—Voy a entrar —transmití al equipo por radio, recortando la distancia para atrapar la puerta justo antes de que se cerrara del todo. Dixon apareció por la esquina y se reunió conmigo en la entrada.
—Equipo Tres Rojo, cubrid la salida trasera —ordené por la radio. Los demás equipos se mantendrían en posición, listos para intervenir si la cosa se torcía.
Desenfundando las armas, Dixon y yo nos colocamos a cada lado de la puerta del despacho 102. Dixon me hizo un gesto seco con la cabeza. Di un paso atrás, me preparé y estampé la bota contra la puerta. Se abrió de golpe con un crujido astillado.
Mis habilidades para echar puertas abajo habían mejorado.