Capítulo 43
Cuando por fin volví en mí, fue como emerger desde el fondo de un abismo profundo y negro.
No hubo un ascenso gradual, ni un regreso suave a la consciencia.
Solo una explosión brusca y violenta de luz, sonido y dolor que me embistió de golpe.
Cada sonido era ensordecedor. Apreté los párpados, intentando bloquear el dolor.
Al cabo de un momento, el primer ruido que conseguí distinguir fue un pitido irritante y repetitivo.
Un pulso constante y rítmico que coincidía con el latido lento y desigual de mi corazón.
Más allá había otro sonido. Un fush, fush, fush grave y mecánico, interrumpido solo por el murmullo ocasional de voces lejanas.
Intenté moverme, pero mi cuerpo se negó a obedecer. Era como si tuviera un elefante sentado en el pecho. Cada intento de desplazarme resultaba inútil, como tratar de abrirme paso a través de cemento húmedo. Tenía los brazos y las piernas pesados y sin respuesta.
La garganta la tenía en carne viva y seca como el papel de lija.
Cada vez que tragaba, un dolor abrasador me bajaba por el cuello.
Tardé un momento en darme cuenta de que me habían introducido algo invasivo por la tráquea.
No podía hablar. Apenas podía pensar con claridad.
Respiraba en jadeos superficiales y mecánicos, sincronizados con el fush constante. Algo respiraba por mí: una máquina.
Cuando logré girar un poco la cabeza hacia un lado, la habitación se enfocó mejor.
Estaba rodeado de aparatos médicos. Un monitor a mi derecha mostraba el ritmo dentado de mis latidos.
Había tubos que serpenteaban desde las máquinas y desaparecían dentro de mi cuerpo.
Uno iba a un gotero conectado a mi mano izquierda; otros, a puntos que aún no podía ver ni sentir.
Bajé la vista hacia el brazo derecho. Una venda gruesa, manchada por una mancha de sangre que había calado a través de la gasa, me envolvía el antebrazo.
Tenía algo en la cara, presionándome la piel.
¿Otra venda? Tal vez. No lo sabía. La habitación olía a desinfectante y a enfermedad, un olor estéril que no lograba enmascarar el leve deje metálico de sangre que flotaba en el aire.
Otra oleada de náuseas me recorrió. Con el tubo en la garganta, caí en la cuenta de que vomitar sería difícil, por no decir imposible. Volví a apretar los ojos, deseando que la sensación pasara.
Me asaltaron fragmentos de recuerdos, dentados e inconexos. Recordaba la cena en el Old Ebbitt. Las risas. A Emma pinchándome sin tregua con lo del helado. Luego la aparición repentina de los síntomas. El hormigueo en los dedos. El dolor en el pecho.
Y entonces caí en la cuenta. El coche. El accidente. Emma.
De nuevo intenté hablar, pero las palabras no salían.
El tubo en la garganta se aseguraba de ello.
Tenía la lengua espesa e inservible, la boca amarga por el sabor químico del antiséptico y del aire viciado.
Me sentía atrapado. Incapaz de hacer otra cosa que estar tumbado y escuchar el pitido de las máquinas.
Pareció una eternidad antes de que alguien advirtiera por fin que estaba despierto. Una enfermera apareció junto a mi cama, con el pijama sanitario de un azul pálido y tranquilizador. Su expresión pasó de la distancia profesional a la sorpresa al darse cuenta de que estaba consciente.
—¿Señor Hunter? —dijo en voz baja, inclinándose hacia mí—. ¿Me oye?
Parpadeé, intentando enfocar su rostro. Los contornos de sus rasgos se difuminaban, mi vista batallaba por ajustarse. Conseguí asentir despacio, con deliberación.
—Bien —dijo con calidez—. Ha pasado por mucho, pero ahora está en el hospital. Está a salvo. Voy a avisar al médico, ¿de acuerdo?
Otro asentimiento con la cabeza fue todo lo que pude reunir.
Salió a toda prisa de la habitación. «A salvo», había dicho.
No estaba tan seguro de creérmelo. Así que esperé.
No tenía ni idea de cuánto tiempo pasó después de que se fuera.
¿Minutos? ¿Horas? Por fin, la enfermera volvió, acompañada de un médico y de otra figura que no acababa de distinguir.
El médico era un hombre de mediana edad, con el pelo encanecido y una expresión amable pero cansada.
La cara de quien ha visto demasiado, incluso para lo suyo.
—Señor Hunter, soy el doctor Patel. Lleva tres días inconsciente en el hospital. Tuvimos que intubarle para ayudarle a respirar, por eso no puede hablar. Ahora vamos a retirarle el tubo.
Se hizo a un lado para que la enfermera tomara el relevo.
Tras despegar con cuidado el esparadrapo que sujetaba el tubo, la enfermera me posó una mano firme en el hombro.
—Respire hondo y sople con fuerza cuando le diga —dijo.
Asentí de nuevo, débilmente.
—Respire hondo —repitió—. Y sople con fuerza. A la de tres.
Me preparé, aferrando la fina manta del hospital. Contó y, a su señal, soplé con todas mis fuerzas mientras ella tiraba del tubo y lo sacaba de un solo movimiento limpio.
La sensación fue repugnante. Un tirón seco seguido de un deslizamiento perturbador a medida que el tubo subía y salía de mi garganta.
El reflejo nauseoso se rebeló con violencia y me provocó arcadas.
Respiré hondo, lo que trajo consigo una oleada de dolor completamente nueva.
Tenía la garganta en carne viva y raspada.
Cada respiración dentada era como inhalar a través de papel de lija.
La enfermera retrocedió, dándome un momento para recuperarme. Esperé mientras el médico hojeaba el historial a los pies de la cama, echando algún vistazo de vez en cuando a los monitores que controlaban mis constantes.
—¿Recuerda lo que pasó? —preguntó.
Tragué saliva con dificultad, haciendo una mueca por el dolor agudo que vino después.
—El accidente de coche —grazné, con las palabras apenas audibles, más un estertor que habla.
El doctor Patel asintió, con expresión grave.
—Sí, así es. Estuvo implicado en un accidente de coche grave. Pero hay algo más. —Vaciló, como sopesando con cuidado sus siguientes palabras—. Sospechamos que lo expusieron deliberadamente a un agente nervioso poco común y altamente tóxico conocido como Novichok.
El nombre me golpeó como un puñetazo en la boca del estómago.
Novichok. No solo sabía lo que era: sabía exactamente lo que podía hacer.
Un veneno potente y casi siempre mortal.
Una herramienta favorita de los servicios de inteligencia rusos.
Por alguna razón, se habían obsesionado de un modo extraño con usarlo como método de asesinato.
Desde luego, mandaba un mensaje a sus enemigos.
—El veneno —susurré, encajando las piezas a través de la bruma del recuerdo—. Estaba... en el coche.
—Sí —confirmó el doctor Patel—. Creemos que alguien aplicó el veneno en las manetas de las puertas de su coche. Lo más probable es que pusieran una dosis mayor en el lado del conductor, destinada a usted. Pero, como conducía su compañera, la señorita Mitchell...
Su voz se apagó, pero el peso de sus palabras me golpeó como un mazazo. Emma. Ella iba conduciendo. Se llevó la peor parte.
—¿Dónde... dónde está? —forcé, aunque el temor que se me hundía en el pecho me decía que ya conocía la respuesta.
Un silencio largo y asfixiante llenó la habitación. El doctor Patel bajó la mirada y la enfermera se puso a recolocar el equipo, con movimientos demasiado precisos. Ninguno de los dos respondió.
Por fin, la otra figura de la habitación dio un paso adelante. Tardé un momento en reconocerlo. Tony Brigidini. Su habitual actitud cortante y sin rodeos había desaparecido.
—Grant, lo siento, tío. Emma no lo logró. Murió la mañana después del accidente. Quedó malherida en el choque, pero podría haber salido adelante de no ser por el veneno. Sencillamente había demasiado.
No respondí. Emma ya no estaba, y era culpa mía. Otra vez.
—Solo descubrimos que era veneno por una llamada que recibí esa misma noche —dijo Tony—.
Un aparcacoches del Old Ebbitt cayó muerto en el aparcamiento.
Un sanitario que lo atendía sospechó de sus síntomas.
Dijo que los bomberos acababan de terminar una formación obligatoria del Departamento de Seguridad Nacional sobre riesgos químicos y venenos.
Me asignaron el caso y me mandaron a investigar.
Unos minutos después nos llegó el aviso de tu accidente.
Los primeros agentes en llegar encontraron un resguardo de aparcacoches del Old Ebbitt en el parabrisas de tu coche.
Ahí fue cuando les dije a los médicos que comprobaran si había veneno.
—El detective Brigidini tiene razón —intervino el doctor Patel—. Si no hubiéramos recibido ese aviso, habría muerto. En cambio, pudimos administrarle a tiempo dosis altas de atropina y diazepam. Eso le salvó la vida. Por los pelos. Por desgracia, no pudimos hacer nada por la señorita Mitchell.
Tragué saliva con dificultad, aunque el esfuerzo me quemó en la garganta. Emma. Entonces recordé que había hablado con ella en el coche. Algo sobre moose y geese . No tenía ningún sentido.
—Grant —dijo Tony de nuevo, con la voz más firme ahora, devolviéndome a la realidad—.
Sé que es mucho que asimilar, pero tenemos que hablar de lo que viene ahora.
Hay unos gilipollas de la agencia ahí fuera.
Dicen que han venido a protegerte, pero les mandé a tomar por culo.
La policía metropolitana tiene la jurisdicción.
Tú dilo y los echo y te pongo a mi gente.
Estaba seguro de que Tony disfrutaría echando a quienquiera que esperase fuera.
—Aunque en una cosa tienen razón —dijo Tony—. Sí que necesitas protección. Quienquiera que hiciera esto sigue suelto. Alguien sigue queriéndote muerto.
—Tendrán que esforzarse más —dije.
La expresión de Tony se ablandó un instante antes de continuar.
—Otra cosa. No les he contado a tus hijos lo del accidente. Bastante han pasado ya con Beth en coma. No necesitaban saber que tú también estabas en uno.
Tenía razón. Y mucha.
—Gracias —susurré.
—Además, tampoco los quería aquí —añadió, endureciendo la voz—. No quería que quedaran en el fuego cruzado por si aparecen unos hijos de puta rusos a rematar el trabajo.
Otro buen argumento.
—Te lo agradezco, Tony —dije, con la voz más firme esta vez—. Pero deja que se queden los de la agencia. Seguramente son de mi antiguo equipo.
Estaba claro que a Tony no le hacía gracia esa decisión, pero no insistió.
—Entendido. —Se dio la vuelta y salió de la habitación a decirles que montaran mi dispositivo de seguridad.
El doctor Patel se acercó, desviando su atención de los monitores hacia mí.
—El Novichok causó daños importantes en su sistema nervioso, señor Hunter.
El simple hecho de que esté vivo es una prueba de su resistencia, pero tengo que ser sincero con usted.
Habrá secuelas duraderas. Es muy posible que quede algún daño nervioso permanente, y sin duda necesitará mucha fisioterapia para recuperar las fuerzas.
Tiene por delante una recuperación muy larga.
Reflexioné sobre lo que había dicho. ¿Fisioterapia? Ningún problema. ¿Daño nervioso permanente? Ya me las apañaría. ¿Recuperación larga? Pan comido. En realidad solo tenía una pregunta para el médico. Una sola cosa que necesitaba saber.
—¿Podré seguir apretando un gatillo? —pregunté.