Capítulo 41
Emma pidió una bola de vainilla para cada uno, cubierta de sirope de chocolate.
El camarero se retiró a dar la comanda. Durante un rato, nos quedamos en un silencio cómodo, bebiendo a sorbos y empapándonos del ambiente cálido y animado del restaurante.
El murmullo discreto de las conversaciones, el tintineo de las copas y el suave runrún del jazz de fondo nos envolvían como una manta acogedora.
Cuando llegó el helado, Emma se lanzó con entusiasmo, moviendo la cuchara a toda prisa mientras saboreaba cada bocado. Al final, me clavó una mirada decidida, con los ojos brillándole de picardía.
—Vale, Hunter, desembucha —exigió, apuntándome con la cuchara—. Llevas tiempo prometiéndome la historia de cómo un helado te costó el puesto en el equipo de protección del director. No hay mejor momento que este.
Solté una risita y negué con la cabeza mientras estudiaba el bourbon de mi copa.
—Vale, vale. Te la cuento —dije, reclinándome en el asiento. Hacía tiempo que no contaba esta, pero nunca fallaba a la hora de arrancar una carcajada.
—Fue tres o cuatro meses después de que hirieran a Beth —empecé—.
La agencia me había dado tiempo libre para estar con ella, pero, bueno, ya conoces la historia.
Los chicos estaban furiosos conmigo. No me dejaban acercarme al hospital.
Así que volví al trabajo. Después de Beirut, me devolvieron a mi antiguo puesto de jefe de equipo en el personal del DCI.
Mientras estuve fuera, el jefe del equipo, Robert Sanders, se había jubilado.
Un tío estupendo, un gran agente. Respetado por todos.
¿Y qué hizo la agencia? Lo sustituyeron por un jefe en funciones.
Walter Gustafson. Un gilipollas engreído de tomo y lomo.
Se creía un regalo de Dios para la agencia por ser empleado de tercera generación.
Su abuelo había estado en la OSS. Su madre había sido oficial de caso en su día.
En fin, el tío me despreciaba. El sentimiento era mutuo.
Emma se rió, ya metida de lleno en la historia.
—¿Por qué te odiaba tanto?
No pude evitar sonreír ante su curiosidad gozosa.
—Porque llevaba años echándole en cara sus gilipolleces. Era un completo incompetente. El tío hacía que Tucker pareciera el puto James Bond —dije con sequedad, intentando que los recuerdos no me alteraran. Incluso ahora, ese tipo todavía conseguía sacarme de quicio.
—¿Qué tipo de gilipolleces? —preguntó Emma, dando otro bocado al helado, disfrutando claramente de la historia.
—Vale, te cuento una —dije—. Una vez fue el agente de avanzada en un viaje del DDCI a El Cairo.
Ya sabes cómo va. Llegas al país unos días antes que la comitiva oficial e inspeccionas cada emplazamiento del itinerario.
Aeropuertos, hoteles, oficinas, restaurantes, la embajada.
Cubrir cada detalle. Asegurarte de que todo esté atado.
—¿Y cómo fue la cosa? —preguntó con una sonrisa, como si ya supiera la respuesta.
—Un puto desastre de campeonato —dije, levantando las manos—.
En el primer desplazamiento, nada más bajar del avión, se suponía que teníamos que ir a casa del jefe de estación, en las afueras de El Cairo.
Una pequeña cena de bienvenida para el DDCI.
Yo iba en el asiento delantero de la limusina, el del escolta, y el DDCI iba detrás con algún acompañante de relleno.
No me acuerdo de quién era. En fin, Gustafson iba en el coche de cabeza, dirigiendo la caravana.
Llegamos a una casa muy bonita. Gustafson se baja y sube por el camino pavoneándose como si fuera el dueño.
Pero, según nos acercamos a la puerta, me doy cuenta de que va aflojando el paso y mira alrededor como si estuviera desconcertado.
La cuchara de Emma se quedó suspendida en el aire.
—Uy, uy —dijo, ya riéndose.
—Pues sí —dije, negando con la cabeza—. Llamo a la puerta y abre una viejecita egipcia encantadora.
Ni idea de quiénes somos ni de por qué la policía egipcia le está pululando por toda la propiedad.
Y ahí estoy yo, plantado en su porche con el DDCI y una caravana de cinco coches en toda regla taponando la calle.
Emma estalló en carcajadas, a punto de derramar su copa.
—¿Qué hiciste?
—Bueno, me giro y Gustafson ya no está. Esfumado, sin dejar rastro.
Nos había llevado a la casa equivocada y se piró en cuanto se dio cuenta.
Resulta que ni siquiera había inspeccionado la residencia.
Se había pasado el día visitando las pirámides de Guiza.
Luego dijo que alguien le había dado la dirección equivocada.
Pura mierda. La verdad es que no se molestó ni en comprobarlo.
—¿Y el DDCI? —preguntó Emma con una sonrisa de oreja a oreja.
—Avergonzado y cabreado —dije—. Me cayó una buena bronca durante todo el trayecto hasta la casa de verdad, cinco manzanas más allá.
Para cuando terminé la historia, Emma se reía, con una risa ligera y sincera.
—Es desternillante. Pero ¿y lo del helado?
—Paciencia, joven saltamontes. Ya llego a eso.
Su cara de desconcierto me lo dijo todo. Nunca había visto las reposiciones de Kung Fu, la mítica serie de televisión de los años setenta. Dios, me estoy haciendo viejo.
—Así que volví al equipo, haciendo el turno de noche —continué—. Me ofrecí voluntario para los nocturnos pensando que me daría tiempo para visitar el hospital durante el día, suponiendo que los chicos me dejaran.
Cerca, un camarero se acercó a la mesa de al lado con un trozo de tarta coronado por una única vela de cumpleaños.
El grupo arrancó con una animada versión del Cumpleaños feliz, con las voces elevándose por encima del bullicio del restaurante.
Emma y yo nos detuvimos, miramos hacia allí y volvimos a centrarnos en nuestra conversación.
Volviéndome hacia ella, dije:
—Cuando estuvimos arriba, en la suite del DCI, no te lo enseñé, pero, pasillo abajo desde su despacho, hay un comedor de dirección. Tiene una cocina industrial en toda regla. Fogones de gama alta, hornos, frigoríficos, congeladores, lo que se te ocurra.
—¿En serio? —preguntó Emma—. No tenía ni idea.
—Pues sí —respondí—. Los que hacían los nocturnos bajaban a la cocina de dirección a hacerse un café con la dichosa máquina sofisticada que tienen allí. El trasto es una maravilla tecnológica, pero hacía falta casi una carrera de ingeniería mecánica solo para que escupiera una triste taza de café.
Emma soltó una risita, intuyendo ya por dónde podían ir los tiros.
—Pero la cosa es esta. Yo nunca había pasado tiempo en la cocina ni había tocado esa máquina. Como bien sabes, yo no tomo café.
—Desde luego, puedo dar fe de tu aversión a beber café... o a llevarlo encima —bromeó Emma.
—Exacto. Habrías sido una buena testigo de carácter para mí —respondí—.
Bueno, pues un día me tocó un turno doble: el nocturno enlazando directamente con el de mañana.
Acabábamos de volver de llevar al DCI a la Casa Blanca para su sesión informativa de inteligencia matutina con POTUS —dije, refiriéndome al presidente de los Estados Unidos.
Emma asintió, claramente intrigada.
—Bajo del ascensor con el director y ahí está Gustafson, perdiendo los papeles.
Grita, agita los brazos, vocifera incoherencias sobre un helado derretido.
El director me lanza una mirada de «suerte con eso» y desaparece en su despacho.
Como si todo aquel espectáculo de mierda fuera ahora problema mío.
Emma soltó una risita y negó con la cabeza.
—Gustafson sujeta un cuadrante de turnos y lo agita como si fuera la prueba del delito, exigiendo saber quién había hecho el turno de noche la noche anterior.
Por supuesto, yo era el único que quedaba allí porque estaba haciendo doblete.
Los demás se habían ido a casa. Así que, naturalmente, me convierto en el cabeza de turco.
Señala con el dedo, suelta acusaciones a ladridos.
Hice una pausa y di otro sorbo de bourbon. El recuerdo era tan vívido que bien podría haber pasado ayer.
—Por lo visto, la noche anterior, la dichosa máquina de café de la cocina de dirección hizo un cortocircuito.
Eso hizo saltar el diferencial y dejó sin corriente el congelador.
¿El resultado? Unos ocho litros de helado casero que el chef ejecutivo había hecho para el DCI se habían derretido del todo.
Pistacho con caramelo, si no recuerdo mal.
Emma soltó una risita.
—Uy, uy. Pero, sinceramente, no se lo reprocho. A mí me pierde el helado de pistacho.
—Exacto. Ese era el problema: al DCI también —dije con una risa—.
Gustafson echaba espuma por la boca, despotricando sobre que tenía que haber sido yo.
Decía que era un descuidado, que no me tomaba en serio mis responsabilidades, que dejaba en mal lugar a todo el equipo.
Por mucho que protestara que yo no tomaba café, que nunca había tocado esa máquina y que ni siquiera sabía cómo encender el dichoso aparato, no había manera de que escuchara.
Negué con la cabeza ante lo absurdo de todo aquello.
—Seguía y seguía, gritando que me iba a crujir. Movía los brazos por todas partes, con la saliva saltándole de los labios. Al final, me harté. Sin más, me di la vuelta y me alejé.
—¿Y te alejaste sin más? —preguntó Emma, sin acabar de creérselo.
—Pues sí. Te lo juro. Iba de vuelta a la sala de preparación. No pensaba perder ni un segundo más con su idiotez.
—¿Pero?
—Pero no lo dejó pasar. El gilipollas me agarró del brazo izquierdo y me dio la vuelta.
Y entonces va y dice: «¿Cómo te atreves a darme la espalda?
Eres un insubordinado. A ver si sacas la cabeza del culo.
Estás demasiado distraído con tu mujer vegetal para hacer tu trabajo.
Deberías dimitir e irte a casa a cambiarle la cuña. »
Emma ahogó un grito y se llevó la mano a la boca.
—¡Dios. Mío!
Asentí despacio, con los ojos fijos en el bourbon girando en mi copa.
—Así que le solté un gancho de derecha que no vio venir. Le rompí la mandíbula por dos sitios. Le salté tres dientes de delante. Estaba inconsciente antes de tocar el suelo.
Emma se me quedó mirando, con los ojos abiertos de par en par por la conmoción.
—¿Y luego?
—Luego le di una patada en la cara —dije—.
Le rompí la nariz, el pómulo y la cuenca del ojo.
Lo admito ahora: la patada a lo mejor fue un pelín excesiva.
Pero en el fragor del momento... —Hice una pausa y solté un largo suspiro—.
Si Dixon no me hubiera quitado de encima, habría matado al hijo de puta.
—Joder, Hunter. No te culpo lo más mínimo —dijo Emma en voz baja.
Alcé mi copa.
—Y así es como un helado derretido me echó del equipo de protección del director.