Capítulo 38
El teléfono de la mesa sonó con estridencia, y su tono agudo hizo añicos el silencio. Emma y yo cruzamos una mirada mientras ella cogía el auricular. Escuchó un momento y luego colgó sin decir palabra.
—Nos quieren arriba —dijo.
Cómo no. No hay descanso para los condenados.
Nos convocaban para reunirnos con la directora de Seguridad. Nuestra jefa. No perdían el tiempo.
Sabía lo que nos tenían preparado, y no iba a ser agradable.
La Oficina de Seguridad se enorgullecía de su minuciosidad.
El interrogatorio iba a ser agotador. Siempre lo eran, pero este sería peor.
Mucho peor. Lo de Rum Cay había sido un desastre, y querrían respuestas sobre cada detalle de la operación y cada decisión que tomamos.
Diseccionarían la misión entera con un detalle insoportable.
El primer día sería el más duro, pensé. A lo largo de mi carrera había aguantado incontables evaluaciones posteriores a la acción.
Por lo general, dirigiendo el interrogatorio.
Una o dos veces, como objetivo en el lado equivocado de la mesa.
Prefería lo primero. Había hecho trizas a más de uno durante los interrogatorios.
Presionándolos hasta que sus relatos se deshilachaban por los bordes, hasta que la verdad, o algo parecido a ella, salía a borbotones.
Resultó que «arriba» era en realidad una habitación sin ventanas, un nivel más abajo, en otro subsótano.
Un SPO uniformado nos había recibido en la sala de preparación y nos había escoltado hacia abajo para asegurarse de que no nos perdíamos.
Estaba casi seguro de que se quedó apostado montando guardia fuera de la habitación en cuanto entramos.
Un espejo unidireccional dominaba una de las paredes.
Sin duda, había una cámara de vídeo y dos o tres personas más observando desde el otro lado del cristal.
El único mobiliario era una fría mesa de acero y cuatro sillas firmemente atornilladas al suelo de hormigón pulido.
En lo alto, un único fluorescente zumbaba y proyectaba sombras duras que se quebraban por toda la habitación.
Bajo la mesa distinguí un desagüe de acero inoxidable.
Nada raro en habitaciones como aquella, pensé con gravedad, mientras mi mente regresaba a otra habitación, idéntica a esta.
En la bahía de Guantánamo. No estaba del todo seguro de que Emma y yo no fuéramos a acabar allí nosotros mismos si las próximas horas y los próximos días no salían a nuestro favor.
Tomamos asiento. El leve eco de la puerta al cerrarse tras nosotros sonó como el de una celda al echar el cerrojo. Ya no había vuelta atrás.
Justo enfrente, al otro lado de la mesa, Sarah Jane Hampton, la directora de Seguridad, estaba sentada con la autoridad serena de quien lleva la sartén por el mango y lo sabe.
Llevaba un traje pantalón oscuro, de corte impecable, combinado con una blusa azul claro.
Unas joyas de oro de buen gusto, unos pendientes pequeños y una pulsera delicada añadían una elegancia discreta.
Un fuerte contraste con el escenario en el que nos encontrábamos.
Su melena castaña oscura, a la altura de los hombros, enmarcaba un rostro marcado por el tiempo y la experiencia.
Los ojos de Hampton se clavaron en los míos, firmes, diseccionando.
Sarah Jane siempre había tenido esa manera de mirar.
Habíamos empezado juntos, dos novatos que andaban a trompicones por la misma clase de instrucción en The Farm.
Estaba claro que su carrera había seguido una trayectoria mucho más exitosa que la mía.
Siempre la había considerado una amiga, una aliada, alguien en quien confiar.
Pero hoy no. Hoy era a la vez juez y jurado.
Esperaba que no fuera también el verdugo.
A su lado estaba sentada Jennifer Eastman, con el rostro indescifrable. Si Sarah Jane iba a ser el bisturí, Eastman era el mazo. Ya había visto antes cómo funcionaba esa dinámica entre ellas.
—Señor Hunter, señorita Mitchell —empezó Hampton con formalidad, en un tono seco y profesional que no dejaba traslucir el menor asomo de familiaridad—.
Hemos leído sus informes preliminares. Ahora queremos oírlo directamente de ustedes.
Pero antes —su atención se desvió hacia Emma—, señorita Mitchell, tenemos entendido que sufrió una herida de bala.
¿Se encuentra bien? ¿Necesita atención médica?
Emma se irguió en la silla, con el rostro tranquilo, sereno.
—No, señora. Creo que sobreviviré.
Los ojos de Hampton se demoraron en Emma, escrutándola un instante más.
—Muy bien —dijo al fin. Luego, dirigiéndose a los dos, preguntó—: ¿Qué ocurrió durante la operación para capturar a James Kincaid?
La habitación quedó en silencio, con la pregunta suspendida como una cuchilla sobre mi cuello.
Me volví para mirar a Eastman, buscando en silencio su confirmación para proceder.
Había clasificado la operación como Alto Secreto/ SCI.
Estrictamente solo para quienes debían saberlo.
Y, aunque Hampton era mi superiora, las normas eran las normas.
—Puede hablar con libertad, señor Hunter —dijo Eastman, con tono cortante—. La directora Hampton está al corriente de la operación.
Asentí despacio, ordenando mis ideas.
—Si la directora Hampton ha sido informada de la operación, supongo entonces que también estará al día de la investigación que llevamos a cabo sobre la muerte del jefe de estación Tucker y el ataque a su mujer.
Una investigación que acabó llevándonos a sospechar de la implicación del congresista Kincaid.
Determinamos que era un activo del KGB/SVR a largo plazo, infiltrado desde la redeserción de Yurchenko en 1985.
Hampton asintió, con expresión indescifrable. Había formado parte de la búsqueda frenética de Yurchenko después de que su deserción se torciera y él se esfumara en la noche de Georgetown.
—Continúe —dijo.
Volví a mirar a Eastman, en busca del más mínimo signo de vacilación por su parte. No lo había. Estaba fría como el hielo. La Reina de Hielo. Seguí adelante.
—La directora adjunta Eastman autorizó una operación para capturar a Kincaid mientras estaba fuera del país, en su propiedad de las Bahamas. El asesor jurídico general y el DCI aprobaron la misión tras el establecimiento de una directiva especial de seguridad nacional, y al amparo de esta.
Al hacer una pausa, me pareció captar una fugaz expresión de incomodidad en el semblante, por lo demás imperturbable, de Eastman.
Emma permanecía callada a mi lado, con el rostro convertido en una máscara de estoicismo mientras yo detallaba la apresurada planificación que había exigido la misión.
El vuelo a baja altura hasta la isla. Nuestra aproximación sigilosa a la propiedad, mientras nos abríamos paso por la selva.
Les hablé del tenso enfrentamiento con Kincaid.
Luego, del caos del ataque del francotirador.
Y, por último, de nuestra retirada precipitada.
—Kincaid admitió que trabajaba para los rusos —dije—. Aunque intentó venderlo como una especie de noble cruzada, alegando que estaba salvando a Estados Unidos. Una justificación enrevesada para haber vendido a su país. Una soberana gilipollez, en mi opinión.
Los ojos penetrantes de Hampton se entornaron, y me lanzó una mirada de desaprobación.
—Disculpe el lenguaje, señora —dije enseguida, carraspeando.
—Continúe, por favor —me instó, con un leve deje de irritación.
Exhalé despacio.
—En fin, me dio la impresión de que a Kincaid lo movían pura y simplemente la codicia y el poder.
Nada más, nada menos. Se lo dije a la cara y lo acusé de haber vendido a su país.
Fue entonces cuando empezó a mofarse de nosotros, insinuando que no conocíamos toda la historia.
Estaba orgulloso de ello. Como si supiera algo que nosotros no y no pudiera esperar a restregárnoslo.
Hice una pausa; el recuerdo de la expresión engreída de Kincaid me cruzó la mente.
—Avanzamos para inmovilizarlo. Justo cuando iba a esposarlo, un francotirador le disparó desde fuera de la casa. Kincaid estaba muerto antes de tocar el suelo.
Hampton me miró fijamente un instante y luego dirigió su atención a Emma.
—Señorita Mitchell, ¿está de acuerdo con la versión de la operación que ha dado el señor Hunter?
—Sí, señora —respondió Emma—. Habíamos entrado con éxito en la casa y habíamos localizado a nuestro objetivo.
Kincaid se había resignado a su suerte. No hubo resistencia.
Entonces llegó el disparo desde una posición exterior.
Un proyectil de alta velocidad. No me cabe la menor duda de que Kincaid era el objetivo previsto.
Fue un golpe preciso, profesional. El tirador era muy bueno.
Por poco no le da a Grant y a mí me alcanzó en el chaleco antibalas mientras evacuábamos la zona de aterrizaje.
Entonces intervino Eastman.
—¿Por qué no tuvisteis mejor control de la situación? Teníais a Kincaid contenido. ¿Cómo se coloca un francotirador en posición sin que ninguno de los dos se dé cuenta?
—Con el debido respeto, señora —dijo Emma, con voz tranquila, comedida, pero acerada—, por definición, eso es lo que hacen los francotiradores.
Son unos cabrones escurridizos, entrenados para pasar desapercibidos.
—Antes de que Hampton pudiera protestar, Emma se volvió hacia ella—: Disculpe el lenguaje, señora.
—Luego volvió a mirar a Eastman—. Por orden suya, entramos con un equipo muy reducido.
Solo nosotros dos y nuestro apoyo aéreo.
No teníamos información ni aviso alguno sobre una fuerza enemiga que tuviera como objetivo a Kincaid, y mucho menos a nosotros.
No teníamos el menor indicio de que hubiera alguien más en juego.
Su compostura era impecable, aunque yo notaba la rabia contenida que irradiaba. La expresión de Eastman no se inmutó. Si le molestó la sutil pulla de Emma, ese «por orden suya», no lo dejó ver.
Hampton no reaccionó de inmediato. En cambio, golpeteó la mesa con el bolígrafo en un ritmo lento y deliberado; cada golpe estiraba el silencio hasta una longitud agónica.
—O sea —dijo al fin, con voz gélida—, ¿me está diciendo que se metió en una operación sin un equipo completo, sin apoyo suficiente ni inteligencia accionable?
—No, señora —respondió Emma—. Desarrollamos un plan operativo sólido.
Nuestra aproximación y nuestra entrada fueron impecables.
El objetivo estaba a punto de ser asegurado.
Quienquiera que hiciera ese disparo, o bien tenía conocimiento previo de nuestra misión, o bien trabajaba bajo la misma presión de tiempo que nosotros.
Para capturar a Kincaid, o, en el caso del francotirador, para eliminarlo, antes de que el Servicio Secreto lo blindara y lo volviera intocable.
La expresión de Hampton no cambió, pero sus ojos se desviaron hacia Eastman. Las dos mujeres intercambiaron una mirada imposible de descifrar y, aun así, la tensión en la habitación subió otro escalón.
El resto del día se deshizo en un bombardeo incesante de preguntas.
—¿Por qué no lanzaron la misión antes?
—¿Por qué no desplegaron un equipo de contrafrancotiradores?
—¿Por qué no tenían mejor inteligencia?
Cuando por fin nos soltaron, era casi medianoche. El SPO ya no montaba guardia en la puerta. Al menos, esa noche no pensaban detenernos.
Emma y yo salimos del edificio dando tumbos, físicamente agotados y con la cabeza frita. Cuando la dejé en su hotel, se limitó a asentir en señal de agradecimiento y se bajó del coche. No quedaba nada más que decir.