Capítulo 36
Kincaid estaba de pie en el extremo opuesto del enorme salón, contemplando por un ventanal del suelo al techo que enmarcaba la inmensidad del océano más allá.
Tenía un aspecto relajado, casi despreocupado.
Llevaba pantalones caqui, náuticos sin calcetines y una camisa holgada de color crema, con botones, de estilo isleño.
Una mano descansaba en el bolsillo; la otra sostenía un vaso de cristal tallado lleno de un líquido ámbar.
Estando en el Caribe y todo eso, era una apuesta segura que bebía un ron de primera. No soportaba esa bebida.
Removía el contenido distraídamente, y el hielo tintineaba suavemente en el vaso.
Un fuego crepitante en la pared del fondo llenaba la habitación de calidez y proyectaba largas sombras que danzaban por el espacio.
Por un instante fugaz, podría haber sido cualquier otro hombre rico disfrutando de una velada tranquila en su lujosa casa.
Pero yo no me dejaba engañar. Ninguno de nosotros.
La calma era una máscara, una fachada cuidadosamente cultivada.
—Habéis tardado lo vuestro —dijo Kincaid con voz tranquila, sin el menor asomo de urgencia. No apartó la mirada de la ventana, aunque pude ver que observaba nuestros reflejos en el cristal.
Emma y yo cruzamos una mirada rápida. Di un paso adelante, con el arma firme en la mano y los ojos clavados en él.
—Date la vuelta, Kincaid —ordené.
Con un suspiro largo y exasperado, Kincaid se volvió por fin hacia nosotros, con movimientos lentos y deliberados. Luego sacó la mano del bolsillo, mostrándonos que no iba armado.
—Uniforme negro de faena, chaleco antibalas, armas con silenciador, sin insignias, sin banderas, sin parches —dijo, repasándonos de arriba abajo con calma—.
Sois de la Agencia —concluyó, con un tono sorprendentemente aprobatorio—.
Esperaba a una panda de idiotas del FBI con esos estúpidos cortavientos azules y las letras «FBI» estampadas en dorado en la espalda.
No dijimos nada.
—Aunque, bien pensado —continuó—, si estáis vosotros aquí y el FBI no, imagino que leerme mis derechos, asignarme un abogado y retenerme para un juicio no está exactamente sobre la mesa, ¿verdad?
—Quizá más adelante —respondió Emma, dando un paso al frente con voz inexpresiva—. Si tienes suerte.
Kincaid entornó los ojos, estudiándola, midiéndola.
—Así que sois un equipo de asesinos, ¿no?
—Su voz dejó traslucir una ligera vacilación, como si la idea aún no acabara de calar en él—.
Aquí para eliminarme con «extremo perjuicio» y toda esa parafernalia dramática.
Pues adelante —dijo, abriendo los brazos de par en par—.
Apretad el gatillo. Acabad de una vez —nos desafió.
—Insisto, quizá más adelante —respondió Emma con frialdad.
Kincaid soltó una risita grave mientras daba un paso lento hacia nosotros.
—¿Entonces qué? ¿Una entrega extraordinaria? ¿Me mandáis a algún agujero infecto del tercer mundo? ¿A pudrirme en algún bonito centro de detención clandestino de la Agencia? ¿Os creéis que podéis hacerme desaparecer sin más? —dijo, indignado—. Soy congresista de Estados Unidos, por el amor de Dios.
La voz de Emma restalló cortante en respuesta:
—No eres nada para nosotros. Nada especial. Solo un traidor más que ha traicionado a su país.
Kincaid arqueó una ceja, y otra sonrisa lenta y arrogante se le extendió por la cara. Una mirada chulesca y de prepotencia que me hizo hervir la sangre.
—¿Traicionar a mi país? ¿Eso es lo que pensáis?
—preguntó, casi divertido. Su risita fue suave, pero cargada de desprecio—.
No, amigo mío. Yo he salvado a este país.
De sí mismo. De malgastar miles de millones de dólares apuntalando gobiernos tambaleantes.
De enviar a nuestros jóvenes, hombres y mujeres, a morir en suelo extranjero por causas en las que nunca deberíamos habernos metido.
De dejar que la chusma siga inundando nuestras fronteras sin ningún control.
Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras calara, con los ojos brillándole por un sentido del orgullo equivocado.
—Déjate de gilipolleces. No eres ningún salvador —dije con voz cortante mientras me adentraba más en la habitación—. Eres un fraude. Fracasaste en la Marina. Eras un empleado de poca monta de la Agencia que dimitió antes de que pudieran echarte. Pero ya te habías vendido al KGB.
Me detuve y eché un vistazo a la opulencia que nos rodeaba. El mármol pulido, las arañas relucientes. No pude reprimir el asco.
—Evidentemente, por dinero —dije, señalando todo a nuestro alrededor—.
Los rusos te respaldaron con contribuciones de campaña, amañaron elecciones y te metieron en el Congreso.
Y has estado trabajando para ellos desde entonces.
Pasándoles información de las sesiones informativas clasificadas que recibís tú y los demás idiotas del Capitolio.
Kincaid no dijo nada, se limitó a observarme de cerca, con la expresión convertida en una máscara de rabia contenida. Seguí acortando la distancia entre nosotros.
—Justifícalo como quieras, pero la verdad es que no eres más que un lacayo. Un peón comprado y pagado por el enemigo. Una marioneta manejada por el KGB y el SVR para hacer lo que le mandan.
Kincaid se quedó petrificado. Su ira se encendió, apenas contenida.
—No tenéis ni idea de quién soy. Desde luego, ese idiota de Tucker no la tenía. No me puedo creer que me encontrara después de tantos años. Pero no tenía ni la menor idea de lo que había destapado.
—¿Así que lo mandaste matar? —pregunté, con un filo gélido en la voz.
—Qué va —se burló Kincaid—. Tengo entendido que él mismo me ahorró esa molestia.
—Pero a la mujer de Tucker sí que la mandaste matar —replicó Emma.
—Mandé a esos cavernícolas a hacer un trabajo sencillo.
Parar a Tucker, recuperar la libreta de un solo uso, destruir las pruebas.
Y la cagaron. ¿Os podéis creer que Tucker pensara que podía chantajearme?
El muy imbécil quería cien millones de dólares.
Esperaba que yo, o el SVR, se los transfiriéramos a su cuenta sin más.
El tipo era idiota. Su mujer no fue más que un daño colateral.
—Hizo un gesto displicente con la mano, como si aquello no significara nada.
—Y entonces alguien más de la Agencia empezó a fisgonear. A joderlo todo, cargándose a un par de mis hombres por el camino. —Acto seguido nos escrutó aún más de cerca—. Fuisteis vosotros dos, ¿verdad?
Emma y yo cruzamos una mirada breve, confirmando su sospecha.
—Estoy impresionado —prosiguió Kincaid—. Después de tantos años, pensaba que nunca me descubrirían. Puede que lo de la vicepresidencia fuera ir demasiado lejos. Atrajo demasiados focos sobre mí.
—No ayudó, eso te lo concedo —dije.
Kincaid entornó los ojos.
—Nunca fue algo que yo quisiera. Intenté impedirlo. Pero el partido insistió.
—Gilipolleces, y ahórranos las excusas —dijo Emma, con el dedo firme en el gatillo. Tenía los ojos fríos e inflexibles—. Admítelo de una vez. Admite que eres un traidor.
Los ojos de Kincaid iban de uno a otro. Habría esperado que intentara escabullirse con palabras. Que lo negara todo. Esperé a que se le hundieran los hombros, a que cayera sobre él el peso de su propia derrota. A ver la resignación en sus ojos, su concesión final. Nunca llegó.
Vaciló solo un instante, como si buscara una salida, pero no había ninguna. La habitación pareció encogerse de pronto, el aire denso de tensión, como si algo estuviera a punto de estallar.
—No admitiré nada —gruñó Kincaid al fin, con voz áspera y una chispa desafiante todavía en los ojos—. Salvo ser un patriota.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pero estaban vacías, carecían de sentido. Solo se engañaba a sí mismo.
Di otro paso adelante, sacando del cinturón un par de bridas de plástico resistentes.
—Date la vuelta —ordené—. Pon las manos a la espalda.
La radio cobró vida con un chasquido.
—Tiger One, aquí Falcon —llegó una voz apremiante—. Tengo un Tango localizado a cien metros al este de vuestra posición.
Antes de que pudiera procesar el aviso, el chasquido seco de un disparo rasgó el aire. La pesada bala atravesó sin esfuerzo la ventana antihuracanes y lanzó esquirlas de cristal en espiral por el aire.
El cuerpo de Kincaid se sacudió hacia delante, con el rostro contraído en una expresión de incredulidad y la boca entreabierta en un grito mudo.
La bala le había alcanzado de lleno en la espalda, y la fuerza del impacto lo empujó hacia nosotros.
La sangre se extendió en una flor carmesí por su camisa, con el pecho desgarrado al salir la bala, que fue a incrustarse en la pared.
El vaso que sostenía salió volando por la habitación y se estrelló contra la chimenea, donde prendió con un rugido feroz mientras el alcohol alimentaba un charco de llamas cada vez mayor que se extendía por el suelo.
—¡Francotirador! —grité, tirándome al suelo por instinto.
Emma se echó al suelo a mi lado justo cuando un segundo disparo astilló el revestimiento de madera a apenas unos centímetros de donde acababa de estar mi cabeza.
Nos arrastramos a toda prisa en busca de cobertura, mientras el aire a nuestro alrededor se llenaba del humo del fuego, que ya empezaba a devorar un sofá.
Rodé de costado y atisbé entre las esquirlas dentadas de cristal. El disparo había venido de algún punto del exterior, pero en aquella oscuridad espesa era imposible localizar su origen.
—¡Emma, hay que movernos! —ladré, lanzando una mirada al cuerpo sin vida de Kincaid despatarrado en el suelo. Tenía los ojos abiertos de par en par por la conmoción.
No hizo falta decírselo dos veces. Nos pusimos en pie de un salto y echamos a correr por el pasillo, con mi mente acelerada intentando procesar lo que acababa de pasar.
Kincaid estaba muerto. No era un desenlace que me apenara especialmente.
Lo que me carcomía era el «quién lo había matado» y el «por qué».
Pero no había tiempo para preguntas. El francotirador seguía ahí fuera y, si no actuábamos rápido, acabaríamos tendidos en el suelo junto a Kincaid.
—Falcon, aquí Tiger One —dije por la radio—. Nos han descubierto. Objetivo abatido. Necesitamos extracción inmediata. Zona de aterrizaje alternativa, punto Bravo. Estaremos allí en cinco minutos.
—Recibido, voy de camino —llegó la respuesta serena, apenas audible por encima del rugido de los motores del helicóptero. El sonido era lejano, pero crecía a medida que Shushunov llevaba el aparato al límite.
Estábamos en desventaja táctica. Frente a un número indeterminado de adversarios.
Un tirador como mínimo, oculto entre las sombras.
Probablemente más. Nuestra mejor opción era largarnos y mantener la casa entre nosotros y el tirador, usándola como parapeto.
Tendría que reposicionarse para volver a tenernos a tiro.
A menos que tuviera refuerzos, en cuyo caso estábamos jodidos. Pronto lo averiguaríamos.
Una cosa estaba clara: no podíamos quedarnos quietos.
La casa se llenaba de humo, y el chillido estridente de un detector de humos cortaba el aire.
Atravesé la puerta principal de golpe y eché a correr más allá del jeep rojo hacia el muro del recinto.
Emma me seguía de cerca. Al llegar al muro, la impulsé hacia arriba.
Se montó a horcajadas en lo alto y se inclinó para subirme tras ella.
Al mirar atrás, lo último que vi antes de pasar al otro lado del muro fue la silueta de la casa devorada por las llamas.
Con las gafas de visión nocturna de nuevo en su sitio, cruzamos entre los árboles a la carrera, sin detenernos hasta alcanzar un pequeño claro en lo alto del acantilado, a unos cientos de metros de la casa. Nuestra zona de aterrizaje alternativa.
—Tiger One, tengo un Tango pegado a vuestra cola, intentando flanquearos. Ahora está a unos cincuenta metros al oeste de vuestra posición —crepitó la voz de Shushunov por las comunicaciones.
Emma y yo nos colocamos espalda contra espalda, escrutando los árboles mientras el ruido de los rotores desgarraba la noche oscura.
El Bell descendió en picado y aterrizó; las palas levantaron una tormenta de arena que me escocía en la cara.
Subí yo primero, con Emma justo detrás, sus botas golpeando el suelo de la cabina.
Cuando alargó la mano para cerrar la puerta, sonaron dos disparos en rápida sucesión.
El primero se incrustó en el fuselaje justo por encima de nuestras cabezas con un golpe seco.
El segundo alcanzó a Emma de lleno en el pecho.
El impacto del proyectil fue tan violento que la derribó y la lanzó contra mí. Los dos caímos al suelo de la cabina, hechos un revoltijo de brazos y piernas.
—¡Le han dado a Emma! —grité—. ¡Sácanos de aquí, ya!
Shushunov no dudó. El helicóptero guiñó con brusquedad mientras salíamos disparados hacia arriba y nos lanzábamos al cielo nocturno.
Solté mi equipo para concentrarme en Emma. Estaba despatarrada en el suelo del helicóptero, con la cara pálida y sus gafas de visión nocturna desaparecidas. Los auriculares se le habían salido al caer. Veía cómo su pecho subía y bajaba, de forma superficial pero constante. Respiraba.
Entonces, con una tos violenta, los ojos se le abrieron de golpe y se clavaron en los míos.
—Joder —murmuró, con una mueca de dolor cruzándole el rostro—. Odio que me peguen un puto tiro. Y ya van dos.
Bajó la vista hacia la placa balística que llevaba en el pecho. La bala le había dado de lleno, justo en el centro. La placa la detuvo en seco. Levantó la vista hacia mí y se encogió de hombros. Iba a tener un moratón de campeonato. Puede que incluso un par de costillas rotas.
Me recosté y evalué nuestra situación. Kincaid estaba muerto. Emma estaba herida. La misión había fracasado.
«Me estoy haciendo demasiado viejo para estas mierdas», pensé.